

Sueño con él, no puedo quitarme de la cabeza sus últimas palabras, las últimas recomendaciones. A mi hermana le pasa lo mismo, pero ella llora. Yo no puedo, o quizá sí, pero tan en mi interior que no...
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Las cartas que envié a mi familia durante el servicio militar; las notas que sacaba en la escuela; las cartas que ella enviaba a mi padre, viajante de comercio, antes y después de casarse; los recibos de los muebles que compraron en mil novecientos cincuenta, los de su viaje de novios; sus partidas de nacimiento y el certificado de su boda... Y encuentro su diario, como cuenta de qué modo me salieron mis primeros dientes y mil cosas más. Sesenta y un años de diario escrito en perfecto y sencillo catalán.
Tantos años para, ahora, descubrir a mi madre.
Escaneo y reparo las fotografías para editarlas en un álbum virtual, lo prometí a sus nietos, pero me temo que haría falta toda una vida para hacerlo.
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Hace seis meses Joan montó una, ¿por qué yo no? Él tiene a su hijo, yo a mi socia, que casi podría ser mi hija. A él no le va demasiado bien, pero más por los dos sueldos que paga, que por falta de negocio. Yo, con que mi socia gane algo tengo bastante.
Una chica capaz de vender frigoríficos en el Polo Norte, antes del cambio climático, con su clientela y una infraestructura casi perfecta.
¿Qué más puedo pedir?
Si funciona, antes de un año habré montado otra y así hasta aburrir.
Tengo cinco años para montar algo grande y a mi modo, luego me retiraré y a tomar viento.
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Ayer, revolviendo las fotos de mis padres, encontré una de Anna. Una casualidad casi imposible, ya que nadie recuerda tener una.
En Internet encuentro capítulos de sus dos libros y la mayoría de sus artículos, y de vez en cuando topo con el archivo de una entrevista radiofónica. Me gusta oír su voz, entre rota y melodiosa, su risa cantarina, sincera, alegre. Me gusta cómo habla y discrimina el bien del mal, sin siquiera cambiar el tono de su voz, con frialdad. Según Mónica eso lo aprendió de mí. Es posible, porque de adolescente la recuerdo pasional. Ahora esta pasión la utiliza para transmitir ciencia y seguridad entre los suyos.
Escribo su nombre en el buscador de Google: “imágenes de Anna x” Abro una que podría salir, es de una conferencia. Cinco personas sentadas en una larga mesa con micrófonos y una silla vacía, es la suya. Entro en el texto...
Anna x dijo...
Lo copio en el Word y lo guardo en una memoria externa. Es lo que haría ella. De vez en cuando me gusta leer sus escritos.
A mi vuelta sentí el sosiego que da una buena despedida, sin embargo, ahora, que en unos días hará un año, noto que quedaron muchas cosas en el tintero y vuelvo a sentir ansia por verla.
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Los veo en el Metro. Aún andan algo verdes, pero la vida los ha forzado.
Leo que el martes no salieron, eso dicen los medios, sin embargo, sé que no fue así.
Aprenden rápido y siguen una estrategia muy parecida a la nuestra. Seguro que son bien adiestrados por gente antigua y muy labrada, quizá viejos conocidos. De ser así, sé lo qué harán a partir de ahora. En todo caso les deseo suerte y que se anticipen sin necesidad de precipitarse. Si un día me necesitan, ya saben dónde encontrarme. Enfrente tienen los mismos subnormales, y me pregunto si serán capaces de llegar tan lejos como nosotros, de metamorfosearse como los camaleones y de cubrirse con una buena piel de salamandra.
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Miles de fotografías y cientos de libros, que no tendrían importancia si no fuera por los que ya tengo. Fotografías que tengo que digitalizar, archivar y coleccionar. Libros que me servirán para deshacerme de otros que malviven en casa. Ediciones de 1900, de 1800, de 1700, impecables. Y cartas, muchas cartas; y un árbol genealógico a medio hacer que me descubre familiaridades donde no sabía ni soñaba. También sus cenizas, que las guardo hasta poder darles sepultura junto a mi madre.
Hace tiempo creí que mi apellido se componía de varias ramas, ya que sabía de algunos que nunca pensé que tuvieran que ver conmigo; pero al seguir el árbol, descubro conexiones mucho más cercanas de lo esperado.
Cuadros y piedras preciosas de mucho valor. Los primeros podré ponerlos a la venta, lo segundo ya no. Nadie está dispuesto a pagar por lo que valen.
Es curioso lo difícil que resulta desmontar una casa tan llena de recuerdos, donde cualquier papel, recorte de periódico, libreta de ahorros, cartilla de racionamiento, partida de nacimiento, reviste tanto valor que no me atrevo a deshacerme de él. Y fotografías con la fecha y el lugar donde fueron tomadas en su dorso. Miles de ellas coleccionadas en primorosos álbumes.
Mis padres vivieron juntos y solos hasta el pasado agosto, cuando murió mi madre. Luego mi padre quiso seguir en la casa, donde recibía la visita de sus nietos, que se acercaban a comer, a cenar, a ver el partido, a jugar al ajedrez... La de mi hermana, siempre más familiar que yo; y la mía, que desde la muerte de mi madre pude acercarme más a él, conocerlo y disfrutar su gran humanidad. Aún recuerdo cuando de joven, ya viviendo fuera de su casa, le pregunté cómo podía aguantarla.
-La quiero -respondió entonces. Y no lo entendí, porque si marché de su casa fue por ella, por insoportable, cruel y déspota.
Era mi madre y debo respetarla y quererla, por lo menos su recuerdo; pero eso no significa que deba olvidar su realidad.
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Me siento a su lado, le acaricio la mejilla...
-Papá, tenemos que hablar. Hemos encontrado una residencia para ti, podrías entrar el lunes, es preciosa, con jardines, Neus trabaja de enfermera. Estarás bien. Tu hija vendrá todos los días y los fines de semana iremos a buscarte. Quiero que entiendas que ya no podemos seguir estando todo el día contigo. ¿Te parece bien?
Afirma con la cabeza. Ha pasado diez días en el hospital, durante los cuales hemos estado hablando todas las noches, y catorce en mi casa; y lleva dos en la suya, en compañía de mi hermana y uno de sus nietos.
Me dijo que quería volver a su casa, que echaba en falta su cama, su cuarto de baño... Lo entendí y organicé el traslado. Sin embargo, Amara lo vió de otra manera.
-Tu padre quiere morir en su casa -me dijo.
Hablamos de llevarlo a un hospital, a una residencia... Me negué. No quise que terminara así, antes preferí que se quedara en mi casa, entre los suyos. Pero los médicos geriatras, al contrario que Amara, dijeron que aguantaría meses, incluso un año.
Vuelvo a mi casa mientras recuerdo nuestras últimas partidas de ajedrez, las últimas charlas en el sofá, sobre economía, sobre la moneda paralela, de la que estoy preparando un artículo para un amigo economista, y sus ideas de cómo crear un banco malo; y también del futuro, del pasado, de la familia y de sus antiguos amigos.
Por la noche me llama mi hermana.
-Papá no quiere comer ni tomarse las pastillas.
Si mi hermana pudiera ver mi rostro, solo apreciaría una callada sonrisa. Mi padre ha decidido morir. Ha vivido como ha querido y hasta el límite, ha enfermado rodeado de los suyos y ahora ha decidido morir.
Mi ensoñación termina pronto.
-No te preocupes, Xavi pasará la noche con él.
Me encojo de hombros. Xavi es su nieto mayor y el que más lo echará en falta.
A las seis vuelve a sonar el teléfono. Es otra vez mi hermana.
-Papá ha muerto mientras Xavi le leía un libro.
¿Sentimiento de dolor? ¿De alegría?
No sé cómo definirlo. Lo seguro es que mi padre ha ganado, incluso esa última partida de ajedrez.
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¿Creemos que las hembras de los perros guardianes deben vigilar igual que los machos y cazar junto con ellos y hacer todo lo demás en común o han de quedarse en casa, incapacitadas por los partos y crianzas de los cachorros, mientras los otros trabajan y tienen todo el cuidado de los rebaños?
-Harán todo, en común -dijo-; sólo que tratamos a las unas como a más débiles y a los otros como a más fuertes.
-¿Y es posible -dije yo- emplear a un animal en las mismas tareas si no le das también la misma crianza y educación?
-No es posible.
-Por tanto, si empleamos a las mujeres en las mismas tareas que a los hombres, menester será darles también las mismas enseñanzas.
-Sí.
-Ahora bien, a aquéllos les fueron asignadas la música y la gimnástica.
-Sí.
-Por consiguiente, también a las mujeres habrá que introducirlas en ambas artes, e igualmente en lo relativo a la guerra; y será preciso tratarlas de la misma manera.
-Así resulta de lo que dices -replicó.
-Pero quizá mucho de lo que ahora se expone -dije- parecería ridículo, por insólito, si llegara a hacerse como decimos.
-Efectivamente -dijo.
-¿Y qué es lo más risible que ves en ello? -pregunté yo-. ¿No será, evidentemente, el espectáculo de las mujeres ejercitándose desnudas en las palestras junto con los hombres, y no sólo las jóvenes, sino también hasta las ancianas, como esos viejos que, aunque estén arrugados y su aspecto no sea agradable, gustan de hacer ejercicio en los gimnasios?
-¡Sí, por Zeus! -exclamó-. Parecería ridículo, al menos en nuestros tiempos.
-Pues bien -dije-, una vez que nos hemos puesto a hablar, no debemos retroceder ante las chanzas de los graciosos por muchas y grandes cosas que digan de semejante innovación aplicada a la gimnástica, a la música y no menos al manejo de las armas y la monta de caballos.
-Tienes razón -dijo.
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. Con el tiempo, la escritura me ha ayudado a expresarme. Eso es lo ganado, gracias a mi obsesión por dejar nota de mis ideas y movimientos, aparte de, ahora, poder contar mi historia en forma de libros.
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Hoy he recibido un nuevo correo de Anna. Me cuenta que ha hecho amistad con un camionero chino, que gracias a él podrá escribir una vez por semana.
Mi amiga ha mejorado, parece ser que su enfermedad no era tan grave y tenía cura. En Tailandia y al poco de dejarla, conoció a unos doctores de Médicos sin fronteras, que atienden un campo de refugiados birmanos. Le diagnosticaron una extraña infección y la medicaron.
-Te hubieran encantado, Popol –me dice –Son pareja y se conocieron aquí, ella española y el argentino.
Anna se ha trasladado a una aldea del norte de Birmania, allí donde empieza el Himalaya.
-Estoy aprendiendo mandarín. Popol, tendrías que ver esto. Es una maravilla, algo muy difícil de ver, que poco a poco va desapareciendo. No puedes imaginar lo sana y sencilla que es la gente.
Cerca de la aldea, los chinos han construido un barracón, con internet y antena parabólica. También ha hecho amistad con Liu, la joven china que hace de secretaria, para que a los camioneros no les falte de nada.
Los chinos cargan los camiones con la madera de las talas y se la llevan, y los aldeanos en su lugar siembran adormidera. Su amigo pasa la semana conduciendo, según él, dos días y medio para ir, uno para estar con su familia, dos días y medio para volver y otro en la aldea.
-Tengo dos mujeres, una china y otra europea –le dijo en broma, ya que con ella solo comparte una fuerte amistad.
En mi respuesta no le pregunto si volverá algún día, no hace falta. Tampoco se lo pregunté en mayo, cuando estuvimos a punto de perderla.
Anna no podrá soportar mucho tiempo esas condiciones, nadie puede, ni siquiera ella. En el sitio donde está, una mujer de su edad con suerte ya es anciana; sin embargo, ella es fuerte y está vacunada contra todo. No sé qué pensar.
Hace unos días, harto de buscar a Lourdes por la red, pregunté a Artur si sabía algo de ella.
-Murió, ¿no lo sabías?
Un cáncer de mama, que precisamente se lo diagnosticaron poco después de nuestro último encuentro en Cadaqués.
A Lourdes, tras nuestra aventura en Perú, solo la vi un par de veces, la última hace años, muchos. Mis hijos tendrían catorce o quince, por tanto, hará catorce que no la veía.
El cáncer estaba muy avanzado para ser tratado con éxito. Lourdes siempre fue muy dejada en su salud.
Viajamos y vivimos en permanente aventura, entre bosques, selvas, ríos desconocidos, guerrilleros, soldados y asesinos. Pero no, a ella tanta cosa no le afectó y tuvo que ser un cáncer de mama.
Hablo de Lourdes mientras pienso en Anna. Y es que el futuro es incierto y nadie puede asegurar lo que puede depararle.
Amara me dice que siente celos.
Celos… ¿De quién? le pregunto alarmado.
De Anna.
Amara ha leído mi libro, pero no por eso debe sentir celos. La miro y sonrío. Amara no puede sentir celos porque no sabe qué es eso. Y si los sintiera, no me lo diría así, tan tranquila, ya que es algo que solo se confiesa con rabia.
Y al reírme de ella me habla de sexo, de lo que sentí por y con Anna, del amor que le profeso.
Seguro que es por mis historias y por tal como las cuento, con el corazón y el alma. Pero claro… eso no son celos sino sana envidia por no estar junto a ella.
Amara, antes de enfermar quiso entrar en Médicos sin fronteras.
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Es viernes y me siento bien. Por fin dispongo un momento para acercarme a la floristería. Es algo que tenía pendiente.
Me siento bien, muy bien. He recibido la tarjeta del Bicing.
Un día es un día, me digo. Vamos a estrenarla...
De entrada ha sido perfecto. Salgo del Metro y justo al lado de la boca, lástima que sea enfrente de la funeraria, cojo la bici y voy al trabajo.
Todo va bien. Amara no tenía razón para alarmarse. Llego a la parada que hay cerca del taller y... cómo no, está cerrada. Habré de pedalear otro rato y andar un poco más de lo previsto. No será nada.
Dejo la bici siguiendo las instrucciones, pero... ¡Vaya! La luz no parpadea. Bueno... cambiaré de lugar, pienso, pero la bici no se mueve; ha quedado anclada por los pernos de seguridad. Eso significa que la cosa funciona y la luz estará fundida o vete a saber.
Salgo a las seis, a las siete debo estar en Francesc Maciá, tengo tiempo de sobra. Miro su página por internet y veo que hay bicis disponibles a seiscientos metros. Bueno... andaré un rato, así haré algo de ejercicio. Llego, acerco la tarjeta al lector... ¡Oh! No funciona, dice que no hay bicis disponibles. Donde yo veo diez ellos no ven ninguna. Una vez más acerco la tarjeta y me señala donde puedo recoger una. Ochocientos metros y empiezo a mosquerme. Precisamente es la de esta mañana, la del Metro y la funeraria.
Me acerco. Es subida y ya estoy algo cansado y preocupado. Con tanto ir y venir igual no llego a la cita.
Esta vez veo muchas y un chaval coge una. No habrá problema... Acerco la tarjeta y... ¡Oh! Ahora dice que la de esta mañana no la dejé bien anclada, que llame a un 900. Me cabreo, no me da tiempo de ver el número y la acerco dos veces más. Igual piensan que tengo los reflejos y la vista de un chaval. A la tercera ya no sale el aviso y me da la 5. ¿Será casualidad?
La bici funciona, el freno de atrás no, el de delante con solo acariciarlo traba la rueda; pero uno, que el seis cumple 58, todavía recuerda sus años mozos. Después de todo, hacer una pequeña derrapada de vez en cuando va a ser hasta divertido. No pasa nada...
Calle Marina arriba hasta la Diagonal. Carriles bici muy bonitos excepto en los cruces peligrosos. Allí no los hay, desaparecen para volver cuando ya no son necesarios. Parecen el Guadiana.
Por fin llego a la Diagonal. Y pienso en pedalear un rato y coger el Bus. Uno ya no está para esos trotes y el primer día debe ser prudente.
Un kilómetro, otro, otro... Marina es larga, pero la Diagonal lo es mucho más y debo ir de una punta a la otra.
Todo carril bici pero ningún aparcamiento.
¡La leche! ¿Dónde estarán?
Y pienso en cómo no se me ocurrió mirar su situación en la página.
Igual creí que el alcalde no es tan tonto como parece, que los aparcamientos los había puesto en el recorrido del carril. Pero no, allí solo hay los de las bicis privadas. De esos hay uno en cada manzana.
Llego a Francesc Maciá cagándome en todo. Mi culo tiene forma de sillín, pero al revés; mis pantorrillas están petrificadas y mi nuca parece el tronco de una Encina. En este estado no tengo huevos de presentarme a Iñigo, mi fisioterapeuta. ¿Qué podría decirle? ¿Qué a mis años me he vuelto majara? Además es tarde y aún no encuentro el maldito aparcamiento.
Llamo a Amara...
- Oye... Entra en mi sesión y en el marcador de servicios busca la página del Bicing. Dime dónde hay un maldito aparcamiento. Estoy frente el "fisio"-
Y la muy condenada se ríe... - Gira a la derecha, en la primera esquina hay una y justo al lado veo otra-
Giro, pedaleo... Allí no hay nada.
¡La leche! ¿Se habrá equivocado? Pero no... Amara nunca se equivoca.
Vuelvo a llamarla...
- Oye... que aquí no hay nada-
- Pues según eso hay dos. Acércate a la entrada de la calle, justo a la plaza. Allí hay una-
¡Ah! A lo lejos veo la furgo del Bicing descargando bicicletas. Voy corriendo, no sea que ahora llenen el aparcamiento y la mía no quepa.
Cojo el tranvía y tomo asiento. Me duele todo. No sé como voy a subir al Bus que lleva a casa. Menos mal que mi barba es blanca y eso da respeto. Muchos de los usuarios son sudamericanos, son muy educados y tienen en cuenta la edad.
Y, no bromeo... escribo escuchando Utopía de Alanis Morissette.
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