
Cuando los sientes cerca olfateando vuestro olor, mientras esperas agazapado y solitario en algún piso franco, sientes miedo, un temor sordo que atenaza tu cerebro. Imaginas la violencia sobre tu cuerpo y mente, sientes un vacío imposible de llenar, muy parecido al de la recreación de la muerte. Como más tardan tus compañeros, más temor sientes, hasta llegar un punto en el revientas tu cerebro, lo maldices y reniegas de él.
Eres la paradoja, el sinsentido... temes la soledad; sin embargo, cuando sabes que el peligro acecha quieres ser el primero en llegar, no soportas la incertidumbre y que los demás arriesguen su piel. Eres el responsable de su suerte y quien debe asumir las consecuencias.
Repasas todos los protocolos tanto tiempo memorizados, buscas en la retina de tu cerebro la imagen de tu amiga, sus gestos, su sonrisa y voz, sus ojos... y los recovecos de su cuerpo, aquellos en los que sueñas cada día en la solitud del lecho. Y entonces temes por ella, vuelves a sentirte fuerte y capaz, a considerarte hombre.
No te acercas a la ventana, tampoco a la puerta ni a los tabiques de la casa; pisas las pocas hojas de periódico que has puesto a propósito. Perfecto, meticuloso y milimétrico.
Si la siguiente es ella, la abrazas y besas en silencio; y si es otro, la esperas y recibes como a cualquiera.
Es tan silenciosa y etérea que a veces tenéis un sobresalto al verla, otras parece que no esté presente. Quieta e impertérrita, sentada en su rincón, siempre la misma esquina sea cual sea el lugar de reunión. De ella Tomás dijo que era más ligera que una pluma.
Cuando se mueve con rapidez no sientes ni el aire que desplaza; ni siquiera sus cabellos, largos, fuertes y ondulados se mueven. En cambio, en el sexo es fuego y fuerza, te absorbe hasta extenuarte, te devora y deshace, te atrae con su poderoso abrazo, te estruja con sus brazos y piernas y te abrasa con su pasión desbordada, sus profundos suspiros...
Aquel día llegaste primero, como sueles hacer en momentos tan duros y difíciles. A medida que los demás iban entrando respirabas tranquilo. Y ella, la última, como casi siempre, tranquila y con sosiego, como si nada hubiera ocurrido.
Si hubiera de valorar a los amigos por el dinero ganado o perdido gracias a ellos, me quedarían cuatro, y no por lo ganado sino por lo no perdido.
Joan siempre dice que a los amigos se les valora por la relación que aportan. Mónica, al contrario, dice que por el amor que se les tiene. Pienso que los dos deben tener su razón.
Me pregunto si la amistad es tan solo una abstracción. Sea lo que sea, abstracción o todo lo anterior, cuando estoy con ellos bajo mis defensas, abro mi espíritu y me muestro tal como soy.
Y ahora recuerdo la última cena que compartimos Mónica y yo con los antiguos compañeros; lo que sentí al verlos, departir de mil cosas, recordar las caras o nombres de algunos de ellos. Un sentimiento que llega mucho más lejos que el amor. La seguridad de poder mostrar mi desnuda espalda al universo, sabiendo que en aquel momento nadie osará atacarme por ella, ni física ni moralmente. Un sentimiento que va más allá del cuerpo y el cerebro, que los traspasa y se aleja hasta el infinito, tangible pero inexplicable.
He emplazado la continuación de parte del anterior tema en Un gato en el balcón. Creo sinceramente que dadas las circunstancias es el mejor lugar: un blog de opinión.
Una pequeña parte de dicha continuación es una respuesta al comentario del amigo Homero y un comentario sobre un tema de su interesante blog. He creído necesario hacerlo así dada la longitud y complejidad que iba tomando mi comentario, respuesta o lo que se tenga a bien llamar.
Autor: pau
Fecha: 09/05/2008 10:18.
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Autor: joan
Fecha: 11/05/2008 22:51.
Autor: Luna
Fecha: 12/05/2008 11:14.