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"Sin violencia la injusticia y la mentira se enquistan, se convierten en inamovibles y, lo que es peor, en normalidad; el despotismo se apropia de la razón."
Eso recuerdas haber dicho, envuelto en una vieja manta, aquella noche de intenso frío en la buhardilla de la Universidad, al final de la larga conversación que mantuviste con aquel desconocido. Y ahora no recuerdas si faltaban las ventanas o los cristales, que bien pudiera ser que fuera un poco de todo. Recuerdas estar en un rincón de la gran sala con desvencijados muebles, viejos ficheros, raquetas de pelota vasca, polvo y un suelo de cemento desgastado, una desnuda mesa de dibujo y viejas sillas rotas por el mal uso. Y lo que más te llamó la atención, aparte de las preciosas raquetas, fueron unos surcos en el suelo, como si alguien hubiera subido hacía poco para crear espacio.
" Muchos de ellos son tan normales como tú o como yo. Tienen otra manera de ver las cosas, otra manera de actuar.
Un hombre tranquilo, sensato, íntegro como cualquiera... normal a fin de cuentas, es capaz de levantarse un día y hacer una barbaridad: matar a otro hombre por solo pensar de manera aparentemente opuesta.
¿Quién es más cruel, injusto, bárbaro... el déspota legal, el asesino con permiso del Estado o el que ese considera terrorista? ¿Fraga, Nixon, Kissinger... o el desesperado que cree que para sobrevivir debe imponer sus ideas?
Los extremos se tocan, casi se acarician. Si se sentaran en una mesa y olvidaran que uno de ellos debe ser el perdedor, en pocos minutos se entenderían. Nada hay que les diferencie lo suficiente, su problema y nuestra suerte es que no lo saben."
"El déspota tiene su razón, ha conquistado la legitimidad a través de la violencia y la aniquilación de la anterior. Ahora prevalece la suya y combate a su enemigo, la legitimidad que expulsó, con la misma excusa con la que fue combatido.
El déspota no negocia, se cree propietario de la verdad y de la legitimidad; cree que su estirpe ideológica y clasista debe perdurar a través de los tiempos, que es inamovible; y eliminará a todo el que se oponga.
Hay tres formas de oponerse al déspota: una, a través de la mansedumbre para, al fin, ceder a su razón y contaminar su sistema; otra: con su mismo despotismo y terminar convirtiéndose en él; y la última, utilizar la violencia supeditándola a un movimiento de alternativa civil y pacífico. Y pienso que esa es la adecuada. El militar, ya vencedor, se sacrificará y no tendrá cabida en la futura sociedad; en el mejor de los casos será olvidado y se diluirá en ella, en el peor será rechazado y perseguido por ella."
Es Anna quien habla. El ambiente es denso, casi irrespirable. Las ventanas están cerradas y no por el frío de la noche. Las paredes que os envuelven están recubiertas de propaganda, para unos subversiva, para otros terrorista, para el resto el grito contra una injusticia.
Un sudor frío recorre tu cuerpo, sientes escalofríos. Te tranquiliza saber que esta sociedad tan machista nunca ha eliminado a una mujer. Quizá eso termine solo en una despedida, la rotura que esperabas entre ella y su amante.
Es culta, endiabladamente inteligente, más joven que todos ellos, intelectuales de carrera... Sin embargo, su pausada voz denota seguridad y sus palabras convicción. Habla sin parar, quizá porque los ha cogido por sorpresa. La niña mona, refinada y desbordante de sexualidad se permite impartir una lección a la sociedad más sexista del país.
Esta mañana os divertíais en Erroncari viendo el baile de bastones, ahora todo es tensión y silencio.
No recuerdas nada de la casa, quizá porque no haya nada que recordar, solo los carteles subversivos; ni siquiera que hubiera libros, que, de haber, los recordarías. Ni la forma de la mesa y las sillas. Un armario, una mesita, una silla para dejar la ropa antes de dormir; una cocina sencilla y desnuda, ningún espejo... Pero sí recuerdas el paseo, la entrada triste y vulgar del edificio... podrías volver si quisieras; la hilera de árboles aún jóvenes y recién plantados, los coches aparcados frente el portal, las calles adyacentes...
-No preguntes nada que no quieras que te pregunten-
Eso te dijo mientras volvíais con la tranquila convicción de haber pasado por los momentos más inquietantes y aterradores de vuestra vida; ella... que siempre pregunta lo que nunca debería responder, quizá porque no teme a nada ni a nadie, porque siempre dice lo que piensa y actúa sobre lo que cree.
Es Anna, aquella que ama tanto a hombres como a mujeres, que trata al sexo y al amor por lo que son, que pone en juego su vida para sentirse bien consigo misma, como tú, igual que tú; que lo pregunta todo excepto lo obvio y que todos preguntan; que abraza, absorbe, acaricia... como nadie excepto la mujer absoluta.
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Me escribió hace tiempo, puede que un año. Tenía interés en conocerme.
Nos unen algunas cosas, igual nos conocemos. Te leo con asiduidad, y no por como escribes sino por las historias que cuentas, que las siento próximas- Eso y más cosas me dijo por correo cuando aún salía en el blog.
Respondí con mi teléfono, es lo que suelo. No le pregunté el tipo de historias de las que se sentía próximo. Igual era un viejo amigo de Amara, de Mónica, de Joan y Vicki... alguien que se había divertido en una de nuestras fiestas. También podía ser un amigo o un enemigo de los tiempos revueltos, alguien que tuviera una cuenta pendiente que saldar...
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Y recuerdas a Tomás cuando, sin que viniera a cuento, te soltó que eras temido por algunos. Y te reíste con ganas. Quién iba a temer a un tipo como tu...
El respeto lo aprecias y agradeces, pues sabes lo importante que es, pero al temor lo odias y hasta lo temes.
Es natural y sano que el enemigo te tema. Del temor solo puedes esperar el ataque salvaje, el del que no piensa, pues su debilidad se lo impide; como el del perro temeroso, que, aun siendo peligroso, lo esperas.
Te gusta que el enemigo te tema, eso lo hace más vulnerable. Lo que siempre debes evitar es el temor del aliado, del cercano.
- Te temen, Pau, más que te respetan. Ve con ojo-
Cómo es posible, te preguntaste, si nunca he hecho nada a nadie. Quién puede sentirse amenazado.
Es el temor del inocente que imagina que hay pruebas que desmienten que lo sea.
El enemigo necesita demostrar que trabaja, que descubre rojerío canalla sediento de sangre cristiana. Busca y encuentra enemigos de la patria, indeseables e indefensos, de familias grises, vulgares, sin amigos importantes. Los cazan en alguna manifestación, los vigilan, detienen, torturan... Vosotros no. Y es que no cobráis, y menos para descubrir al bastardo, al traidor. Vosotros no encerráis ni torturáis, pero si desacreditáis, utilizáis y, de ser necesario, hasta...
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Asombra la lucha que mantiene para sentirse viva. Amara pasa vertiginosamente de la postración a la exultación. Sólo que se encuentre un poco bien, mil veces peor que uno de mis más terribles días, resucita y se siente con ánimos para hacer mil cosas distintas.
Vicki me llama. Está organizando una fiesta de fin de temporada.
- Como las de antes, Pau. He invitado a unos amigos, alguno de ellos desconocido para ti. Dos días de buena comida, buena compañía y buen sexo.
58 años, ella 49, Joan 57. Cuando Vicki, como yo, dice amigos habla de ambos sexos y gente culta, interesante y desinhibida; todos los ingredientes para que una fiesta sea maravillosa.
Ya no me apetece. Probablemente Amara no vendrá, se mirará al espejo y se cerrará en banda y, encima, no parará hasta conseguir que yo asista. Quizá lo haga, nunca se sabe lo que uno va a encontrar. Igual Joan, en un acto de contrición, decide hacer las paces con José y lo invita, entonces también vendría Mónica.
A veces caigo en la tentación, cuando veo a Mónica y siento su tierna y ardiente mirada, de pensar que debimos romper la baraja; una mirada que deshace el corazón y derrite el sexo. Después, ya en casa, al encontrarme con Amara olvido aquel sentimiento. Es, quizá, el estar enamorado de dos mujeres tan distintas como fantásticas. Y Amara me dice que está segura que a mi amiga-hermana-amante le sucede lo mismo. Curioso que, con la confianza que nos tenemos, nunca hayamos hablado de ello. Supongo que en eso también vale lo dicho por Anna: no preguntes nada que no quieras que te pregunten.
Seremos pocos, casi todos conocidos; incluso sé quienes.
Ya no será como antes. De Anna nadie sabe nada, el resto de aquel gran grupo de amigos no será invitado por respeto a Mónica y a mi; en cambio, vendrá una interesante y bella mujer con la que pasé buenos momentos. Sé que desea reencontrarse, nos vimos hace poco en casa de Joan. Es bisexual como Vicki y ardiente como Amara y, aunque doctora, no se aviene demasiado con ella. Y es que mi compañera, en una memorable fiesta, dedicó especial empeño en enloquecer a su antiguo compañero.
Amara no siempre se adapta a la extraña naturaleza humana. Si bien tiene especial cuidado en no ofender ni afectar los sentimientos de sus amigos, con el resto sigue otras premisas. Aquella mujer no supo aceptar, aunque sabía el tipo de fiesta a la que participaba, que su compañero fuera seducido hasta tal punto ante sus narices.
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A Joan y a ti os gustaba ver a vuestras compañeras divertirse. Eran mucho más jóvenes que vosotros, tenían la edad de disfrutar, pasarlo bien y no sentirse atadas, por lo menos, en fiestas como aquellas.
Departíais con tipos interesantes, generalmente de más edad que vosotros, mientras ellas buscaban amistad, aventura; y, de no estar José, les gustaba bailar con sensualidad para atraer y sentirse deseadas. Pronto, con solo la mirada os dabais cuenta si aquellos tipos eran de su gusto y tenían interés en su caza. Y sonreíais al ver como las admiraban pasmados.
- ¡Vaya par de tías! Lástima que sean tortilleras-
Y os reíais con ganas...
- ¿Tortilleras? ¡Qué va! En todo caso algo de bisexualidad sí que tienen, pero les van los tíos en cantidad-
- ¿Las conocéis?-
Y comenzaba la gran comedia...
Algunos tipos se coartan con el compañero enfrente. Por muy liberales que sean aún arrastran el complejo de la posesión. Tu mujer, tu hombre, tu... Todavía no han traspasado la barrera, por eso y en caso de creer que hay posibilidad de aventura, no suelen venir acompañados de "sus"; por lo que era habitual, excepto algunas parejas amigas de Joan y Vicki, que tanto ellas como ellos vinieran con amigos de su propio sexo.
Una sonrisa, un gesto... y se acercaban solícitas y simpáticas. Dos chavalas jovencísimas, preciosas; dos bombones.
- Pensábamos que os habíais olvidado de nosotras-
Y las besabais sin remilgos, en la boca, abrazándolas con atrevidas caricias. Ellas os correspondían sin dejar de mirar con descaro a vuestros compañeros.
Y las presentabais como amigas de esporádicos encuentros, siempre con un toque de humor y galantería para dejar el camino medio hecho, el del inevitable piropo.
- Os presento a... quieren conoceros-
- ¡Ah! Ya nos habíamos dado cuenta. Nosotras también-
Y poco después los dejabais... bailando, conversando de manera interesante unas veces y provocativa otras. Un alarde de arte y pericia. Sabían entremezclar la inteligencia con el erotismo, lo interesante y cuidado con lo ligero y despreocupado. Y es que los hombres de su gusto no se dejan conquistar con solo la provocación y el sexo.
Y marchabais tranquilos. Sabíais que aquella noche o al día siguiente serían vuestras con su fogosidad renovada, con su sensibilidad a flor de piel. Daba lo mismo que fuera uno, dos, seis hombres... el final sería el mismo.
El Tam-tam azuza las pasiones y apaga las convenciones, eso aprecié en África, lo mismo que debió sucederle a John Ford cuando filmaba Mogambo. Aquí lo tenemos en forma de jazz, de blues, también de sensual, excitante baile...
¿Por qué todo se ve más claro al mirar atrás, sea con tristeza, alegría?
Me gusta recordar, tanto los momentos de alegría como de tristeza, de belleza y de fealdad... Y es que si no sabes recordar ambas cosas por igual, nunca podrás conocerte ni tener el suficiente criterio para enfrentarte a lo que te espera.
Leo el especial de Cultura de La Vanguardia. Lo entregan los miércoles y me gusta leerlo. Nunca compro un periódico, Mi amigo Chu si y siempre me guarda este.
Y leo sobre Centroamérica, la terrible historia de los hombres que osan enfrentarse al tenebroso poder político: gobernadores, ministros, coroneles, sargentos... la impunidad de los asesinos y corruptos, blanquitos casi todos ellos. El terrible testamento de Rosenberg, que, con calma y tranquilidad, anuncia su muerte en manos del presidente.
Los luchadores por la libertad y la justicia terminan dejando las uñas, el futuro... y muchos la piel. Y otros, no tantos como debería, consiguen parte de lo que se proponían. Eso es lo sucedido en Nicaragua, que para cambiar algunas cosas, deben rendir pleitesía al poder real: las corporaciones y su dinero.
El amigo Homero se queja, por supuesto con razón. -Eso no es por lo que luchamos y muchos dejaron la vida y otros su futuro- dice. No obstante, difícilmente se dé en Nicaragua el caso de Honduras o Guatemala.
Nosotros también luchamos, aunque de otra manera, creando riqueza y futuro donde hay pobreza y desesperanza. No dejamos la piel, pero si las uñas en forma del producto de nuestro trabajo; el dinero ganado con nuestro esfuerzo, que, en cambio de servir para comprarme el velero, sirve para crear trabajo allí donde Cristo perdió el gorro.
Es la una y vengo del aeropuerto. Al y su compañera han estado por ahí un par de días. Me cuentan que han estado con Pili, mi amiga-hermana, y han alquilado una moto. Y recuerdo que la primera vez que viajé allí fue con ella. Yo tenía 22 y Pili 17, y también nos movimos del mismo modo, pero con dos Mobilettes de 49cc. ¡Qué tiempos aquellos, tan mágicos como intensos! Y lo curioso es que con Pili, que tanto he vivido y compartido, nunca hicimos sexo. Que recuerde, es la única mujer de mi vida con la que no lo he hecho.
Mi hija se escandaliza. Su mejor amigo, uno de esos que la cultura popular llama íntimos, engaña a su compañera, también íntima amiga. Y me río con ganas de ella.
Yo soy fiel, papá- me dice desconsolada, pues no sabe qué camino tomar.
¿Qué es ser fiel? Me pregunto. Está visto que cada uno tiene su particular manera de entender la idea, aunque no esperaba que la de mi hija estuviese circunscrita al parámetro de la cama. Su amigo, su amiga y ella habían compuesto durante bastante tiempo uno de los triángulos amorosos más célebres y respetados de la ciudad.
Después, al explicarse con más claridad, me doy cuenta del error y recuerdo a José y su engaño a Mónica; también mi rabia y determinación. Eso es lo que nos diferencia, pienso; mi hija se sentía impotente y pedía mi consejo, yo sentí rabia y tomé una determinación.
- Llámalo y dile, con la tranquilidad que tanto te caracteriza, que o se lo dice él o se lo dices tu-
- ¡Pero papá! Cómo voy a hacer eso-
Y estoy a punto de contarle la historia, la misma, de mis dos amigos y como solucioné el problema.
No estoy seguro si José habló con Mónica, pero sí que dejó de ver a su amante. Hoy todo sigue como antes, son una pareja perfecta y yo un amigo satisfecho.
Mi hija debe tomar la determinación por sí misma; lo único que puedo hacer es darle consejos, no ejemplos.
Y ahora, al hablar de Mónica, mi amiga-hermana-amante, la recuerdo tan frágil como resistente, capaz de andar el doble de horas comiendo y bebiendo la mitad que el resto, subir montañas dejando atrás a sus compañeros, acompañada a duras penas por mi. La recuerdo en lo alto del mástil, después de haber trepado como un mono, para asegurar el estay de proa y arreglar la martingala. Y recuerdo sentir orgullo y admiración por poseer semejante hembra, el mismo que vi en Amara como amiga en aquel momento. Y recuerdo su grito de alegría al vislumbrar, apoyada por un pie y colgada de la mano, una familia de delfines jugando entre las olas. Los dos madrileños, igual que yo, no sabían si mirar en la dirección que marcaba o el espléndido y desnudo cuerpo que ondeaba a lo alto del mástil. Y recuerdo que, medio aturdido, me reí tanto de mi como de ellos.
- Mirad los delfines, que difícilmente volveréis a tener ocasión-
Y es que los dos madrileños, aun estando borrachos de sexo, no se cansaban de admirar a las dos hembras, que no paraban de exhibir, con todas las posturas de su repertorio, sus magníficos y desnudos cuerpos.
Mónica nunca hacía semejantes alardes frente José. Sabía que su compañero no soportaba sentirse superado en condición física o temeridad por alguien conocido, y menos por su compañera.
A veces piensas que siempre amaste el arte de la simulación.
"Debes conseguir que tu expresión y palabras no mientan. Siempre debes ser quien eres, no un extraño, de lo contrario serás descubierto." Eso te dijeron al descubrir donde te habías infiltrado, temerosos de tu ansia de juego.
Y sí, te divertía jugar con tu mente hasta que la confundías y olvidabas quien eras y que hacías.
No mientes cuando simulas. Eres quien representas. Dices poco y escuchas mucho y cuando hablas nunca sigues un guión. Sabes que debes ser parco en palabras, ya que cuanto más hables, más posibilidades de contradecirte tienes; y cuanto más tiempo pases, más riesgo de ser descubierto tienes.
"Cuando eres torturado debes inventar una historia." Eso te dijeron que hicieras de ser descubierto. No era necesario, puesto que tu mente ya lo hace como autodefensa; y tampoco lo fue, puesto que nunca lo fuiste.
Después, pasado el tiempo de la necesidad y la ficción, aún recuerdas aquella maravillosa historia y, ya sin remedio, la haces tuya; es tu historia, la segunda, tu doble personalidad, la que todos tenemos. Es bella y de pasión, unas veces de sexo, otras de amor y algunas de dios.
Tienes el cuerpo magullado y lacerado, los pies destrozados, comer es un suplicio y el tacto de tus dedos se ha convertido en un terrible dolor. Igual no sobrevivas, tampoco lo piensas, vives en otro mundo, otra historia, la tuya, no cabe duda. El interrogador lo sabe e intenta trasladarte a su mundo, el que cree real; si en pocas horas no lo consigue, sabe que ha perdido y posiblemente tu también.
"Debes hablar, resistir, pero nunca hasta el final. Debes saber que, aunque hables, igualmente serás torturado. Tienen demasiado pendiente contigo y no pueden obviarlo. Con otros será distinto y harán lo posible para que te enteres, veas, incluso, que otro os ha traicionado y ya no vale la pena resistir." Eso te dijeron para que supieras lo que podía esperarte, aun sabiendo que no hablarías.
Leo en una famosa revista de arte y diseño, que hay que ser infiel para ser fiel con uno mismo. Debe haber quedado descansado el tipo, después de desgranar una parida de tal magnitud. Yo no soy quien para opinar, claro, porque al día de hoy y con cincuenta y ocho, aún no tengo la más remota idea de lo que significa la fidelidad de este tipo; de la otra sí, por supuesto. Aunque por la que conozco no entiendo como se puede ser infiel al amigo, compañero... para ser fiel a si mismo.
Amara me ha regalado una bici. Por fin ya no dependo del Bicing, un servicio que cada día va peor. Hace unos días vi, con evidente sorpresa, como la empresa llenaba una estación con bicicletas sin freno, con el manillar suelto o torcido y una sin un pedal. Así no es de extrañar que la cosa ande tan mal.
Cada día, incluso el martes a 38º, voy al trabajo y vuelvo de él. Quince kilómetros por la mañana y algunos más por la tarde, ya que paso por unos jardines donde ofrecen recitales de jazz.
Me siento mejor, más ligero y fuerte; mi brazo y mi hombro mejoran, y no solo gracias a la fisioterapia.
Leemos declaraciones de célebres y actuales fascistas, vemos sus imágenes en revistas y televisiones, nos enteramos de sus últimos actos... y no podemos más que tomárnoslos con humor porque no cabe otra cosa, reírnos de su idiotez, de su ridiculez y banalidad. Y olvidamos que una parte importante del país cree en ellos y los sigue con ceguera y fanatismo.
Algunos se sorprenderían al descubrir que aquel amigo, vecino... tan intelectual y progresista es un fascista encubierto, un hombre que tiene muy claro lo que es la clase social.
Hitler, Mussolini... consiguieron aunar alrededor de sus partidos los dos fascismos: el de derechas y el de izquierdas. Y es que el autoritarismo y la xenofobia de clases, la sociedad los lleva impresos en su cerebro.
¿Cuántos hay? ¿Un 20, 30%? Son muchos pero dudo equivocarme.
De la ultraizquierda a la ultraderecha solo hay un paso. Esperanza Aguirre es un buen ejemplo, conozco multitud de ellos, algunos en la política y la mayoría fuera de ella; cristianos muchos de ellos, algunos religiosos de tinte progresista, otros ni eso.
Estas son algunas de las fotos publicadas por Boston Globe sobre san Fermín. Los periódicos españoles no publican esas cosas, dan demasiado a pensar y la cosa no queda bien, sobre todo cuando se sienten retratados como sociedad.
"El que a partir de los cincuenta utiliza los servicios públicos para ir al trabajo es un fracasado"
Eso dijo la Tatcher y volvió a salir elegida, supuestamente más por la incompetencia del laborismo que por ella misma. Y es que en Gran Bretaña mayoritariamente se utilizaba el servicio público, ahora ya no sé dada su degradación, producto, cómo no, de las políticas neoliberales iniciadas por ella y seguidas por su oposición.
¿Hasta qué punto puede sentirse satisfecho el británico de sí mismo? Una potencia de las más ricas del mundo en la que, paradójicamente, existe pobreza entre su clase trabajadora, en algunos casos hasta dificultad para comer cada día.
¿Es una tendencia? Hasta ahora si, producida por el descalabro político y económico del Este de Europa. A partir de ahora nadie sabe que camino tomarán la administraciones económicas.
Lo inconcebible es que para llegar a eso, en principio haya sido la ciudadanía quien lo ha decidido; dicen que engañada, pero no... eso es la excusa.
Cenamos con José y Mónica, los llamé desde un lugar encantador cercano al Passeig del Born mientras Amara andaba despistada charlando con uno de los camareros. Le quise dar una pequeña sorpresa y, como es habitual, nuestros amigos nos hicieron reír por unas horas.
Hemos cumplido años, ya muchos, y Mónica sigue encantándome, enamorándome con su humor, dulzura y... mirada. Pasarán años, todos los que quedan, y seguirá maravillándome. Y al mirar a José, su expresión, percibí el mismo sentimiento hacia Amara.
Debo reconocer que... nada, que no tengo palabras para expresar mis sentimientos o, mejor, no existen.
Hace días que oigo hablar del Camino. Hasta un famoso programa de televisión le dedicó un día. Supongo que mis amigos sepan mi interés por hacerlo, hace que se hable más de ello o conozca quien ya lo ha hecho. Escucho sus experiencias, el modo como lo hizo y su por qué.
Y no dejas de recordar, aunque tan lejano, vuestro viaje por Cachemira. ¿Cuántos kilómetros hicisteis por valles y montañas, mucho más altas y grandes que los Pirineos? ¿Cuántos valles, riachuelos, lagos, pequeñas aldeas atravesasteis? ¿Veinte valles, trescientos kilómetros, diez aldeas...? Fue tanto que ni recuerdas, pero tan bello e intenso que podrías describir las piedras de los caminos, los colores de los árboles y arbustos, de la tierra desnuda; y la forma de las cumbres nevadas, sus cabras de fino pelo, sus aves... y las facciones de la gente. Y el temor a los hambrientos leopardos y osos, el amor que os prodigasteis en las grandes cabañas de los pastores, el fuego para calentaros en lugares escondidos, para que el ejército indio no detectara presencia humana, por lugares donde ni los aldeanos se atrevían a pasar.
Una insuperable aventura, irrepetible, en el que se abandona todo menos el compañerismo y el amor; que se sigue sin saber donde terminará, descansará tu cuerpo, con qué lo alimentarás mañana... solo sabes que estás bien, que deseas estar siempre igual.
Y es que cuando dominas tus miedos empiezas a saber quien eres, y aun así no debes confiarte, pues puedes errar muchas veces.
No hay droga en el mundo que pueda suplir esta experiencia.
Y pienso que este no es el Camino del que tanto se habla. Salvo contadas excepciones parece mas bien una fiesta, el relajo de unas vacaciones baratas; el mismo que hace mucho hice con Amara y Anna, en bicicleta y tiendas de campaña, de placer y divertida aventura.
De un montón escojo una revista para distraerme, mientras la fisioterapeuta trabaja mi hombro. No ha sido al azar, en la portada sale Anna fotografiada, sonríe... me gusta verla así, con su sincera y noble sonrisa... No es lo que suele, Anna no es pródiga en sonrisas.
¿De qué Anna hablo?
Es una revista científica. Es raro que se haya dejado fotografiar, pero aún lo sería más que fuera la otra Anna, quizá más conocida en su entorno aunque también más celosa de su privacidad.
Las dos fueron importantes en mi vida, y en mis relatos las entremezclo a conciencia. La una estudia el ser, la otra la mente; quizá por eso la primera respeta tanto la vida y la segunda tan poco al hombre.
Ceno solo, mi amigo bloguero tiene los tobillos hinchados y apenas puede andar.
Hoy he paseado mucho, estoy cansado. Quería visitar el viejo Madrid y me he encontrado en un barrio completamente musulmán, algunos dicen islamista.
¿Qué es islamista para ellos?
La gente tiene la tendencia de prejuzgar sin conocer, para ella Lavapiés es islamista, no musulmán; y en Madrid, islamista tiene alarmantes connotaciones. He paseado por el barrio y no he percibido tanto integrismo, ahora bien, si los de pura raza judeocristiana se lo proponen, no dudo que la mayoría termine siéndolo.
Aún recuerdo cuando el pasado año, comiendo con mi representante y otros de la competencia, mientras hablábamos del problema educativo, un comensal de la mesa vecina dijo que no le extrañaba, porque en Catalunya los chavales solo estudiaban en catalán. Me volví... No estoy acostumbrado a interrupciones de alguien que no ha sido invitado.
-¿Y tu de dónde sacas eso?- Y, seguidamente, con una sonrisa y dándole la espalda con todo el desprecio que podía demostrar... -¡Ah! Ya entiendo... tu eres de los que lees El Mundo-
En el comedor se hizo el silencio, estaba claro que no era el único que lo leía; aun así nadie osó interrumpir nuestra comida.
Después de todo, todo el mundo sabe que se dan tantas horas de castellano como de catalán, pero a algunos solo les interesa el mensaje subliminal, el que entiende su víscera y no su cabeza.
Cuando sientas tu cuerpo desfallecer y creas que tus piernas no obedecen a tu mente. Cuando sientas que tu pecho se contrae por la sed y el calor y se desmorona por el hambre... piensa que todavía te queda fuerza para volver de donde has salido, pero debes utilizarla para llegar a tu objetivo.
Eso te dijeron durante tu entrenamiento, mientras a tu alrededor muchos se tiraban al suelo; aunque tampoco hubiese hecho falta, pues ya utilizaste esta premisa mucho antes, cuando después de la travesía y habiendo estado copados por la nieve y al borde de la muerte por frío, aquel guardia os pidió, mirándoos fijamente, que os unierais a su partida de rescate.
La mente aisló el cansancio, lo empaquetó en un rincón, y vuestras piernas y cuerpos una vez más obedecieron las órdenes de vuestros cerebro.
Eras joven y fuerte, pero por vez primera viste la muerte por frío con el rictus de dolor por la congelación de los miembros.
Nadie puede imaginar la decepción que siente un hombre, que después de haber puesto en juego su vida y mente, descubre que no llegó a tiempo.
Eras joven, mucho, y no lloraste, no pudiste hacerlo, tal vez por la impresión. Albert sí, pero de desesperación y abatimiento. Los jóvenes guardias también, de emoción por haber encontrado a los que habían sobrevivido. Podríais haber sido vosotros, pero la suerte y el peligroso camino que os ofrecisteis peinar lo hizo casi imposible. Sentisteis el fracaso, pero también la satisfacción de haber sido partícipes del gran éxito. Viste y tocaste la terrible y lenta muerte, pero a cambio aprendiste a respetar los elementos y conocer tu fuerza, lo que después te serviría para superar otras pruebas.
Hablando con mi amigo bloguero he recordado el día del golpe, cuando Mónica y yo nos reíamos al ver la preocupación de José, su cara y esfuerzo en quemar papeles que consideraba comprometidos. Nos mirábamos con complicidad. Sentíamos lo mismo... Hubiese sido interesante y beneficioso que triunfase. Sabíamos que se convertiría en un baño de sangre, tal vez en una segunda contienda; pero también que hubiéramos terminado un trabajo inacabado, porque, aunque nos hubiera costado la piel, nuestro mundo se mantenía intacto y fuerte, quizá más que antes. Mucho más adulto, maduro e inteligente; tan cerebral y cruento como lo dejamos, terriblemente cruel con los que hubieran aceptado el desenlace.
El golpe era una chapuza y tenía todos los números para fracasar. Lo supimos desde el primer momento, mientras José se desesperaba y Amara intentaba quitarle hierro y tranquilizarlo.
Y poco después, muy poco, pensamos que bien podría haber sido una maniobra para destapar las bastardas voluntades, descubrirlas y desactivarlas definitivamente. Era lo más factible conociendo a nuestros mentores.
No podía salir bien, y bien que lo sabían. Desde el primer momento fue provocado, y desactivado cuando todos los que estaban se habían descubierto. Después llegaron los ceses y cambios de destino, uno por uno, sin ruido ni escándalo.
Me gusta Madrid, pero ahora, mientras escribo esta historia en una oscura noche y a trescientos kilómetros por hora, intuyo el mar, lo huelo... y eso no tiene precio.
Amara me cuenta que lo de Rayan es una barbaridad, que ni un chaval con estudios de bachillerato es capaz de hacer algo así, que con solo el sentido común bastaría... Y le pregunto si se da cuenta de lo que dice, y me dice que sí, que la persona que lo hizo, o es subnormal, o estaba borracha o lo hizo a propósito.
Y me pregunto si realmente es enfermera, y si no lo es quién la contrató, y si lo es quién le dio el título.
Y leo que la enfermera se ofreció voluntaria para alimentar al niño, al tener que salir de estampida la auxiliar por una urgencia. Y me pregunto cómo una auxiliar puede estar capacitada legalmente para introducir una vía nasogástrica a un prematuro, qué hospital acepta algo así.
Y le hago saber a Amara mi asombro por las declaraciones del Consejo general de enfermería, y una vez más le pregunto si está segura de lo que dice...
- Mira Pau, no conozco nadie en un hospital que sea capaz de hacer tal barbaridad, ni la mujer de la limpieza, ni el camillero, ni la secretaria, ni la telefonista... ni siquiera lo harías tu-
Ya no puedo hablar de mis récordes con la bici. A menos que me dedique a dar vueltas por el mismo sitio, no pueden hacerse más kilómetros en Barcelona. Y es que ayer la recorrí de una punta a la otra.
Dice mi médico que una buena parte de la salud es estar satisfecho de uno mismo o, lo que es lo mismo, pero con un punto de humildad, estar bien consigo mismo; y yo lo estoy, no hay duda, y eso se refleja. El problema es que a partir de ahora todo es cuesta abajo y mi menda está muy al borde. A ver si ahora la caída va a ser demasiado rápida para un hombre que no siente la edad ni quiere mirarla de frente.
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Antes de opinar sobre la revuelta iraní contra la estafa de los últimos comicios, la podredumbre de la clase dirigente y la opresión clerical deberíamos saber quien es Musavi y lo que representa; y para eso nada mejor que leer a Iñigo Sáenz de Ugarte.
En algunos medios occidentales se duda que la oposición haya ganado las elecciones. Reconoce que ha existido trampa, pero no en la cantidad suficiente como para evitar el triunfo de la actual oligarquía.
En algún caso, como "Rebelión", se ataca con furia la revuelta. Este periódico digital desde siempre se ha alineado con el actual régimen y ni siquiera habla de los muertos por la represión o de Neda, que es noticia en todo el mundo; y si lo hace es para acusar a los manifestantes de contrarrevolucionarios al servicio del mundo occidental capitalista, como si los ayatolás no lo fueran. No es extraño, este periódico tiene una fijación con los EEUU, hasta tal punto que el resto es bueno, desde el régimen cubano hasta el chino pasando por las FARC.
Al mundo occidental, igual que al oriental y al gran vecino del norte: Rusia, no les conviene un Irán demasiado demócrata; y al estado de los judíos menos que nadie.
Está demostrado que un país árabe y democrático es el principal enemigo del estado de los judíos, y nadie duda que Musavi no abandonaría su programa nuclear. Mejor tener enfrente a un lunático, al que siempre se puede tener la excusa de atacar, que a un "demócrata civilizado".
A los principales aliados de los EEUU en la zona: Arabia Saudita y Egipto no les interesa un Irán democrático, musulmán y mujeres con derechos; sería un mal ejemplo y la demostración que se puede ser demócrata y árabe. A Rusia tampoco le interesa un estado árabe democrático y altamente avanzado en el sur. A China, con problemas en sus provincias musulmanas, tampoco le hace gracia que la democracia se convierta en ejemplo. El mundo musulmán tiene fija su mirada en Irán.
¿A quién le interesa la revuelta?
A los que quieren ver al Estado iraní con problemas, demostrar al mundo musulmán que no es demócrata y, por tanto, indigno de su confianza; así como inestabilizar el país.
¿Hasta qué punto las elecciones fueron un fraude?
Ahora, una vez puesto el régimen contra las cuerdas, los estados occidentales y algunos periodistas parece que olviden los peones que, manipulados, lanzaron contra el gobierno. Ahora dejan entrever que, probablemente, el gobierno ganó las elecciones y descubren sondeos confeccionados por las agencias de inteligencia que así lo atestiguan. La revolución de color ha perdido interés, no es aconsejable; no obstante, el gobierno iraní sigue siendo una amenaza y debe ser debilitado. La revolución verde ha fracasado, pero, ¿es que en algún momento había interesado que tuviera éxito?
Veinte muertos son pocos para un país como Irán, acostumbrado a tener muchos. En eso los gobiernos occidentales no han tenido mucho éxito, a ellos les hubiera interesado que fueran miles.
La realidad es que los estados occidentales presagiaban una fuerte abstención reformista que daría la mayoría a Ahmadineyad, como ya pasó en las últimas elecciones; no que se votara masivamente y menos a un tipo como Musavi, que aunque ahora reformista, fue de lo peor en tiempos de Jomeini. Con una abstención del 20%, tenían razón los primeros analistas occidentales: era imposible que hubieran vencido los conservadores.
A mí, lo que me asombra es el cinismo de esos medios que se hacen llamar progres y que daban la razón al ayatolá: "Si hay un baño de sangre, los responsables serán los líderes de las protestas", en cambio de decir lo contrario.
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Me hacen pruebas para descubrir de dónde procede la debilidad de mi brazo...
- Primero te conectaré unos electrodos por donde le pasará la corriente y luego te clavaré unas agujas. Es algo molesto pero puede tolerarse-
Eso me dice la simpática y experta doctora después de manipular mi brazo y preguntarme un sinfín de cosas.
Es molesto, sí, pero hasta me hace gracia que mi brazo brinque alterado, que mi mano sienta una descarga eléctrica más potente de lo esperado.
- Relaja la mano-
- La tengo relajada-
- ¿Molesta?
Y sonrío...
- Ahora viene lo de las agujas, te molestará un poco pero menos-
Y parecen de broma, apenas las noto. Se parecen a los alfileres que, después de haberlos convertido, gracias a un tapón de corcho que hacía de cuerpo y unas aletas de papel, en dardos de corta punta, clavaba con ficticia satisfacción en el espléndido tórax de Lourdes, antes de descargar más tostesterona de lo imaginable en el interior de su cuerpo.
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Y recuerdas aquellas largas agujas que te clavaron en el cuerpo con terrible destreza y por las que pasaba, a estudiados intervalos, una fuerte corriente eléctrica. Te habían cubierto la cabeza, por lo que solo podías contar los segundos e imaginar el momento de la siguiente descarga. Y, aunque atado, saltabas y, aun estando amordazado, gritabas. Y pensaste que iban a electrocutarte. Y por vez primera sentiste pavor por lo esperado, por los segundos que corrían sin pausa ni perdón.
Sentías arder tu cuerpo, un calor insoportable en el interior de tu carne; pero aún era más fuerte el terror de la espera a la siguiente embestida. Uno, dos, tres, cuatro... contabas; pero ellos, sabios en el arte del terror y el interrogatorio, desordenaban el tiempo para enloquecerte.
Me matarán sin pretenderlo, mi cuerpo ya no puede soportar una descarga más y no lo saben, moriré aquí sin haber podido luchar... Eso pensabas.
Te aterrorizaba la incertidumbre, no el final, que eso ya lo habías experimentado mil veces. Habías visto la muerte, la habías rozado e, incluso, esperado con serenidad.
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Nadie puede arrebatarme lo que viví con ella.
Quizá sea eso por lo que escribo, quizá sea que me siento solo y no me doy cuenta o no quiero aceptarlo.
Mónica ha sido la única que no me llamó para felicitarme, pensé que se habría olvidado; pero no, no fue así. Me escribió una nota tan sincera como escueta
Mi amiga-hermana-amante nunca olvida a sus amigos, como tampoco perderá este don de decir tanto con solo cuatro palabras. ¿O es que imagino su mirada, su sonrisa...?
Amara me espera en la cama y mañana será un día muy duro.
Debo sentirme afortunado por lo mucho que he vivido y lo que puedo llagar a vivir.
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Nunca podré entender que alguien pueda disfrutar con el sufrimiento, propio o ajeno. Sé que un punto de dolor, depende a quien, puede ser excitante, morboso y hasta placentero; pero el fuerte dolor que hace soltar lágrimas, el tormento... ese no lo entiendo.
He visto a Amara simular dolor, colgada de unas cuerdas, para dar placer a hombres de tendencia sádica, incluso soportarlo en un mínimo grado. He visto a Konsta y a Vicki en desiguales luchas, y excitarse y apasionarse con desenfreno por ello. Me costó asumir tanta violencia, pero cuando vi a Joan, su compañero, y otros y otras hacerlo, perdí parte del reparo.
Ahora bien, Lourdes sobrepasaba lo imaginable. Le gustaba ser azotada con dureza y crueldad, atada e indefensa; y que le abofeteara el cuerpo sin compasión.
Aún la recuerdo paseando desnuda por el agreste paisaje del Cap de Creus, como una salvaje... aunque yo hacía lo mismo. Y enseñarme, excitada, las heridas producto de los afilados cortantes de la pizarra y de las espinas de la zarzamora. Y yo se las untaba con pomada para sanarla y amarla, y se dejaba y sentía placer, pero no el suficiente; que poco después supe procurarle, según ella, mejor que nadie.
Con Lourdes aprendí a mover la mano de manera rápida y seca, a tratarla como deseaba en aquellos momentos de sexo, a racionar la violencia para enloquecerla, ver el delirio en sus ojos, el ansioso movimiento de su cuerpo en busca del contacto con mi mano, la cuerda... Le encantaba que le dejara una señal en su cuerpo, siempre en el tórax, fuera un costado, el pecho o la espalda, grande y superficial: la marca de mis dedos.
Lourdes era excepcional, valiente, noble, de gran inteligencia y sencilla, sin engaños, además de bellísima. Si no hubiese sido por eso habría sido imposible mantener una relación con ella.
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Leo que según un viajero alemán en 1800, los catalanes tenían como primera lengua oficial el catalán, que utilizaban habitualmente. Y cuenta en sus escritos que en presencia de un extranjero, y como deferencia, se hablaba en castellano, aunque rara vez las mujeres.
Es curioso que después de 200 años las cosas hayan cambiado tan poco. Todavía, pese los intentos del resto del Estado, nuestra primera lengua oficial sigue siendo el catalán, y las mujeres, excepto contados casos, siguen olvidando que deben cambiar de idioma ante un extranjero.
Hay historias que hacen pensar. Por ejemplo, que Mónica, Anna, Inma, Konsta... siempre hablaban en castellano frente un foráneo, en cambio Amara, Vicki, Lourdes... lo olvidaban con frecuencia. Y si busco lo que las diferencia, descubro que en la paticular inquietud política y el compromiso de lucha.
¿Casualidad?
Tal vez, pero algo hay, una diferencia que la experiencia no deja de demostrarme que existe, por muy antisexista que me sienta.
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El médico me enseña a través de la radiografía el por qué de mi problema. Tiene arreglo, es costoso, pero con tesón puedo solucionarlo.
Y hablamos de Amara. Es de su generación y sé que se gustaban. Es el tipo de hombre que tanto le atrae: grande, fuerte y de apariencia bruta; pero educado, tierno y muy inteligente.
Sé por ella que vivieron una bonita aventura junto a otro colega y Mónica.
- Dale recuerdos y mi deseo que mejore. Le tengo mucha estima-
Y me río por dentro. Y, como sin querer, inocentemente...
- Gracias, se los daré. Lo entiendo. Me comentó que habíais sido más que amigos. Quería venir para verte pero tenía un compromiso-
Y, divertido, veo su cara de sorpresa. Siempre me ha gustado provocar, turbar los sentidos y la memoria. Estoy seguro que se devana los sesos. No sabe que cara poner ni lo que debe responder. Creía que tuvo la aventura con ella ya casada y ahora duda.
Me gusta este tipo, tan seguro de sí mismo, con tanto desparpajo...
Sonríe...
- Una gran mujer-
Y sé lo que piensa y que ahora recuerda perfectamente... Y estoy por responder en correspondencia: -y toda una hembra-. Pero me contengo. Después de todo, de qué serviría. No... mejor dejarlo así, en la turbiedad del recuerdo.
Hicisteis lo que debíais, sin embargo, hoy crees que no fue suficiente. Debisteis dejar más piel pero no quisisteis sacrificar más, perder la posibilidad de disfrutar de la vida y la juventud.
Es cierto que algunos dejaron la vida y otros su futuro en las cárceles del régimen, pero fueron los menos y, más que nada, lo que tuvieron es mala suerte o un traidor en su entorno.
El dictador fue listo e intuitivo, siempre iba un paso por delante y supo comprar vuestra pasividad a cambio de un bienestar para los escogidos, aquellos que de veras podían plantarle cara. Solo a su muerte y al no existir nadie que pudiera dar continuidad a su sistema, sea por falta de listeza o personalidad, se hundió parte de su mundo.
Hoy te arrepientes de haber luchado tan poco, de no haber arriesgado más. Tantos sacrificados para tan poco te subleva y enerva el espíritu. Te gustaría volver a empezar aunque sea con lo poco que queda: el honor y el sentirse hombre. Las armas ya saldrían por el camino.
Es Domingo y salgo de casa solo. Voy al Mercat de Sant Antoni, quiero comprar algún libro, hace años que no lo hago por allí.
Amara se ha quedado en casa, apenas puede moverse por la medicación que toma, esperemos que sus efectos mengüen con el tiempo. Está rendida, agotada, somnolienta... Deberé acostumbrarme a hacer mi vida sin ella.
Paso frente al club, está cerrado, la temporada ha terminado y no hay partidos. Este año debía ser el último, deseábamos que otros lo mantuvieran, tomaran el relevo.
Organizamos una gran fiesta de despedida. Una empresa de catering sirvió la comida y un grupo musical amenizó la velada. Hasta invitamos a las autoridades para celebrar el evento. Debimos cambiar los carteles. Ya no era una despedida sino una conmemoración. Después de diez años no conseguimos encontrar sustitutos, nadie quiere tanta responsabilidad.
A la fiesta asistió todo el mundo: padres, jugadores, entrenadores... hasta muchos de los que habían participado anteriormente. Las autoridades asistieron al evento, nos felicitaron, se repartieron placas y ramos...
Y seguiremos con la labor, y lo haremos hasta que nos hartemos.
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El 29 es mi santo, podría ser el de otro, me da lo mismo, nunca he celebrado esta festividad a no ser por la verbena, las cocas, los fuegos artificiales... Lo pasaremos en el Pirineo, en el mismo lugar donde tenía la casa con mis viejos amigos.
He organizado una pequeña fiesta de dos días. Amara estará bien, cuidada y en un dormitorio grande y limpio. Más adelante, cuando estemos más tranquilos y si la enfermedad lo permite, buscaré una casa aislada por allí, entre las altas montañas, en un pequeño valle perdido para retirarnos en un futuro.
A Amara le enloquece el mar, pero está claro que no puede vivir en él. La humedad es terrible para su enfermedad y vivir en un velero es impensable.
Hago trasbordo, a la vuelta intentaré coger una bici. Desconecto el móvil, debo acostumbrarla a no depender tanto de mí.
No encuentro los libros que esperaba. Pero... ¿esperaba alguno? El Mercat es así: si buscas no encuentras y si no lo haces encuentras lo que te gusta. Compro uno del que hace poco me hablaron: "La soledad de los números primos", de Paolo Giordano. Cuando lo termine hablaré de él.
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El viernes hablé con Mónica. Me dijo que sólo yo podía organizar algo así y que me ayudará con todas sus fuerzas.
Todas sus fuerzas...
Me siento bien, mejor que nunca, y más si puedo contar con su ayuda.
¿Seremos capaces de llegar tan lejos?
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Estos días recordaba las grandes fiestas que organizaba con mis amigos, insuperables con respecto al amor, la dialéctica y el sexo. Insuperables porque nunca he visto nada igual ni oído que alguien lo haya conseguido, y he visto y oído mucho más de lo imaginable. A veces me tienta contarlas, pero es imposible, no hay palabras que puedan describir ni mentes que puedan entender; caería, además, en la más pura pornografía o en el erotismo llevado hasta el límite. No, no es posible mayor desinhibición ni alarde, el incomparable estadillo de la libertad sentimental, ideológica y sexual sin medir sus consecuencias. El sentimiento de que todo estaba permitido excepto atentar contra la sensibilidad del compañero, sabiendo que sería capaz de sacrificarse por el gusto de otro. Y nunca hizo falta porque nadie quiso tanto.
¿Deben existir límites que acoten la libertad?
Nosotros demostramos que no, que se puede convivir con ella sin necesidad de sacrificar nada de lo que la convención exige. Posiblemente lo contrario: la represión y el engaño, el simular lo que no se es y fingir que no se quiere aquello que más se desea, terminen rompiendo las convencionales ataduras de la familia, el trabajo...
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El lunes batí mi propio record del Bicing. Claro que... nada que ver con el camino de Santiago que hice junto a Anna y Amara y de mucho más joven. Ahora ya me siento preparado para ir de casa al trabajo y viceversa. Me compraré una bici barata, que no atraiga a los ladrones y con un buen sistema de bloqueo. También cambiaré el pequeño bolso por una mochila.
La bici también me sirve para tener una buena perspectiva de la gente y como viste. Nada mejor que pasear y mirar para coger ideas.
Con Amara tal como está ya no sería posible aquella aventura. No le faltan voluntad ni valor, pero sí salud. Aunque mejorara de la enfermedad, sus rodillas, cuatro veces intervenidas, y su espalda, con prótesis, se lo impedirían.
Todo tiene su tiempo y debo acostumbrarme. Amara ha cambiado demasiado.
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La nueva colección va formándose, tarde por los proveedores, que andan más cojos que otra cosa; pero va saliendo y con enriquecimiento de modelaje con respecto a la anterior temporada.
Nuestra producción ha descendido, sin embargo, estoy satisfecho. En mis visitas a la clientela percibo satisfacción con nuestra producción. La temporada ha sido la peor que se recuerda, las tiendas han comprado poco y aún así están llenas; en cambio, apenas les queda algo nuestro.
Ahora quizá sea el momento de crecer. Recursos no nos faltan, el problema es la oportunidad.
¿Qué pinta un tipo de 58 pensando en crecer sin que nadie le siga?
Nada, pero el gusanillo no me deja tranquilo, me roe la cabeza y los sentidos.
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¿A quién financia el Estado cuando entrega tanto dinero y tan alegremente a la SGAE?
Por su profesión los artistas viajan y están en contacto con innumerables colegas del extranjero, así como con responsables políticos, directores de medios de comunicación, antiguos revolucionarios llegados al poder e intelectuales de cualquier especie. Además, el artista está entrenado para la simulación, por lo que le es más fácil el engaño y la infiltración. La información que llegan a disponer, una vez organizada y centralizada, es enorme y muy importante. El problema es que tanto va en una dirección como en otra y nadie puede evitarlo.
La SGAE debería desaparecer, es la sociedad más ladrona, embustera e inútil que existe en España; aún peor que la política.
Es inconcebible que un artista cobre derechos porque hace veinticinco años cantó, compuso o escribió una cancioncilla, mientras una patente industrial de automoción solo ocupa cinco años.
Para destruir su sistema de recaudación se debería convencer al ciudadano elector, de no votar ningún partido que no demuestre su intención de eliminar sus ridículas prebendas y, por descontado, por ningún concepto votar a los que han permitido semejante escándalo.
Probablemente desaparecería el actual socialismo, pero nacería otro con más fuerza si cabe, mucho mejor y más limpio.
La iglesia es otro ejemplo de hasta donde llega la ridiculez de nuestros gobernantes.
Cómo es posible, nos preguntamos, que se done tal cantidad de recursos a una gente que atenta contra la estabilidad del estado de derecho, que propugna el golpismo y la bondad de la dictadura fascista.
Algo hay entre bastidores que impide su asfixia económica, aunque tampoco sería tal, ya que una vez vistos sus gastos de funcionamiento, es fácil comprobar que con una buena administración bastaría.
Las iglesias se llenan de fieles Domingo tras otro, no solo una vez sino varias, y entre semana ofrece otros servicios como bautizos, comuniones, bodas, funerales y demás ritos. Si estudiamos los gastos que eso comporta y en los que es básico el voluntariado sin ánimo de lucro, descubrimos que podría llegar a ser un próspero negocio, al estilo de conciertos u otros espectáculos, pero sin necesidad de pagar local ni mano de obra excepto el párroco. En cambio vemos con asombro que el gobierno más atacado y herido por dicho colectivo, no solo no toma medidas contra él sino que le aumenta el peculio en plena época de vacas flacas.
La iglesia también está introducida en el mundo de la política, el arte y las finanzas, y por su estructura y funcionamiento, está arraigada por todo el planeta. No sería de extrañar que un Estado intentara atraer a su bando dicho colectivo o utilizara su influencia, contactos y, por tanto, información, a cambio de un jugoso pago o "donativo".
Es harto dudoso que el gobierno llegue a la estupidez de pagar tanto dinero a unos tipos, por haber compuesto alguna cancioncilla cuando se hacían los progresistas o a otros, para que monten un espectáculo ritual a un escaso 10% de la población según el Estado y un 25% según la iglesia; que eso es como las manifestaciones, que nadie se pone de acuerdo.
Es indudable que algo hay, a menos que sea cierto lo que algunos dicen y tengamos un gobierno de absolutos estúpidos.
Para poner en cintura a la más coercitiva e inmunda de las sociedades que hoy corretean por el planeta, no hay mejor sistema que dejar de votar a cualquier partido que no de pruebas inequívocas que dejará de financiarla; o, de ser necesario, crear un partido político absolutamente laico para crear presión.
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Existe la creencia que la revuelta necesita grandes recursos y, por tanto, de mucha financiación. Nada más lejos. Cualquier revuelta con pretensión de llegar a buen puerto solo necesita voluntad, unidades con una férrea disciplina, convicción, y mucha información. Lo primero se sobreentiende, lo segundo se consigue con medios muy ajustados y lo tercero a través de los dos anteriores.
Parte de la poca financiación que precisa la ponen los otros sin que lo perciban, una vez manipulados y sean de un bando o de otro, ya que la revuelta debe aprovechar sus unidades, por las buenas o por las malas, moviéndolas a su antojo.
Hace tiempo, en los comienzos de este blog, Joan os mostró su dolor porque no contasteis con él durante aquellos días. No fue el único, poco a poco otros os exigieron explicaciones, como Albert y alguno más. Y supones que Mónica debió hablar con José, quizá el que podría tener más razón.
- ¿Conoces el significado de convicción?-
- Si, claro-
- Pues siempre tuvimos la convicción que os faltaba la necesaria-
Y es que se necesita mucha, aparte de espíritu de lucha, sacrificio y sentido de la disciplina.
Ser capaz de abandonarlo todo, desde el amor hasta el futuro... ¿Quién se siente preparado para eso?
¿Qué saben de vosotros?
Tal vez piensan, ya pasado el tiempo, que no pasó de ser un terrible juego, emocionante y peligroso, pero solo un juego.
Y temes que luchasteis por un mundo que no tenía interés en ser salvado.

Y termino este largo tema deleitándome con la música de Björk.
Hoy el Bicing ha funcionado algo mejor. Esta mañana, en la parada del metro había siete, para ellos ninguna. No obstante, por la tarde he podido coger una cerca del taller y he llegado entero al "fisio".
Mi trasero se ha despegado del sillín con alguna dificultad, pero ni mucho menos la del pasado viernes.
Llamaré a Amara para que compre una botella de cava. Hay que celebrarlo.
No sé si fue este pasado viernes, que una pequeña nota en Facebook hizo que recordara a Konsta y, con ella, alguna de las mujeres que ocuparon parte de mi vida sexual.
Otro día y con más calma, escribiré sobre lo que no fue sólo sexo. Y digo sólo porque la sexualidad es parte importante e inseparable de la relación entre un hombre y una mujer, a veces la que más influye en el resto.
La conocí una noche de discoteca. Era raro que yo estuviera allí, más por la falta de tiempo que de ganas puesto que siempre me había gustado el baile, la música y las mujeres.
Entonces aún era joven, bastante; ya había vuelto del ejército y me había infiltrado en el mundo de mi enemigo.
Hoy, al recordar aquel día y buscar una explicación a mi presencia en aquella discoteca de la parte alta de la ciudad, en la que se debía entrar correctamente vestido, no puedo más que pensar en los "amigos" con los que de vez en cuando alternaba por aquellos lugares.
Y ahora, sin darme cuenta, me ha venido a la memoria Albert, tan revolucionario y ácrata como inmensamente rico, que involuntariamente era asediado por conocidos ultraderechistas.
A Albert, que no lo recuerdo en esta discoteca, lo utilicé para introducirme en el entorno del gobernador y, gracias a este, en el del capitán general, donde a través de uno de sus sobrinos -creo recordar que no tenía hijos- conocí a su familia e innumerables veces comí y dormí en su casa; y participé con placidez en más de una conversación que luego asombraba a mis mentores; ya que nunca hubieran podido creer hasta donde había llegado y la poca desconfianza que producía o la frivolidad con la que hablaban en mi presencia.
En aquel tiempo, gracias a mis continuos esfuerzos y al idioma que utilizaba con mi abuelo, adolecía completamente de acento catalán y pasaba por ser un tipo extraño y profundamente influenciado por su ideología, excombatiente y franquista, y muy querido en aquel circulo de personas. Eso me sirvió mucho, ya que entre ellos estaba mal visto hablar en catalán, aunque algunos fueran de la tierra y sus apellidos lo atestiguaran.
Era morena y algo mayor que yo, toda una hembra; bien vestida, ligeramente maquillada y delicadamente provocativa; muy simpática, abierta y con una permanente sonrisa en la boca. Estaba sentada en un taburete de la barra, bien acompañada por un hombre de edad y condición parecidas. Yo la miraba con cierta insistencia. Tampoco debía avergonzarme. El atractivo de sus facciones y la belleza de su cuerpo llamaba la atención a cualquier mortal. También es cierto que había intuido un cierto interés por su parte: miradas de soslayo, disimuladas entre tanta copa y aglomeración en la barra.
Recuerdo que aquel día preferí estar en la barra. No tenía ganas de bailar, quizá por la música o por la atracción visual que sentía por aquella mujer. Y las amigas de mi grupo dejaron de insistir en ello.
En un momento uno de los taburetes quedó libre y tomé asiento. Vi como se dirigía a su compañero, le hablaba con suavidad y él respondía en tono entre ofendido y sorprendido. Al ver como el tipo se levantaba y se iba, pensé que quizá le dijera que tenía ganas de estar sola.
Y se levantó y acercó, algo peligroso a no ser que no le importase perder su asiento.
Me saludó con un simple hola enseñando una sonrisa de infinita gracia...
- No fumo, por tanto no puedo pedirte fuego ni tabaco-
Y me reí con ganas, muchas... porque esta tía se salía de lo normal y confirmaba lo que la intuición me decía.
- Mejor así. Yo tampoco fumo y no habría podido servirte como me hubiera gustado-
Aquella noche no pasó nada. Conversamos... hablamos de mil cosas y temas evitando la política. Me interesaba demasiado y no era lugar para hacerlo. Mis "amigos", a lo lejos me hicieron una seña de complicidad. No me molestarían.
Bailamos y nos lo pasamos bien. Le di el teléfono de mi casa. Supe que no me daría el suyo ni su dirección y le ahorré el compromiso; también que me llamaría antes de lo que cabría esperar en un caso así.
Pocos días después me llamó. Le apetecía comer conmigo y era ella la que invitaba. Aquella tarde no fui a trabajar, la tomé libre. Paseamos por el puerto, después donde termina el Tranvía Azul y empieza la montaña del Tibidabo. Pretendía que fuéramos a un hotel, pero la convencí de ir a mi casa; allí habría intimidad y mi abuela respetaba mis costumbres. Era, igual como tiempo atrás, mi casa; y disponía de mi habitación, mi despacho y estancias suficientes para perderse. Tampoco era la primera amiga que mi abuela había conocido. Anna le caía muy bien y venía a menudo, si bien guardando un cierto respeto. Y es que siempre fingía dormir en otro dormitorio.
No le hablé de mis amigos, tampoco de la comuna; pero sí de mi trabajo, de la casa del Pirineo, del amor que sentía por el mar y mi intención de ganar dinero para comprar un barco.
Por entonces me había trasladado al gran piso de mi abuela. Mi abuelo había muerto y, mis padres, después de repartir la herencia la medio abandonaron.
No podía dejar sola a una anciana en una casa de más de cuatrocientos metros cuadrados, que me había cuidado, educado y mantenido hasta bien entrada la adolescencia. De no haber sido así, tampoco lo hubiese permitido. La gran relación y estima que había tenido con mis abuelos hizo que abandonara parcialmente la comuna.
Los fines de semana o cuando salía de viaje, mis padres venían a cuidarla, se trasladaban con su maletín y pasaban unos días con ella. Los lunes parecía otra persona. Me esperaba con ansia y la sorda determinación de dejar este mundo cuando la abandonara.
Y así fue, ya que poco después que mis padres abandonaran su infantilismo y asumieran su responsabilidad, mi abuela entró en una espiral de envejecimiento mental y abandono.
No sé que hubiera pensado sobre lo que es una comuna hippie.
La casa era una torre de tres pisos con jardín a su alrededor.
La planta baja disponía de una sala comedor, la habitación que servía de taller, la cocina, un dormitorio y un servicio. En el primer piso tres dormitorios, un cuarto de baño y una salita de estar que podíamos adaptar como dormitorio en caso de necesidad. En el segundo cuatro dormitorios y un aseo muy grande que dividimos con una mampara de madera sin que llegara al techo, convirtiéndolo en un pequeño servicio y un cuarto de baño completo.
En el primero dormía Jessica y la andaluza con sus respectivos hijos y una pareja; en el segundo María, uno de nuestros compañeros, otra pareja y yo. Y en la planta baja un simpático gallego.
Paz vivía en otra comuna y se desplazaba a la nuestra con asiduidad, por amistad y para acostarse conmigo.
Escribo con los electrodos en la espalda. Me siento tan bien y fresco, que igual vuelvo a coger una bici para llegar al bus que me lleva a casa y olvido el tranvía.
Sonia, así la llamaremos, era una mujer extraña. Su placer pasaba por ver al macho gemir, doblarse, rugir y eyacular espectacularmente. Disfrutaba y se excitaba al sentir como me deshacía por sus caricias. Una mujer fuerte, alegre y bella que gustaba dominar antes de ser dominada, pero también muy experta en el sexo, que sabía agradar, cimbrear su cuerpo y utilizarlo para la satisfacción del compañero.
El fin de semana lo pasamos en nuestra casa del Pirineo. Aún no hacía un año que la teníamos y estábamos arreglándola, no obstante ya se podía vivir bien y el cuarto de baño funcionaba.
Nuestra aventura duró poco, unas tres semanas.
Un día me pidió salir junto a su prima. Me dijo que era una chavala muy simpática y que me gustaría. Nunca imaginé lo que se proponía ni la increíble belleza y sensualidad de aquella chica.
Bastante más joven que ella y algo más que yo. Preciosa. Al mirarme me sentía devorado. Sus labios, su boca... los movía de manera que me derretía; la maravillosa redondez de sus pechos, su color, la manera que vestía, su escote, su cabello... y como acercaba su cara al hablarme... Una hembra total.
Después de cenar en Sorrento, una famosa pizzería, fuimos al Enagua, mi pub favorito.
Sonia tenía interés en ir a una discoteca para bailar, esta vez más de mi estilo: buena música y gente sencilla y abierta. En un aparte y aún en el Enagua, aprovechando una ausencia de su prima, me miró fijamente...
- ¿Te gusta?
- ¿Y a quién no?- Respondí riéndome sorprendido.
- A ella le encantas. Sería fantástico que os enrollarais. Aún es virgen y me gustaría que fueras tú quien...-
Y aquella noche Sonia desapareció. Supuse que lo tenía preparado. Se encontró con un amigo, aparentó casualidad, pero él no supo fingir o no sabía que debía hacerlo.
La prima, Elena le llamaremos, aquella misma noche se abandonó. Hice todo lo posible para darle confianza y seguridad, la traté con la máxima delicadeza; pero aquella mujer de virgen tenía poco.
Si Sonia era experta en dar placer, Elena parecía su maestra. Combinaba los mismos gustos y costumbres con una gracia innata, una sexualidad que desbordaba. Yo estaba sorprendido. No cuadraba ni la mujer ni la situación con lo esperado; no obstante, seguí actuando con la misma delicadeza mezclada, eso sí, con ardor y fuerza.
Fuimos a casa de una amiga. La habitación con música, un gran colchón sobre una estera, parecido a lo que más adelante tuvimos Joan, Konsta y yo; cojines, tenue luz roja y una suave y blanca cortina colgando del techo de manera desordenada. La habitación había sido decorada para el placer y la desinhibición.
Ya en la cama intenté penetrarla después de un largo rato de caricias, buen humor y una conversación adecuada, y delicadamente provocativa; ella lo seguía sin un gesto de cuidado o insinuación.
- ¿Eres virgen, Elena?-
- No. ¿Te sabe mal?-
Y me reí... Habría pagado para que no lo fuera. Hubiese sido la primera y eso me ponía más nervioso que nada.
Nos veíamos a menudo, se había convertido en mi pareja y yo seguía con mis múltiples vidas. Por la mañana el trabajo. De siete a ocho de la tarde salía, de no hacerlo con ella, con mis "amigos"; con los que cenaba por ahí, reíamos, nos divertíamos hablando de mil situaciones. A veces nos encontrábamos en casa de alguno de ellos y jugábamos al Póquer u otros juegos con mucho dinero por medio.
Habláis de política, de los difíciles momentos que pasa el régimen, de la cantidad de traidores, cobardes y arribistas con tendencia a cambiar de bando. Y escuchas sus nombres y apellidos, cargos... pero también de los que están dispuestos a salir con los pies por delante. Y de la policía, de la Universidad, de los grandes centros productivos... Y tomas nota mental. Puedes repetir docenas de conversaciones sin olvidar una coma, el tono de voz, la intención. Habías aprendido a memorizar metódicamente, por lo que muchas veces te sorprenden sus cambios y contradicciones. No entiendes como se puede ser afín un día y traidor al otro.
Memorizas de quién es hijo o sobrino el tal y donde lo ha enchufado, que cargo tiene y cual es su influencia; su mujer, hermanos, hijos, donde estudian. Y que hace, donde vive; y que costumbres tiene, su hobby... Y cuáles son los mandos policiales más afines, y los que sólo lo parecen, y los traidores. Y los que deben su puesto a un general, a un favor, a un familiar lejano o próximo. Y los militares de confianza y los que no lo son. Pero también las acciones represivas que preparan, a quienes tienen de chacales para quemar librerías, apalizar un cura rojillo, un médico del clínico; o avisos a funcionarios que se desvían. Y te piden consejo, opinión para contactar mejor con los suyos y buscar a su enemigo. Y se lo das porque eres uno de ellos. Y sabes a quien tienen que castigar para soliviantar, excitar, provocar la reacción contraria; aumentar el número de unidades adictas a tu otro mundo. Y también les procuras unidades al suyo, nuevos chacales que caen en una doble trampa: la suya de violencia y la vuestra de manipulación.
El encuentro con estas dos mujeres fue excesivamente fácil y sospechoso. La discoteca, el acercamiento, el momento y el entorno... Aunque mi intuición dijera lo contrario, debía estar vigilante y ser prudente, seguir el protocolo hasta el justo punto, ya que todo apuntaba a que era un engaño, demasiado burdo para ser auténtico; pero eran tiempos en los que no debías fiarte ni de tus progenitores, tu hermano, tu compañero...
La presenté a Joan y Konsta, con los que mantenía una profunda relación, a nadie más, solo a ellos dos y con mucho cuidado, ya que no sabían de mi compromiso revolucionario ni el de Mónica. Les pedí que por nada del mundo quería que supiera de mi vida en la comuna. No hubiese sido normal que un tipo con una vida tan ordenada y, de ser cierta mi alarma, de ideología extrema, viviera una doble vida en una comuna hippie.
Aquel fin de semana fuimos con ellos al Pirineo. La confianza que allí se formó fue inmensa, hasta el punto que no escondí nuestra profunda relación, el fantástico triángulo amoroso existente entre Joan, Konsta y yo, y sobre como buscábamos el placer junto al amor...
Fueron dos días inolvidables, sin prejuicios ni necesidad de fingir. Pero el siguiente fin de semana aún fue más abierto y asombroso. Joan no pudo venir, tenía que cumplir una guardia en su trabajo. El tiempo era magnífico y todo hacía presagiar que mejoraría. Decidimos ir los tres a la casa y pasarlo entre las altas montañas, hacer una excursión.
Jugamos a cartas y hablamos del mar y de la montaña, de las experiencias que pasé en la nieve, tan cerca de allí. Había encendido el fuego y charlábamos a su alrededor, ellas sentadas en el banco forrado de cojines y yo en una silla a su lado. Elena contaba como dejó de ser virgen. Yo era su primer hombre, pero poco tiempo atrás lo había dejado de ser en compañía de una amiga, en una decisión compartida. Entonces entendí la preocupación de Sonia.
Y mientras mi nueva compañera hablaba, Konsta, sin aparente intención, le acariciaba su desnudo hombro, lo seguía suavemente con la yema de su dedo, saltando de vez en cuando a la tela de su blusa mexicana, unas veces en la espalda, otras cerca del pecho. Y ella se estremecía visiblemente, abandonándose poco a poco al placer de la sensual caricia. Su blusa se abría por momentos y se regocijaba con algún suave e inocente gemido o un suspiro de gusto. Y Konsta en un momento de inmovilidad le dijo...
- ¿Te gusta?-
Se encontraban a pocos centímetros, la mirada de Konsta era puro fuego. Y es que mi bisexual amiga hacía tiempo que no se divertía con una mujer, y menos con una tan sensual y atractiva.
- Demasiado-
Y acercó su boca. Y Elena le besó el cuello...
Cuando antes de acostarnos cubrí con toallas la gran cama, la una se sorprendió y la otra rió avergonzada por su descuido; y es que de tan encendida no pensó.
La noche se llenó de un sinfín de gemidos y suspiros, orgasmos de insaciables hembras y de saciado y agotado macho.
Konsta solía eyacular en abundancia, unas veces más y otras menos, pero siempre terminaba haciéndolo. Mónica también, pero ni mucho menos con la misma profusión. Eso a una mujer normal debe cohibirla, sobre todo de joven, cuando aún se siente insegura. Pero a Konsta la conocimos de muy joven, aún no había cumplido los dieciocho, de modo que pronto perdió el complejo. Mónica lo era aún más y la conocimos algo más tarde, a los dieciséis, y con una cara de niña mona que escondía todo lo que era.
No había conocido ninguna otra que lo hiciera, ni Anna, María o Paz; esta última tan fogosa... pero eso nada tiene que ver con el no tan extraño fenómeno.
Con los años aprendí que casi todas las mujeres eyaculan, sólo que tan poco que apenas se enteran. Unas piensan que es un fluido producido por el orgasmo, otras que es orina escapada por las contracciones pélvicas.
Tanto su olor, que no lo tiene, como su viscosidad, son distintos al flujo precoital y, obviamente, no es orina. Las contracciones producidas por el orgasmo pueden provocar su descarga, pero no siempre es así; a veces fluye antes, ya que puede ser provocada por un masaje vaginal adecuado.
Al macho le satisface y le gusta que coincidan con el orgasmo, pero lo mejor es dejar que lo haga la hembra instintivamente, sin participación externa.
Siempre he creído que el placer debe ir en comandita con la libertad. Todo intento de provocarlo forzadamente, adelantarlo o atrasarlo es contraproducente. Al principio parece que a la compañera le gusta atrasar su cumbre, pero con el tiempo descubrimos que a veces, de tanta manipulación la abortamos y que sin tanto control, poco a poco se convierte en multiorgásmica.
Dos inagotables y fantasiosas mujeres, salvajes, brutales en grado extremo.
Éramos jóvenes y podíamos engañar al sueño. Teníamos ansia de placer, de aventura y gusto a lo desconocido, a la morbosidad sin límites.
Aquella fue una maravillosa noche por su extensión y Konsta se llevó la peor parte, o la mejor según ella, y no con la suavidad que solíamos los dos sino con más violencia y fuerza, la misma que con Joan.
Dudo que alguien sepa para lo que sirve o sirvió. Lo seguro es que todas las mujeres poseen la glándula productora y la cavidad para almacenar el flujo. Otra cosa es que muchas tengan lo primero atrofiado o lo segundo casi cerrado. Tengo la convicción que algunas reprimen su descarga sacrificando, sino todo, parte de su placer. Saben que evitando un tipo de contracción y excitación no lo expandirán o lo producirán. Su vergüenza y el temor a que el hombre lo confunda con orina o, en el peor de los casos, con un exceso de placer, les debe retraer.
Por desgracia, en esos dos siglos de extrañas luces culturales, el sexo de la mujer sigue siendo un desconocido. No pasan seis meses que algún autodenominado experto descubra algo, demuestre lo que muchos ya sabían y practicaban.
Por su sabor y composición se parece al semen masculino y, aunque mayoritariamente es transparente, en algunos casos gana viscosidad y su color puede llegar a ser lechoso. Pienso que podría ser un residuo de nuestros ancestros más antiguos, un mecanismo para procrear sin la participación del macho, de manera hermafrodita o para enriquecer la especie, en caso de extrema necesidad, entre dos hembras.
Es posible que hace millones de años, el bicho que una vez mutado se convirtió en primate pudiera procrearse a sí mismo, en momentos de dificultad como los caracoles.
Imaginemos aquellos tiempos, antes que el homínido trepara los árboles o en el momento que bajó de ellos, cuando era presa de los depredadores por salir de caza o recolectar alimentos, en tiempos de gran sequía o desastres naturales. Una tribu o varias podrían quedarse sin machos útiles.
Es sabido que la hembra es más fuerte y resistente a la enfermedad, al dolor y al hambre que el macho, quizá por su función de paridora. También que él estaba especializado en la búsqueda de alimento y en la defensa de la tribu, por lo que se encontraba en más riesgo, mientras ella cuidaba las crías.
La naturaleza es sabia y la especie ha sobrevivido, puede que gracias a mecanismos hoy impensables. Creo que nunca sabremos lo que aconteció en aquellos tiempos, así como lo que utilizó la especie para sobrevivirlos.
Ya en Barcelona, Konsta y yo habíamos decidido hacer un viaje al sur con el 2CV repleto de material para vender. Fue una semana en la que combinamos placer, negocio, playa y buenas comidas; diversión nocturna y sexo. A nuestra vuelta Elena había desaparecido. No hubieron más llamadas ni visitas a mi casa. Pasaron las semanas pero ya no la esperaba, desde el primer momento supe que ya no la vería. Quizá no pudo soportar nuestra liberalidad extrema, que para muchos era divertido durante unas semanas, pero no para relacionarse como nosotros hacíamos. Quizá ya había cumplido su cometido, pasado el informe conforme no había constancia que yo fuera el asqueroso y traidor que tanto buscaban. Dudo que fuera así, aunque de serlo, durante aquel tiempo mi personalidad más oculta y secreta estuvo cubierta y segura.
No había alarmado a nadie. Rompí todos los protocolos que nos habíamos impuesto, sabía que de no hacerlo moverían cielo y tierra y confiarían la investigación justo a quienes no debían. Podría haber sido la trampa para levantar la liebre. Y es que nunca se debe menospreciar al enemigo por muy estúpido que parezca o sea. Podía tener un momento de lucidez excelsa y sus engranajes, aunque anticuados y anquilosados, todavía funcionaban.
Mi subconsciente imaginaba a Sonia y Elena divirtiéndose, ora con uno, ora con otro, buscando con ahínco un más que previsible e intuido topo. Aunque estaba seguro que tampoco les hubiera hecho falta acostarse con sus víctimas. En un caso así es mejor y más práctico, camelar, hacerse de rogar, llevar el juego hasta el final de la conquista. Es más efectiva la promesa de placer y amor nunca cumplida, ya que entonces el hombre es capaz de perder la cabeza, sus ideas y su fortuna por ver realizado su sueño.
La realidad, probablemente, es que un exceso de conservadurismo y prudencia echara a perder una gran amistad; que fueran dos mujeres fantásticas, fuertes y muy seguras de sí mismas.
Hasta mucho después no dejé de machacar mi memoria, de recordar cómo conocí a Sonia, el significado del cruce de miradas, la positiva intuición que sentí entonces. Y la estúpida manera de comportarme con Elena, el cuidado en mis posturas y conversaciones, la desconfianza...
El hombre siempre trata de dejar para las generaciones venideras el producto de su experiencia, la sabiduría adquirida a través de los años, aun sabiendo que es una empresa imposible.
Somos producto de nuestra propia experiencia y a veces ni eso, ya que una y otra vez tropezamos con la misma piedra. Y en cuanto un hombre rompe la costumbre, es acusado de conservador o retrógrado por el resto, aunque lo sean ellos por caer en las mismas trampas que sus antepasados.
¿Que se necesita para ser político?
Sólo ambición.
¿Y para ser un buen político?
Una ciudadanía inteligente.
¿Y qué es la inteligencia? ¿Lo que nos dicen cuatro tipos que se las dan de cultos?
Me he hartado de conocer cultos estúpidos e incultos inteligentes.
La estupidez no va ligada a la incultura, igual que la razón nada tiene que ver con la cultura.
Al principio la sentirá todo el mundo, más tarde, cuando ya sea una costumbre, sólo los jóvenes en busca de trabajo y sin poder independizarse, los parados de más de cincuenta años y las clases que se habían acostumbrado a gastar sin mediar un trabajo suficientemente productivo, basado en la especulación o la tramitación de negocios sin sustancia productiva.
Los más ricos, aquellos que anualmente veían crecer su patrimonio por millones, lo verán disminuir, así como sus beneficios. Y sí, seguirán siendo ricos, pero mucho menos.
La clase media se dividirá entre los que echaban mano del crédito y el afán por aparentar y la que gastaba lo justo o menos de lo que ganaba.
Nacerá una nueva clase salida de la inmigración, aquella del trabajo, el pequeño negocio y el ahorro...
Es una predicción.
Dice Punset que nadie va más errado que el hombre que pretende predecir.
Yo me arriesgo y predigo, siempre pensando en unos gobiernos fuertes que no cedan a la tentación de una guerra o los traumas de una revolución. La banca ya lo intenta al presionar al Estado para conseguir mantener los grandes beneficios a los que estaba acostumbrada.
En el mundo occidental el gran capital está intentado boicotear la reacción de algunos gobiernos "progresistas". Siguen sin aceptar lo que consideran un chantaje, que es repartir las ayudas del Estado con el exclusivo fin de reactivar la economía productiva. A fin de cuentas, la única que puede solucionar con profundidad el problema del paro.
Los unos lo ven peligroso y creen que pueden perder el dinero, los otros que es mejor dejar que la economía se sanee por si sola, pero exceptuándose a sí mismos. Lo cierto es que empujan al gobierno hacia el extremismo izquierdista. Lo quieren aislar para desactivar su poco progresismo. Para ellos no es bueno una reentrada a la economía social y regulada por el Estado. Les costó demasiado, cincuenta años, conseguir cambiar el rumbo de su mundo, liberalizarlo; eso sí, gracias al descalabro del régimen comunista. Ahora ya no sería lo mismo, el comunismo dictatorial ha dejado de existir; en estos momentos se estila la democracia, y los comunistas, de la mano de Carrillo, han evolucionado y han demostrado que el marxismo en absoluto está en contradicción con la libertad.
No, no pueden. Mejor desactivarlo ahora en caliente, que después a golpes de Estado.
Si los gobiernos son inteligentes controlarán el poder financiero. Lo tienen rendido, ya que sin ayudas irá apagándose y cayendo en manos del Estado. Hoy parece fuerte, mañana, cuando deba despedir miles de trabajadores y cerrar cientos de oficinas; cuando deje de negociar grandes sumas por temor de las grandes corporaciones a perderlas, cederá o será absorbido por la banca estatal.
Escribo mientras voy al médico. Mi corazón daba avisos, ahora ya no. Será estrés, seguramente la típica ansiedad que de vez en cuando ataca mi cuerpo. Debería haber visitado a José, mi terapeuta. Amara no está tranquila, supongo que se siente culpable o quizá desasosegada por no poder cuidarme. Una mujer tan fuerte como capaz y ocho años más joven que yo, y me ve agotado por el trabajo, ansioso por una crisis que, parece ser, no va a afectarme en demasía, y desorientado por su enfermedad.
Las dudas me producen desasosiego y sus constantes caídas y recaídas hartazgo.
Sé que ha visitado el banco y ha ido al notario. Quiere dejar las cosas claras en caso de sufrir un colapso, accidente o vete a saber lo que ha pensado. Su hígado parece un colador, los riñones empiezan a dar señales de cansancio y su corazón, antes tan fuerte, va demasiado rápido. La medicación hace estragos en su cuerpo y ya no puede recuperarse con tanta facilidad; su presión es alta y vive permanentemente descoagulada; la vista le falla y ya ha sido operada tres veces de las rodillas y dos de la espalda. No hay semana que no tropiece un par de veces y cae con demasiada facilidad.
Cincuenta años... hace siete estábamos en Cuba visitando a nuestros amigos, viajando por toda la isla a bordo de un desvencijado Lada y escondiéndonos de una policía a la que fácilmente podías sobornar con un dólar, aunque nunca lo necesitamos.
Una historia en la que la satisfacción de saberse, sentirse tan despierto como mil años antes, y que el arte de la simulación y el disfraz fueron, una vez más, llevados hasta el extremo.
Cincuenta años... y tan solo hace siete aún era una atracción en cualquier fiesta. Un bombón que nunca aparentó la edad que tenía. Cincuenta y ocho kilos maravillosamente ordenados en un metro sesenta y cinco de estatura. Los hombres se la rifaban...
Estoy bien. El médico, íntimo amigo y colega de Amara, está convencido. Pequeños ataques de ansiedad, ya controlados sin necesidad de medicación, habían atacado mi organismo. Tengo el corazón de piedra, el hígado perfecto... mi cuerpo funciona como es debido.
Os había invitado un simpático, maduro y atractivo personaje que más parecía salido de una fiesta ibicenca que de la tranquila Menorca donde habíais recalado.
Una pequeña cala nudista y apartada de cualquier lugar habitado. No era la primera vez ni tampoco el único barco, la conocías por su fuente de agua potable, unos cientos de metros montaña arriba. Desembarcasteis para andar, desagarrotar los músculos después de una travesía algo agitada y llenar el depósito y las garrafas de agua.
Os habíais sentado y con los restos llegados del último temporal habías encendido una pequeña fogata donde asabais sobre una losa de pizarra los dos jureles y el congrio que habíais pescado.
Tres afables hombres que, todo parecía indicar, compartían sendas deslumbrantes hembras
La gata dormita encima de la toalla que le he instalado sobre el escritorio. De vez en cuando veo como se abre una fina grieta en sus ojos, me mira y emite un suave maullido. Exige atención, unas palabras, una caricia... escribo mientras escucho la maravillosa música que regala Juanan.
Amara está echada en la cama. Habla con Mónica, no hay día que no lo haga, igual que con los demás; no obstante es con ella que siente más atracción y complicidad. Nada que ver con Joan, su amigo-amante; con José, su amigo-hermano-amante o con Vicki, su amiga-amante.
Mónica es especial, diferente a todos.
No me canso de escribir en la libreta, no obstante siento una gran dificultad y apatía trasladar mis escritos al ordenador y editarlos en el blog. Me asombra las pocas páginas que quedan por llenar sin haber editado nada de lo escrito; tampoco envío mis historias a Pili como era costumbre.
Supongo que el exceso de trabajo y la enormidad de lo que me espera con respecto a la salud de mi compañera, me superan y agotan.
Reviso mis notas. Llevamos vendido un veinte por ciento menos de unidades, algo que probablemente recuperaremos, sin embargo, hemos mantenido la misma facturación. He aumentado la calidad y elaboración de las prendas.
Hay que modernizarse, ser más rápidos y buenos, adaptarse al mercado... Para lo barato, masivo y de baja calidad ya están los chinos. ¿Quién quiere competir con ellos?
Leo sobre la diferencia de género en el trabajo, la universidad y la vida cotidiana. Nosotros, ya antes de los setenta y en el paso de la adolescencia a la juventud, conseguimos tratarnos con absoluta igualdad exceptuando en el sexo. La manera con que lo tratábamos distaba mucho de la igualdad. Tanto unos como otras, mucho más ellas, preferían jugar y divertirse, utilizar la diferencia como punto de inicio; sin contar la morbosidad que eso acarrea.
Konsta, Anna, Mónica... eran chicas muy atractivas y con mucha carga sexual, y utilizaban estos recursos para divertirse con los hombres y hacernos disfrutar con la máxima plenitud. Se dejaban querer, manipular... se abandonaban a los caprichos de sus compañeros.
Les preguntábamos por sus gustos, intentábamos averiguar sus fantasías, lo que les apetecía mientras se movían, susurraban, ronroneaban medio desnudas para excitarnos.
A nuestras amigas, igual como después a Vicki y a Amara, les excitaba sentir como el macho enloquecía, escuchar sus jadeos, ver su cara de placer, sentir su sexo reventar.
Convertimos el placer en una herramienta para conseguir la libertad más absoluta, sin freno ni prejuicio o necesidad de fingir, como demostración que la disfrutábamos con la mesura adecuada.
- Sufrí un pequeño atropello, pensé que no sería nada hasta que, mareada, caí por las escaleras del Metro-
Fue su rocambolesca excusa, la mejor para el caso, ya que así excusaba que no hubiera contrario, el vehículo atropellador. José no podía creerla, aunque tampoco la buscó durante aquellos tres días de ausencia. Creyó que estaba contigo por lo que insinuaste, dejaste entrever que iba a pasar.
Desapareciste simulando una coincidencia. Un viaje de ventas para ganar un dinero extra, explicaste más adelante. Como no apareció ni respondía, hiciste ver que creías que estaba con él y te fuiste. La familia no se preocupó demasiado, estaba acostumbrada a que desapareciera a menudo, aunque esta vez no avisó y José la andaba buscando.
Nadie visitó hospitales ni llamó a la policía, tampoco hubiese servido de mucho, en todo caso para precipitar y abreviar el fuerte y brutal interrogatorio, y llevarla al hospital con la misma excusa.
Eran otros tiempos, nadie preguntaba, ni los médicos que, aun sabiendo lo que no era, debían creer al paciente.
Se cebaron con ella. Era lo estipulado, el expreso pedido que habían recibido.
- Por huevos le tenéis que sacar el nombre de su mentor, los que le han introducido y lo que esperan de ella-
Era el precio a pagar, por tanta desfachatez según alguno, y para reafirmar los principios y la seguridad según el resto.
Al principio les gustó, o eso confesaron después. Tenía su morbo torturar a una posible compañera tan mona como refinada y delicada. No aguantará ni media hora y la devolveremos a su casa para hacer sus labores, de donde nunca debiera haber salido, pensaron. Pronto se dieron cuenta que no sería tan fácil, eran profesionales y la nena pija se les resistía.
Aquel mismo día dieron muestras de hastío. Era su trabajo pero no les gustaba. Estaban acostumbrados a otro tipo de individuos, que, con solo entrar y el justo adiestramiento de lo que les esperaba, ya cantaban.
Utilizaron casi todos los medios que disponían, hasta el más cruel. Al final se despidieron de ella con pena, como excusándose de lo que venía tras ellos, y que a partir de aquel momento no habría piedad. Y trasladaron su destrozado cuerpo a la sala contigua, de donde habían salido durante los dos días tantos lamentos y gritos roncos y secos; y en un rincón y visible pese a la penumbra, había un hombre presuntamente torturado que parecía emitir sus últimos estertores.
Entró en tu mundo por la puerta pequeña, sin mediar adiestramiento ni suficientes padrinos de fiar, solo tu palabra y tu voluntad junto con la reserva de Tomás. Te avisaron un rato antes, justo para saber e insuficiente para tomar medidas.
- Serán brutales. Es necesario para confiar tanto en tan poco. Le extraerán hasta lo más íntimo, aquello que ni sueñas o esperas; y no pretendas conocerlo-
Eso te dijeron para contentarte.
No pudieron. Inventó una historia, quizá fuese su quimera, tan fantástica como maravillosa. Medio rota lloraba, no de pena y dolor sino de felicidad.
Vivía su sueño, imaginaba otro mundo y emancipó su espíritu de su realidad.
Era feliz, soñaba contigo, con vuestra lucha y el futuro que había planeado, el que esperaba conseguir.
- Qué suerte el tener de compañera a una mujer como esta-
- No es mía, no es de nadie, ni siquiera es mi compañera-
Y piensas, con sana envidia, en José.
Y recuerdas despertar entre las dos desnudas y bellísimas mujeres. Ella tan delicada y estilizada, de piel tan oscura y su larga y negra cabellera desparramada sobre la almohada, y su angelical rostro, sus largas pestañas, sus grandes ojos cerrados con placidez. Y acaricias la herida de bala en su costado. Y miras a tu otro lado y ves a la mujer absoluta, ya despierta, sonreír. Y la acaricias con las yemas de tus dedos, con tu boca... y arquea su magnífico y erótico cuerpo en gesto de ofrecimiento al placer, al sexo más provocativo que hayas podido imaginar. Y tu sexo y espíritu se encabritan y demandan poseer lo que no es suyo, de nadie. Es libre y su momentáneo sometimiento, una percepción tan solo.
Amara es una ruina física y psicológica. Los últimos detalles de la gran fiesta los finalizamos sin apenas disimulo. No hace falta, no se entera del mundo que le rodea.
Hace tres noches sufrió una crisis, una más, quizá la más fuerte que recuerde. La droga corrió a borbotones, como antes el sexo y el placer, la amistad y el amor. El mórfico más potente y tóxico.
En mi desespero salté de irritación. Si no hubiera estado tan enganchada, dependiente de la droga, le hubiese hecho mucho más efecto.
Toma asiento, se serena y pide, o mejor, exige que eche los medicamentos al contenedor. Son las dos y media de la madrugada, salgo a la calle con un frío que pela y en el último momento me contengo, abro el buzón y deposito los frascos.
- Ya está. Hemos terminado con la puta droga- Exclamo sabiendo que a media mañana llamaré a Al para contarle donde se encuentra y lo sucedido.
Nadie, ni Amara puede dejar una droga como esta de la noche a la mañana, y menos con el dolor que sufre.
Mónica y Vicki llaman diariamente, no dejan de hablarle, de comentarle mil y una historias; saben que necesita seguir conectada con el mundo para sobrevivir. Ellas y Anna son las únicas que saben hasta donde llega su calvario y el riesgo que corre de perder la conciencia. Anna no llama, no lo hace con nadie; Ellas si, son las amigas-hermanas absolutas, aquellas que siempre tienes cerca, que nunca te olvidan. Las amigas que compartieron amores y pasiones sin arrugarse.
Y recuerdas a tu amiga-hermana-amante despertar, desperezarse y, feliz, unirse a la fiesta. Y tu cuerpo estremecerse con el contacto de sus lenguas, sus manos, sus cuerpos; el uno sinuoso y cimbreante como el de una serpiente, largo y bello, terciopelo vivo y candente; el otro portentoso, elástico y juguetón, morboso y poderoso; los dos de puro fuego. Y ser absorbido, devorado con tanta delicadeza como meticulosidad. Sentir la húmeda calidez, el gemido de una hembra y el suspiro de la otra antes de mordisquear las partes más sensibles de tu pecho, espalda, vientre, nuca... Y tu cerebro estalla cuando sus manos acogen tu cabeza, sus uñas la arañan tiernamente y su boca susurra en tu oído lo que te espera.
Escribo desde la sala de espera de la clínica del dolor. A Amara le están suministrando un cóctel de calmantes. Parece ser que el médico ha encontrado el talón de Aquiles de su dolor; ahora solo necesita tiempo, paciencia y mucha disciplina; dominar su dependencia a la droga que ha destruido su espíritu.
Amara nunca volverá a ser quien fue, y que mejore y salga del foso donde ha caído es casi una quimera. Ni siquiera estoy seguro que salga con vida de ésta.
Dicen que soy excesivamente optimista, que falseo la realidad para sortearla... Pero no es así, solo soy un luchador que siempre busca y encuentra una salida, y se niega a tirar la toalla.
Nunca había escrito tanto para mí.
Me llaman del quirófano, el neurocirujano quiere hablar conmigo. Es un viejo amigo, está contento. No sé cómo pero está seguro que la intervención ha sido un éxito.
Hemos pasado días horribles, Amara de sufrimiento y drogas, y el resto de la familia por momentos traumáticos. Mi compañera ha soportado el dolor gracias a la morfina y ha caído en su dependencia. Aún dudo que sea cierto, que el dolor remita.
La cirugía da resultado en el diez por ciento de los casos excepto los provocados por un tumor, que en este caso sería el primero.
Le explico, aún incrédulo, que había pensado en ingresarla en un centro de tratamiento del dolor y desintoxicación. La anterior intervención, ahora hace un año, aparte de no surtir efecto le provocó un empeoramiento; y solo pensar en una situación parecida hace que tiemble de pies a cabeza. Y me dice que espere un par de días, que no le extrañaría que su situación cambiara radicalmente. Me lo quedo mirando. Solo hace un mes, él mismo reconocía que su curación era casi imposible y ahora afirma todo lo contrario. Quizá fuera una estrategia, curarse en salud ante lo impredecible.
- Por cierto... Amara, aun así sigue conservando su famoso y peculiar humor británico. Nos ha hecho reír a todos-
Y recuerdas aquel día en la discoteca. No sabes como llegasteis a ella, nunca os gustó el ambiente de este tipo de salas, el gran ruido, no poder hablar. Preferíais vuestras fiestas, bailes tranquilos, lentos... como los de vuestra adolescencia.
La parte alta de Barcelona. Aún recuerdas la calle: Muntaner sobre la Ronda. Habíais cenado en una famosa quesería, bebido buen vino y dudabais entre pasar por "Pablos" y tomar un Gin-Fizz o ir a casa y terminar la noche como tanto os gustaba. José, Mónica, Amara y tú; y vosotros os reísteis ante la idea...
Un día es un día. Fue ella la que os convence. La conoce y os la vende como tranquila y divertida, con buena música y unas go-gos de ensueño que se desnudan bailando.
¿De qué puede conocerla? No preguntas. Es de imaginar que con algún colega amigo o una salida con Mónica a la caza de diversión.
Buscáis una mesa, son pequeñas y redondas rodeadas por un pequeño sofá y unos taburetes bajos tapizados con terciopelo granate. Un lugar típico si no fuera por el par de chicas que bailan en sendas y altas tarimas ya medio desnudas. La música es buena y bien pinchada.
Hay gente pero sin exagerar, el ambiente es bueno y animado. Un grupo de jóvenes miran embelesados la actuación de las dos chicas.
Amara susurra al oído de Mónica y las dos se ríen. Las go-gos han terminado su actuación y ves como tu compañera se levanta, da la vuelta a la barra, entra y habla con el barman...
Nunca habíais presenciado un baile tan erótico y sensual, o quizá sí, pero en la intimidad de vuestra casa. Aquí todo cambia: el ambiente, la gente, el momento... el erótico baile de una bella mujer que, con naturalidad, ofrece un espectacular y sensual espectáculo.
Pili me llama, no sé lo que querrá. Cada día la fiesta se complica más. Seremos muchos y el acierto ha sido involucrar a gente joven, sana y con ganas de diversión. Diecinueve veinteañeros en toda la efervescencia de madurez y alegría.
Quizá salga mal, quizá haya depositado demasiadas esperanzas, quizá... Vete a saber cuántos quizás quedan por nombrar. La verdad es que aun saliendo mal, aunque llueva y haga un vendaval, seguirá siendo la fiesta más grande y divertida que se haya visto jamás.
Baila con sensualidad sobre la tarima más alta, bromeando y riéndose con los que la rodean; y con exquisito cuidado se desprende de lo que nadie espera: el sujetador... Y sus ajustados tejanos bajan unos centímetros por sus caderas sin que nadie entienda como puede haberse soltado el primer botón. Y con fingida despreocupación deja que la blusa mexicana se deslice por sus hombros dejando al descubierto su precioso escote, la redondez de su duro y magnífico pecho...
Es ella, la misma de vuestras tórridas fiestas. No imita a nadie ni pretende ser lo que no es.
El pasado viernes visitamos a José, mi terapeuta. Estaba tan dopada y dependiente de la morfina que los médicos no sabían como tratarla. Y nos puso en contacto con un centro de tratamiento del dolor y de la drogodependencia. Y hoy, sorprendido una vez más, veo como ha tomado la iniciativa y va desprendiéndose de la droga sin necesidad de ayuda ni tratamiento.
Es jueves, ya hace seis días de la intervención y el dolor vuelve a resurgir, aunque algo atenuado. Es posible que sea una crisis pasajera, el producto de la intervención... Le doy de plazo hasta el lunes, más allá la internaré en el centro.
Y al revisar unas fotos, recuerdas la belleza y la deshumanización.
La belleza de las explosiones nocturnas, las bolas de fuego atravesando el oscuro cielo, los estallidos de luz anaranjada y blanca, los restos de proyectil elevándose como una cascada de estrellas. Fuego de incandescente metralla y dinamita, el ruido de las explosiones en la lejanía... tres, cuatro simultáneas, docenas de ellas por minuto. La tierra llena de iluminado humo, la belleza de la destrucción...
Y la deshumanización al ver a niños israelíes, cachorros de hiena carroñera, que, felices, firman los proyectiles que serán lanzados sobre otros niños en Gaza. Y al recordar los pedazos de niño paquistaní, quemados, humeantes; carne roja pero cauterizada y sin sangre. Pedazos de madera desgajada y clavada en los cuerpos, y cascotes donde antes había sido un aula; lamentos sin lágrimas de tanto espanto. Y piel desgarrada y colgando del cuerpo, y una niña con huesos a la vista y los ojos muy abiertos... Y explosiones cercanas, alejándose quizá por la repentina y parcial sordera sufrida bajo los cascotes y el pupitre del aula adyacente.
Y al ver en las noticias que los judíos israelíes dan por buena esta película, confirmas que se han convertido, qué duda cabe, en las nuevas hienas de este mundo; el despropósito de un simulacro de cultura, sostenido por una deidad cruel y sanguinaria, caduca, atrasada y antediluviana.
Los tiempos que recuerdo con más alegría y satisfacción son a partir de haber conocido a Amara. Antes debí luchar contra mí mismo y en lo que me había convertido.
El viaje a Perú fue para combatir la deshumanización y la pérdida de identidad, un viaje que suelo contemplar de redención. Otro camino de Santiago muy parecido al de Cachemira.
Un grupo de embelesados hombres sigue el baile desde la barra, con una sonrisa dibujada en sus rostros. No son excesivamente jóvenes y tienen muy buen porte, visten descuidada y deportivamente y parecen muy fuertes. Deberías haberte dado cuenta. Baila para todos, pero especialmente para uno de aquellos a los que aparenta ignorar.
La vaporosa y medio abierta blusa, una preciosa sonrisa, su cabello alborotado, más por intención que por el baile... Y ves como baja de la tarima ayudada por mil manos, más interesadas en su cuerpo que solícitas. Y se ríe, habla, se desprende con infinita gracia de los tipos que la rodean. Se acerca a la barra y es invitada por el barman. Uno de los tipos le dirige unas palabras y ella se ríe divertida, se acerca y toma asiento en el taburete que le ofrece...
Y sonríes porque la sientes feliz, porque la amas... Y vuelves la cabeza para decir a tu amiga-hermana-amante...
- ¿No vas con ella?-
Vuestra intención es esperar un rato. Las veis seguras, en plena cacería. Os gustaría estar cerca, escuchar sus palabras, oler el aroma de hembra sedienta de aventura... Buscáis un gesto, una mirada de complicidad que marque la puerta de salida, que os dé la seguridad de que se sienten a gusto y tranquilas.
Veis a Mónica reírse con ganas, acercar sus ojos al cuello de uno de los tipos y acariciárselo con los dedos, también levantar su camisa y enseñar su herida de guerra, la de la bala policial que rasgó su costado. Veis levantarse a Amara, coger una tarjeta de uno de los hombres y besarlo en la boca, mientras con su otra mano lo atrae por la nuca. Imaginas el estremecimiento, como se le debe erizar la piel al contacto de aquella hembra tan suave y tierna, invitadora, prometedora de otras mil caricias difíciles de imaginar.
Se despiden. Quizá otro día... Esta noche serán nuestras, tal como nos gustan, sabiendo con cual te acuestas pero no con la que vas a despertarte.
- ¿Qué tal, cómo os ha ido?-
- Bien. Son muy majos, están de paso y son parte del grupo que ha vuelto del Aconcagua. Los hemos invitado a una de nuestras fiestas-
Y recuerdas haber leído la noticia. Son de una ciudad vecina a Barcelona. Y en tu interior te ríes... vete a saber qué les habrán contado sobre el cariz de vuestras fiestas.
Y no paro de pensar en Pili y sus palabras... -Hemos vivido mucho, Pau-
Admiro a los que sacrificaron tanto y con tanta alegría, siempre seguros de sí mismos. Yo no pude, precisé hundirme en lo más profundo, desnudarme, abandonar mi casa, mi fortuna y el negocio que tanto me costó levantar, para renacer y, una vez más, sentirme hombre.
Admiro a Anna, a Tomás, a Mónica, a Quim... que nunca abandonaron sus principios sin tantas dudas.
El que siente inquietud y busca un por qué a sus acciones, una explicación, nunca se conforma, posee algo que muchos admiran: el sentido de la duda. Lo que pocos saben es el precio que debe pagar por ello.
El que duda vacila y, por mucho que indague, nunca sabrá donde empieza y termina el bien.
El Pirineo se ha convertido en un gigantesco embalse, el más grande, y aún faltan las lluvias y nevadas de finales de Marzo hasta mediados de Abril; muchas veces las más copiosas.
Hace años que no sufrimos riadas y lluvias torrenciales en Primavera, en caso de haberlas el agua del deshielo se uniría a ellas y las consecuencias son fáciles de imaginar.
Espero que los responsables de los pantanos aprovechen las semanas de buen tiempo para desaguar.
Imagino la preocupación de los que construyeron las desaladoras. Hay agua para un año sin contar la que puede caer mientras tanto. Es de suponer que pronto conseguirán un aumento de la tarifa, sin pensar que los barceloneses somos los que pagamos el agua más cara de Europa.
Tanto dinero desperdiciado en empresas que apenas producen riqueza desespera.
Nadie recoge las miles de toneladas de papel que se abandonan en los contenedores de Pueblo Nuevo, la famosa Arroba 21, el que debería ser el barrio más tecnológico de España. Unos mendigos pasan cada día para recoger los pocos cartones que caben en sus carros, mientras veo como algunas industrias tiran cajas enteras de residuos industriales. De vez en cuando veo algún subsahariano revisar los contenedores en busca de algún trasto reutilizable. Els Encants Vells están cerca, a un paso.
Y la policía los persigue y requisa toda su mercancía para destruirla, esa que han conseguido durante todo un día de andar entre las basuras de la Barcelona exquisita.
Nadie puede imaginar lo que se puede encontrar en un contenedor barcelonés. Yo he comprado por pocos euros: una plancha eléctrica de los tiempos de mi abuela, dos aparatos de medir la presión en maletines de cuero de principios del XX en buen estado, una vieja maqueta de barco a medio construir, una tenaza para romper cráneos de nonatos, un fórceps, una lanzadera textil casi única, conos de madera para hilatura, una máquina de coser a manivela de los tiempos de mi bisabuela, una caña de pescar de láminas de bambú, una impecable red para la pesca a rueda hecha a mano, un cántaro para agua de los que se llevaban con el asno, cuatro tapices franceses del siglo IXX hechos a mano, una Owerlook fabricada hace 140 años, de las primeras que existieron -el museo de la industria textil tiene otra no tan bien conservada-
Me gustaría saber cuántos trastos de museo ha destruido nuestra policía en aras de la convivencia ciudadana.
Sigo un debate por TV3. Hablan, obviamente, en catalán excepto un invitado que lo hace en castellano; es de suponer que foráneo puesto que, ninguno de los presentes se muestra ofendido sino lo contrario.
A veces y dependiendo de la educación recibida, a algunos de nosotros nos es más cómodo expresar según que ideas o seguir una conversación en castellano. Yo mismo, que últimamente escribo a menudo, he circunscrito mis lecturas a este idioma para agilizar mi mente y aumentar la riqueza de mi vocabulario.
Cierro el programa, ha dejado de interesarme por la poca preparación y el bajo nivel de sus integrantes. Hablan sobre el marxismo y el liberalismo, y están representadas las dos facciones en su estado más puro y extremo. En uno de los momentos, el ultraliberal, con voz de cura sermoneador, suavemente y sin levantar la voz, pregunta a otro tertuliano si añora algo. Una impertinencia, una pregunta agresiva y fuera de lugar.
Los tertulianos son políticos excepto el ultraliberal, que parece sacado del profesorado de la facultad de economía, que no por eso necesariamente debe ser educado.
Nadie puede preguntar a un viejo luchador, y aquel hombre, por su edad y talante podía serlo, si añora algo. El ultraliberal podría ser que sí, porque durante el franquismo, aunque todo parecía estar regulado y controlado por el Estado, no fue así.
Un hombre podía hacerse multimillonario con trabajadores ilegales, declarando a Hacienda un patrimonio diez veces inferior al real y produciendo la mayor parte de su riqueza con dinero negro. El IVA no existía y el patrimonio inmobiliario se tasaba a razón de lo que se quería; y de las mercancías importadas se declaraba la mitad. Cualquier empresa importante estaba dividida en dos, una de ellas con testaferro, generalmente el contable a sueldo; y eso todo el mundo lo sabía, desde el más pringado hasta el ministro de economía. Casi todos los impuestos eran indirectos y cualquier producto que se saliera de lo normal estaba gravado con el impuesto de lujo, fuera un televisor de 14 pulgadas o de 24. Tan solo los vicios más simples podían tener una rebaja, de ahí que los Celtas cortos fueran el tabaco del pueblo raso.
La situación del país es mala, no obstante podría ser peor, estar en el Este de la Unión, tener como sistema una democracia aún más ficticia o, peor aún, depender de un integrismo religioso como Polonia.
Nuestra economía es mala y solo dependemos de nosotros mismos para salir de esta situación, nadie puede venir en nuestra ayuda y el individuo que nos gobierna no tiene idea de lo que ocurre o miente como un bellaco; y para empeorar la situación no ha parado de ir chuleando por todo el mundo sobre nuestra solidez, crecimiento y aumento de un PIB tan engañoso como él.
Hoy escuchaba que los catalanes no tenemos líder, que ninguno de los políticos que soportamos tiene carisma suficiente.
Suficiente para qué, me pregunto. Quizá no necesitemos dirigentes carismáticos, líderes mediáticos, picos de oro insustanciales que solo sepan engañar, guiar o elucubrar con bellas frases.
Leo que Obama dice que le juzgarán por sus actos y no por sus bellas palabras. Obama es serio, sabe lo que dice, lo que quiere y de lo que habla. Los árabes dan mucha importancia a las palabras, la misma que a los hechos. Nosotros, los españoles, hace tiempo que dejamos de ser latinos; la herencia árabe nos afecta mucho más de lo que algunos querrían. Nos dejamos engatusar por la charlatanería y las formas olvidando que son las acciones quienes determinan el futuro.
Una ciudadanía sólida y consciente de su madurez política demanda más administración, trabajo y rigor, que palabrería, nacionalismo trasnochado y floritura discursiva.
Me gustan Montilla y Carme Chacón, y no precisamente por socialistas.
Nos mirabas con aquellos ojos oscuros y hambrientos, de manera que cada uno de nosotros se sintiera el más deseado.
Te llamábamos con una sonrisa, un perceptible gesto de proximidad y camaradería. Seguíamos un juego no escrito de seducción. Los invitados, desconocedores de nuestra relación, atraídos por tu sonrisa y mirada, murmuraban sin poder disimular su excitación...
- ¿La conocéis?-
- De alguna fiesta-
Y entablábamos una conversación inteligente, educada, refinada en extremo y con delicada ironía; un punto picante para mantener aquella mágica excitación.
Tu cabello cuidadosamente desordenado, en parte por aquella manera de gesticular tan divertida; tu mirada risueña, sabia y acariciadora; y tu boca expresiva, redonda, carnosa, que emitía palabras con cadencia embriagadora...
Y uno de nosotros pronunciaba aquella frase tan estudiada como invitadora...
- ¿Te apetece algo?- Con un gesto hacia los vasos y las botellas.
Y tú, sin apenas dar respiro...
- ¿Aparte de los presentes?-
Tu nariz aleteaba mientras tus gestos, graciosos y en apariencia descuidados, hacían que el tirante se deslizara, o uno de tus redondos y turgentes pechos estuviera a punto de salir de su encierro, o el lazo que cerraba el escotado corpiño diera la sensación que de un momento a otro fuera a soltarse.
Y con estudiado desinterés, terminábamos de brindarte la comedia...
- ¿Todos?-
Y sentíamos tu risa, el gracioso requiebro de tu cara, al mirar divertida y sin disimulo a los dos, tres... invitados que sabíamos tanto te gustaban...
- ¡OH! Pues claro, pero a vosotros ya os tengo muy vistos.-
Y después de las presentaciones y antes de despedirnos aún teníamos el cuidado de demostrar la cercanía de la hembra que llevabas dentro al acariciar tu mejilla y, con cariño y extrema suavidad, tu liso vientre, y besarte tu preciosa garganta, nuca, hombro... tu piel.
Y es Domingo y comemos con José, Mónica y un viejo amigo que hizo de enlace con el exterior durante nuestra lucha.
Tiempo después, cuando todo había terminado, descubrimos la gigantesca y arriesgada labor que desarrolló. Sin hombres como él nuestro trabajo hubiese sido vano, sobre todo al final, cuando la lucha cambió y nuestros mentores, para bien o para mal, descubrieron lo poderosos y autosuficientes que habíamos llegado a ser. Gracias a ello, y aun sabiéndonos obedientes y disciplinados, debieron contar con nuestro criterio.
Y hablamos de mil temas: música, literatura, cine... Y me doy cuenta que José empieza a sentirse desplazado, ya no consigue, como solía, que prevalezca su criterio. Mónica calla, pero también, en su timidez, se revuelve hasta el punto de provocar una curiosa confrontación...
Hablamos de Turquía y el islamismo, de su impredecible entrada en la Unión.
Turquía entrará el día que Europa se sienta más fuerte y sólida, y no tema la inclusión de un país tan grande como potente. Si Turquía no entra es por motivos más económicos que políticos.
José no está de acuerdo, es un hombre visceral y su inteligencia la pierde en sus bajos. No sabe platicar y yo hace mucho tiempo que perdí la paciencia.
Mónica estalla con suaves palabras, tan desconcertantes como intempestivas.
Y sonrío... cruzo la mirada con nuestro viejo amigo. José calla, pega un respingo, se le ve satisfecho...
¿Qué sabe de nosotros? Una vez más veo que nada. Hasta Amara ha percibido la secreta complicidad que hay entre los tres viejos amigos de lucha. José, mi amigo-hermano, sigue sin conocer por entero nuestra historia. Mónica, con solo una frase y un cruce de miradas nos lo ha mostrado.
A veces pienso que mi amigo-hermano ni siquiera sabe hasta donde llega nuestra relación. Y me pregunto si aún cree que solo es sexo. Y no, no es posible, no es lógico que así fuera. Me conoce lo suficiente, sabe que es imposible; como también que, para mi amiga-hermana-amante, este tipo de sexo es fugaz, un excitante y placentero divertimento basado en el deseo momentáneo, para el que utiliza al macho como herramienta. José es consciente de nuestro amor, que traspasa la frontera, tanto del deseo como de nuestra propia seguridad.
Y me enternece ver a mi amigo despedirse de Amara, su amiga-amante, con caricias y besos, y a ella soportar feliz su tosquedad.
El amor puede con todo.
Y te escribo, Albert, conocedor de casi toda mi historia, como respuesta a tu misiva, en la que te ríes de mí por ser el tipo de individuo que se caracteriza por estar en todos los líos.
Recuerdo, inseparable compañero de montaña, nieve y aventuras; los paisajes pirenaicos, quizá los más bellos que, tanto uno como otro, viajeros del mundo, hayamos visto jamás.
Y junto a Bosio en Tossa de Alp, la visión o ilusión óptica que tuvimos la suerte de disfrutar un veinticuatro de Junio, hace más de treinta y cinco años.
Las montañas, recién nevadas y en un maravilloso amanecer, se enfrentaban a la luz solar con multitud de distintos planos, reflejando un sorprendente arco iris. Cada cumbre vestía de un color distinto, cada ladera otro, desde el naranja hasta el verde, malva, amarillo, azul, rojo... y a los pies, el gigantesco farallón de mil metros, el precipicio vertical en cuyo final podían apreciarse los bosques, pueblos, caminos y casas como una estampa miniaturizada con cientos de matices; fresca, natural y, a la vez, próxima, humana.
Y me cuentas que hoy se puede llegar en coche y las pistas de esquí han invadido aquellos colores.
Ahora, que todo el mundo debería poder disfrutar el paisaje y la belleza de aquellas cumbres, todo ha desaparecido. Tal vez fue eso lo que decidió a Bosio, el hombre que más amaba la belleza y la justicia, decidir su final; el saber que nada podría volver, ni aunque el hombre decidiera corregir su locura.
Y recuerdo aquel frío inmenso que me hizo salir del refugio, temblando, castañeando mi dentadura... Y, como, al ver el increíble espectáculo, os obligué a levantar. Aquella visión era irrepetible, su grandeza, su majestad... No os la podíais perder.
Y me pregunto, Albert, por la belleza de las innumerables montañas y paisajes que hemos disfrutado en nuestros viajes. Y una vez más tenemos que reconocer que nada puede igualar al Pirineo, su riqueza y humanidad, desde el mismo Cap de Creus, donde para nosotros nace, hasta el Bidasoa.
Y paseábamos, reíamos, jugábamos y nos contábamos mil historias; charlábamos de la actualidad, de nuestras inquietudes, mientras veíamos como bailabas con tus nuevos amigos. Los seducías con caricias en sus nucas, el suave contacto de tus labios en sus cuellos, el roce de tu nariz en sus pechos, el de tus dedos en sus vientres, costados. Y sonreíamos al saberte tan feliz y deseada.
Y sentía en mi corazón, el tuyo, rebosante de la emoción, la sensibilidad y la felicidad que tanto habías esperado, soñado y buscado durante tanto tiempo antes de conocerme.
Y hoy, en tu desespero por el dolor y la enfermedad, aún tienes el valor y la fuerza para continuar. Y reconoces lo feliz que has sido y eres.
La libertad nadie la regala, debe ser tomada, y si se sabe utilizar se convierte en felicidad.
Se trata de dialogar, dejar una puerta abierta a la plática civilizada y coherente...
Coherente... he ahí la idea, el meollo.
Seamos coherentes.
La diferencia entre derecha, izquierda, progresismo y conservadurismo es tan grande como se quiera ver. La mayoría de los individuos, tanto de izquierdas como de derechas, son, a su manera, progresistas o conservadores. De hecho, un hombre de derechas puede ser tan inmovilista como uno de izquierdas.
Podemos decir que un derechista y un izquierdista solo se diferencian en la manera de redistribuir la riqueza obtenida globalmente, el porcentaje que toca al capital y al trabajo, así como el que se considera para cada sujeto del último.
La izquierda, por su idiosincrasia, también tiende al intervencionismo de los servicios públicos y los bienes de consumo, primordiales para el mantenimiento de la población; mientras la derecha prefiere el liberalismo y que sea el mercado quien se autorregule.
¿Qué sistema es mejor?
Desde mi punto de vista, si los dos se siguieran al pie de la letra, daría lo mismo uno que otro. El problema viene cuando el trabajo pretende al capital, y éste un liberalismo a la carta, con menú de obligado cumplimiento.
La relación entre las distintas sensibilidades deben basarse en el diálogo, la plática civilizada siempre que parta del respeto y de los valores humanos.
Ahora bien. ¿Es posible dialogar con un genocida, un ladrón que asesina para apropiarse de lo ajeno?
Para mí no. Me repugna, siento un infinito asco, así como con los que lo defienden, apoyan o comparten su ideario. Y eso nada tiene que ver con izquierda, derecha, liberalismo o estatalismo. Y es entonces cuando el dialogante se convierte en inflexible e intransigente.
"Lee, sobre todo, tu propio inconsciente, ese libro con una tirada de un solo ejemplar cuyo texto virtual llevas por todas partes contigo, y en el que está escrito el guión de tu vida, o al menos su rough draft" (Jacques-Alain Miller).
Cambiamos con el paso del tiempo, para mejor según una minoría en la que me incluyo. Y pienso que no debemos aferrarnos a un pretérito que nos atrapa, a unos lazos que coartan nuestra capacidad de avanzar. El hombre debe ser capaz de perder el miedo a su propio destino y despegarse de la ensoñación que representa su pasado sin perder su identidad.
La libertad es poder crecer poliédricamente, ser consciente de ello y ejercerlo.
Es miércoles y escapo, nunca mejor dicho, de mi taller de diseño. Paseo por el Passeig de Gràcia. Quiero mirar escaparates, entrar en tiendas, empaparme de moda e ideas; aunque las mejores siempre las he obtenido de la calle, de las amigas, la universidad, el sentimiento más humano del mundo: la necesidad de agradar al sexo opuesto.
Es el momento de crecer y estoy montando mi nueva colección. Quiero abrirme a nuevos mercados y estilos. No encuentro competencia, la he de crear, igual que la crítica.
Me gusta discutir con los que me critican, que no les gusta lo que hago, que me acusan de inmovilista y cómodo. Busco, ya que la competencia muere con la crisis, la confrontación para aprender.
Paseo hasta que, harto de tiendas, decido hacerlo por la Rambla de Catalunya, mi antigua calle.
Estás sentado frente la casa donde viviste tantos años con tus abuelos, un principal modernista, casi un palacio, sentado en el mismo banco en el que compartiste tus recuerdos con Joan, Konsta, José y Mónica días después de la muerte de tu abuelo, tu auténtico padre, al que siempre consideraste como tal. A su muerte abandonaste la comuna y las aventuras para vivir con tu abuela, no porque se lo debieras sino porque la querías; era tu madre, la real, la que te educó, cuidó y ayudó en los momentos más difíciles de tu adolescencia.
Un piso de quinientos metros cuadrados para vosotros dos con una altura de más de cuatro metros.
Hoy, a través de los ventanales, ves el techo pintado de claro. Han borrado los frescos y arrancado los artesonados.
Recuerdas la casa al milímetro. Por ella podrías transitar con los ojos cerrados y recordar cada mueble y rincón, sus ruidos y silencios, el crujir de la madera, el gran patio, más grande aún que la vivienda. Ves el precioso ascensor de madera y cristal, modernista como el resto del edificio, que a veces cogías para sentir sus quejidos, el repicar de los cristales con cada sacudida.
Tu primo Carlos, por algo que no recuerdas, lo visitó hace poco y te contó que tuvo que cerrar los ojos del sobresalto.
- No lo reconocerías, Pau. Un grupo de despachos sin personalidad. No queda ninguno de los frescos que tío Pablo hizo restaurar.
Miras a tu alrededor. Todo ha cambiado. Ya lo hizo hace mil años cuando eras mucho más joven.
Recuerdas la grandiosa ferretería de los bajos, "Dos Leones" se llamaba, y a su dueño subir desesperado porque, según él, al jugar a fútbol movíais las losetas provocando goteras; ahora hay una franquicia de "Visión Lab". También a vuestros vecinos, tanto los de un lado como del otro; el joven Gaspart que saltaba la verja para jugar a fútbol con vosotros. Recuerdas el teatro Calderón, hoy convertido en hotel; y el Bolero, un club nocturno donde siendo pequeño conociste a Concha Velasco, toda una hembra según las habladurías que oías de refilón. Y recuerdas a Felipa, la portera, y a su compañero Pepito, el taxista, amigo íntimo de tu abuelo, y sus periquitos, sus tartas y su taxi. Tu abuelo lo contrataba días enteros para ir a pescar contigo en la Costa Brava. Todavía recuerdas su coche, un SEAT 1400, el último grito.
Hoy recuerdas tanto que no te moverías de este banco.
Y casi sin querer recuerdas el entierro de tu abuelo, tu desolación y amargura al comprobar como tu familia olvidaba tan pronto sus deseos. Y a tu tía, su sobrina y madre de Carlos, la única que se acercó a consolar tu rabia. Y a Konsta, que durante las exequias en ningún momento te dejó solo, acariciando tu mano, cogida del brazo y besándote en la boca. Y a tu familia, aparentando lo imposible y mirando a otro lado.
Miras Rambla arriba, a tu izquierda, y ves los tilos con lucecitas azules rodeando sus troncos. Se parece mucho a lo que tu tío, hermano de tu abuela, ideó en su día para adornarlos. Era más bello entonces, como todo, pero no en sentido melancólico sino de diseño, real, auténtico...
No, no te moverías de este banco.
Recuerdas mucho más, pero debes dejarlo. Has de encontrar una salida a todo eso.
Asombra hasta dónde ha podido llegar nuestra estupidez, para que sea más fiable el pasado que el presente.
Empieza a ser una costumbre ver caras nuevas en el Metro. Parece como si la gente cambiara de horarios periódicamente, además, los vagones ya no se llenan como antes. Hace tiempo que lo noto y no sé a qué achacarlo. Tiendo a buscar explicación para todo, más por curiosidad que otra cosa.
La vida social y lo que comporta se rigen por unas leyes con minúsculos márgenes de variabilidad, compleja como una partida de ajedrez; y al conocerlas y ponerse frente al tablero, pueden ser desgranadas, analizadas y recompuestas de tal manera, que para un hombre avieso puede llegar a ser hasta divertido.
Hace unas noches vi "Soñadores" una preciosa e instructiva película dirigida por Bertolucci con guión de Gilbert Adair; basado en su novela "The holy innocents".
La relación sentimental y convivencial de tres jóvenes en el Mayo del 68. La aventura de la vida, el ensayo de una nueva manera de verla, sentirla y desarrollarla.
Dicen que el espíritu del 68 murió al poco de nacer, de la mano de Dani el rojo y los que se lo apropiaron, y no es cierto. El resultado de las revoluciones se descubre con el tiempo. Después de su estallido siempre viene un periodo de calma y reajuste, el rebufo de la ola casi tan agresivo como ella, para, poco a poco, desarrollarse imparable. Pasará tiempo, mucho o poco, aunque pienso que menos de lo que se espera; sus resultados ya empiezan a ser visibles para, incluso, los que no quieren verlos.
Hace poco vi otra con parecida sensibilidad. Tres jóvenes, esta vez portugueses medio exiliados en Francia, vuelven para celebrar la revoluçao de los claveles. Preciosa, magnífica, incluida la travesía por tierras franquistas donde se puede apreciar el talante fascistoide del castellano medio. Y no valen quejas ni lágrimas de cocodrilo. La verdad estaba allí y era palpable para cualquiera que se diera una vuelta por la vieja Castilla.
Y dicen que Franco era tonto e inculto y me río. Estoy seguro que de tonto no tenía un pelo, quizá le faltara cultura, pero... ¿es necesario leer libros para saber de la vida y de los hombres?
Los norteamericanos, con Kissinger a la cabeza, presionaron al gobierno español para que entrase a poner las cosas en su sitio, igual que algunos ministros y adictos al régimen, entre ellos seguro que el malnacido gallego, que le aterraba que la chusma portuguesa contaminara a su querida Galicia con ideas marxistas.
Franco hizo oídos sordos. Decidió no intervenir, no fuera caso que las divisiones, aparte de salir malparadas -el ejército portugués estaba mucho más preparado- se volvieran al estilo griego y entraran en Madrid para poner otras cosas en su sitio con un resultado nada incierto.
Es viernes y he pensado en coger la tarde libre, pasear desde Pueblo Nuevo hasta la Sagrada Familia, andar, mirar escaparates que nada tengan que ver con la moda, mirar a la gente, a los turistas... Frente la Basílica, en un puesto de belenes he creído encontrar las figuritas que habla mi amiga. La he llamado y como es habitual no ha respondido. Deseaba mandarle una foto para estar seguro... No ha sido posible. Me sabe mal por los chavales.
Es una lástima, piensas; pero no caerá ni una lágrima de tus ojos. El mundo es grande y no necesitas complicarte la vida.
Esa misma mañana, desesperado con los diseños, el patronaje y los talleres, he comentado a S, mi socio, cómo cambiarían las cosas si tuviera... y, pensando en mi edad, treinta años menos. Y en aquel momento, instante, milisegundo he sabido que ya había traspasado mi frontera.
Y esta tarde, paseando desde la Sagrada Familia hasta la plaza de Catalunya, -el "de" es una catalanada necesaria en este caso- me sonrío a mí mismo. Ya no necesito recuperar treinta años ni estudiar diseños foráneos.
Al llegar a la Plaza y en medio de la acera, encuentro unos músicos callejeros rodeados de público, que ofrecen un sorprendente y bello recital. Les he comprado dos CDs después de charlar un rato con ellos.
Eres feliz, no necesitas más de lo que tienes, sin embargo, no desprecias la posibilidad de conseguirlo, más por prurito o desafío que por poder.
Tu padre te enseñó que: tanto tienes, tanto vales. Tu abuelo, sin estudios, cultura ni posibilidad de tenerla, todo lo contrario. Curioso que tus padres terminaran viviendo a costa de tus abuelos primero y de los hijos después.
La vida es como una constante partida de ajedrez. Y no vence quien mejor juega o el más inteligente sino el que es consciente de ello; el que mueve sus piezas tranquilo, en el momento preciso, sabiendo lo mucho que juega sin importarle perderlo.
Probablemente no te matarán. Sería un error por su parte, no obstante, de vez en cuando pierden los papeles. Eso te dijeron en los comienzos y con la tranquilidad que tanto te intranquilizaba.
Debes soportar más de un día, si aguantas dos mucho mejor; después hablarás con cuidado, siguiendo su juego, como si negociaras tu suerte y futuro. Y darás estas direcciones y estos nombres, alias después de todo; y lo harás con dolor, en el límite. Y probablemente a más de uno se le irá la mano si averiguan quien eres y lo que significas; y si no, quizá también; todo depende de lo que les haya costado. Eso te dijeron mucho más adelante, cuando te convertiste en uno de los eslabones más eficaces del sistema.
De suicidarte sólo conseguirías una victoria pírrica, ya que para ellos sería la demostración de su fracaso, para nosotros la duda de lo que te hubieran extraído y para ti el final absoluto. Eso te dijeron poco antes que todo terminara y cuando los sentiste demasiado cerca, y los pocos que te conocían te miraban con temor y respeto.
No eras nadie, igual que ahora. Tan solo un hombre fríamente, glacialmente cabreado.
Me despierta como siempre, con un café recién hecho y caricias por todo mi cuerpo con su mejilla, nariz, boca... y me siento estúpido y fatal por tener que ir al trabajo.
- Me encanta el tacto que tenéis los hombres al despertaros-
Y sonrío... ¿Estará perdiendo facultades o soy yo quien, involuntariamente, percibe la incongruencia?
Amara sigue igual, es innato en ella.
Hace poco, en una cena con los amigos, la descubrí hablando de sexo con sus compañeras de mesa. La conversación era normal, ni siquiera picante sino académica. ¿Qué dijo? No recuerdo, pero sí la enorme promiscuidad que dejaba entrever su disertación; con naturalidad, como si fuese la cosa más lógica del mundo.
No. Amara no ha cambiado, ni su facilidad en confundir lo normal con lo natural;
tampoco yo, pero sí nuestro entorno.
Varios compañeros escuchaban con atención. ¿Tendré problemas? Ya no. Nuestros amigos son perfectamente conocedores de nuestra manera de vivir y ser, pero lo disimulan a la perfección. Quizá al principio de nuestra relación creyeron ver un punto de sumisa cornamenta. De ser así duró poco, apenas un mes.
Nadie se escandalizó, solo yo en parte, más por la manera de compartir un tipo de intimidad que por las ideas emitidas.
Demasiada naturalidad al hablar y demasiado cuidado en maquillar lo que refleja la conversación. Mejor la claridad, así nadie piensa que hay algo que esconder.
La última vez fue el miércoles en un taxi. ¿La conversación? El Barça y el Madrid, los jugadores, sus sueldos y compromisos.
El taxista es simpático y socio del club. Hablan distendidamente... yo en silencio, ya que el fútbol me la repampinfla. Y la cosa degenera en las costumbres sexuales de los jugadores, sus morbosidades. Al taxista se le nota tenso y algo sorprendido, yo doy un pequeño respingo. No sabía que se hubiera ligado alguno, aunque tampoco me extraña. Hubo un tiempo que profesionalmente por sus manos pasaron casi todos. Amara es toda una caja de sorpresas.
Y sigue hablando... el taxista, que cada vez está más nervioso, detrás tiene lo que parece ser el marido, que en un momento dado dice...
- Amara ¡Que estoy aquí!-
¿Alguien piensa que se amilana? No. Está demasiado lanzada. Quiere terminar de contar algo interesante y no está para estúpidas censuras, y menos por parte de un compañero que se hace el escandalizado por aquello del "qué dirán".
Después, ya en casa, no le digo nada. Para qué, me pregunto, si es así como me gusta: directa, visceral y extrovertida; libre hasta la médula, la mujer absoluta. Después de todo soy el menos indicado, eso sin contar que conozco su segura respuesta... ¿Tanto te preocupa?
Todos somos parecidos, casi iguales, y tenemos las mismas necesidades y temores. Todos somos hombres y nos enfrentamos a la vida con más o menos fortuna, pero siempre con parecidas inquietudes.
Un hombre puede ser negro, blanco o amarillo, da lo mismo; pobre o rico... también, y tener la misma actitud frente la vida, a menudo distinta que el vecino de la misma raza y parecida fortuna.
Hace poco tuve que entrar en la casa de la vecina. El patio de luces olía a gas. Uno de sus hijos, ante la inseguridad, por ser anciana, que olvidara cerrar la espita de la cocina, le instaló una encimera eléctrica. El tipo se cuida de montar cocinas y cuartos de baño, por tanto...
Después de dar más vueltas que un ventilador sentí el sonido del escape. Una tubería cegada con un tapón de plástico defectuoso. Asombrado ante tal disparate llamé al hijo...
- He cerrado el gas a tu madre, no tiene calefacción ni agua caliente; el tapón de plástico que pusiste está agujereado-
- En cuanto tenga un momento me acerco-
Y conociendo el percal le digo...
- Ah, bien... pues que sea antes de las ocho de la mañana, porque sino llamo a la compañía y a los bomberos-
Ni loco dejo a la vecina sola con ganas de ducharse y la espita del gas a mano.
Al rato ya lo tenía arreglándolo, eso sí, ofendido.
El de la tercera puerta enfermó. El de la cuarta ya nos había avisado...
- No podéis imaginar el pestazo que entra por el patio-
Amara, la doctora de la escalera, fue a visitarlo. Al salir oí como decía con aquella simpatía y sensualidad que desarman a cualquiera...
- Y Manolo, recuerde que si mañana eso sigue así llamaré a los mossos y a sanidad-
Y le pregunto el por qué a toda esa gente, mientras se saca los zapatos para limpiárselos.
- El suelo de la casa es una alfombra de mierda del pitbull y comida y excrementos de los pájaros. Y de la cocina ni te cuento-
Me he vuelto fino, pienso; y es que no podría soportar ni la visión, en cambio recuerdo haber dormido hace mil años en un establo lleno de mulos y asnos sin importarme demasiado la composición de su suelo.
Hace tiempo vivimos durante unos meses en un piso de mis suegros. Once plantas a cuatro viviendas de apenas sesenta metros cuadrados. La portería es un pasillo corto y estrecho.
Amara me pidió que asistiera a una reunión de vecinos. Y recuerdo estar agolpado en aquel pasillo, y cada vez que entraba una vecina, -los vecinos estaban escondidos para no asistir- debíamos apilarnos como podíamos. Éramos diez u once y no cabía nadie más, la gente gritaba... Yo no sabía que hacer, si largarme o pasar de todo. Alguien dijo que no había quórum quejándose de la poca participación. Me vi en la necesidad de comentar que si bajaba alguien más tendríamos que ir al bar.
Risas...
Y alguien respondió...
- Hoy hay poco que hablar. En la próxima reunión deberemos decidir sobre los ascensores y eso cuesta pasta. Ya verás los que llegamos a entrar-
El idioma vehicular era el castellano, y alguien, con inocente cachondeo, comentó que ya iba siendo hora de ponerse al día con lo de la inmersión y que debería utilizarse el catalán y un sistema de traducción simultánea para los recelosos.
Más risas...
Y recuerdo haber pensado en el lío que podía representar el que mi vecino de puerta fuera presidente, puesto que es gallego, o el del quinto, marroquí.
Días antes habíamos sido invitados a cenar en casa de unos amigos de Amara. Pedralbes, la zona más pudiente de la ciudad; una casa con ocho vecinos, un inmenso salón con sofás y butacones de piel en la entrada del edificio, con jardín y bosquecillo incluido detrás...
Nuestro amigo al vernos se incorpora.
- Debo dejaros, mis invitados acaban de llegar-
- Falta poco- dice el que parece que presida la peculiar reunión -pueden quedarse y tomar una copa con nosotros-
El hombre se levanta, pregunta lo que queremos beber y llama por interfono a su sirvienta; y algo parecido a una secretaria con carrera universitaria disfrazada de chacha por un diseñador de alta costura, aparece con una bandeja de plata, dos vasos anchos, una botella de malta y una cubitera de cristal, se supone, tallado.
Y hablan sobre la conveniencia de construir una piscina, ya que el del segundo, que no está, es visitado por innumerables nietos y le hace ilusión. Y nadie discute si debe o no hacerse, sino sobre que sea él el que busque el mejor presupuesto y proyecto.
- Pepe es muy cómodo... está retirado y tiene tiempo-
La reunión es en catalán, pero el presidente, solícito, pregunta por nuestro idioma, no se diera el caso que fuésemos foráneos y no lo entendiéramos.
Hay veces que siento la imperiosa necesidad de escribir, supongo que por tener algo interesante que contar; no obstante son muchas las que, aun con una historia a medio explicar, me falta el interés o el ánimo de terminarla.
Los tiempos cambian con las personas o, quizá, la percepción que tenemos de ellas.
El círculo de mis antiguos amigos se ha ido estrechando sin parar. De aquellos que tantas historias he ido contando, sólo quedan Joan, Vicki, José y Mónica. De vez en cuando, sobre todo en los pocos momentos que Amara parece recuperarse, unos pocos dan muestras de intentar revivir aquella amistad; dura poco, lo justo de pasar de las palabras a los hechos.
Ayer me llamó uno de ellos, ofendido, cómo no, por el desplante de la fiesta.
- No lo creí posible y como no insististe...-
Supuse que se habría enterado de la ausencia de José y Mónica, y eso lo animó. Lo cierto es que estoy seguro que nuestros amigos vendrán, pero prefiero mantener el sinsabor. Tampoco va a ser un problema, los que algo pudieran temer, o no han sido invitados o los he rechazado con la excusa de haber llegado tarde.
Mi hermana, Pili y la quiebra de aquellas falsas amistades me han servido para corregir algo de mi desarraigo familiar.
¿Serán los años?
Lo dudo. Sigo siendo un insaciado de vida, nuevas aventuras, experiencias, descubrimientos... aún estudio y aprendo.
Leo que somos víctimas de un grupo de estúpidos y vulgares estafadores, porque lo cierto es que esas estafas que salen por doquier las vamos a pagar todos, no solo el engañado, y no es así; ocurre que hemos caído en manos de unos economistas psicópatas, que ensayan lo poco que aprendieron en la facultad con nosotros; y lo aceptamos al elegir a unos inútiles que se los creen.
Vi, más forzado que otra cosa, el partido del año. Y me pregunto por la clase de equipo que, como única estrategia para controlar el partido, debe lesionar a un jugador contrario.
No me gusta el fútbol, lo considero un espectáculo bárbaro e infantil y, ayer, además vergonzante.
Vivir en la clandestinidad tiene sus incomodidades, aunque según el carácter del individuo también su parte simpática e instructiva.
El clandestino debe fingir tanto que, como se descuide, puede perder su propia identidad; como también debe ser fuerte para mantener inalterables sus convicciones.
El clandestino tiene varias opciones para sobrevivir y llevar a buen término su cometido: no estar afiliado a ningún movimiento o corriente, o estarlo en el más alejado a su ideología. También puede navegar entre ellas simulando ser un hombre lleno de dudas, pero con personalidad bien definida, de carácter fuerte e independiente y difícil de ser cazado. Ese último, si es listo, puede introducirse en todos los mundos, ya que ninguno es poseedor de su espíritu. Su yin y su yang se entremezclan hasta tal punto que solo él sabe cual de ellos está al otro lado del espejo. Se dejará seducir y arrastrar por los que le interesen, hasta el punto de introducirse en sus más pequeños recovecos sin necesidad de completar su compromiso. Nadie desconfiará de un hombre tan entero sino todo lo contrario, se le confiarán los secretos mejor guardados, de los que nadie habla ni a su propio hermano. Será el sumidero de las inquietudes de unos y los descubrimientos de otros, el consejero mudo que todos necesitamos. Y ese, obviamente, es el mejor clandestino.
Con los años te das cuenta de los pocos amigos que tienes, o te quedan después de hacerlos pasar por el cedazo de las dificultades; que siendo como eres, hombre extrovertido y amigable, simpático y buen hermano para todos, miras a tu alrededor y te sientes solo.
Y al recordar, ves infinidad de hombres y mujeres con los que disfrutaste, departiste y, sin haber olvidado sus caras, gestos y risas, ya no recuerdas sus nombres ni sabes donde encontrarlos. A veces, al pasar por sus antiguos domicilios preguntarías, pero pronto te avergüenzas. ¿Con qué cara te presentas después de lo que hiciste? Y otras, entras y preguntas para descubrir que nadie sabe de quien hablas.
Hace pocos días, buscando por enésima vez un nombre y apellido en Facebook, encontré a un viejo amigo: Albert, al que veo muy de vez en cuando.
Por fin el buscador me servía para algo, pensé, aunque no era un buen ejemplo; Albert es, quizá, el hombre más localizado y extrovertido de este mundo.
Chateamos, comentamos mil historias de mil años atrás; tanto él como yo nos sentíamos a gusto.
- ¿Qué sabes del Bosio?-
- ¡Ah! ¿No te enteraste? Se pegó un tiro-
Nadie puede imaginar mi consternación. Un hombre tan inteligente, sólido, entero...
Pregunté cómo había sucedido. Lo hizo en el trabajo, frente a todo el mundo y en la cabeza. Era un funcionario, no temía al paro ni nada por el estilo; era feliz con su mujer y amigos, se mantenía envidiablemente en forma, pescaba en su barca, era montañista.
Tuve que levantarme de la silla, pasear, comer algo... no podía soportarlo, seguir hablando como si tal cosa. Era uno de los amigos que hasta entonces me había hartado de buscar en la red.
Y recuerdas aquellos tiempos en los que llegabais en tren con vuestras mochilas, pasabais la noche en la pensión cercana a la estación y, de allí, al día siguiente y antes de amanecer, salíais para hacer aquellas largas, difíciles y peligrosas travesías pirenaicas, en pleno invierno, con nieve, frío y ventisca.
Tiempos en los que buscabais la aventura y tú, en particular, la dureza de un entrenamiento que mucho más tarde debía servirte para conocer tu resistencia al frío, al cansancio y al miedo, y para desafiar tu vértigo.
¡Cuántas noches al raso! ¡Cuántas travesías para rescatar montañeros perdidos, helados, muertos!
Bosio te enseñó mucho y podría haber seguido haciéndolo, pero se cansó por algo que nunca conoceréis.
Y hoy Albert me manda una invitación.
Según él debo conocerlo y me conmina a aceptarlo.
Abro la ventana con ilusión. Mi amigo habrá encontrado lo que yo no he sabido buscar.
Pau Riba... E, irritado, cierro el buscador.
Ese es uno de los hombres que más desprecio. Es posible que Albert no lo conozca tanto como yo, como también que mi amigo no sea tan purista como desearía.

Hace mucho, al poco de empezar a escribir, pensé en relatar una gran fantasía; creí que sería más sencillo para mí y mucho más atractivo para el posible lector.
No pudo ser. De mi lápiz sólo salía mi propia historia, primero en forma de pequeñas anécdotas como las que jalonan la vida de cualquier hombre, después como largas y complejas historias que marcaron la vida de muchos otros.
Leer otros blogs me ayudó a recordar, desempolvar historias y vivencias de mucho tiempo atrás; y al pretender opinar me di cuenta que faltaba espacio, aparte de la oportunidad.
Mis temas empezaron a ser más largos y complejos, explicaban, a partir de otros editados en la red, lo que pensaba sobre ellos a partir de historias reales y casi documentadas por noticias de la época.
Las anécdotas, tanto las inocentes como las más duras, se entremezclaban sin diferenciarse.
En general la realidad es peor que la ficción y mucho más difícil relatarla.
Y poco a poco, con la ayuda de trucos aprendidos y apropiados de novelas y otros relatos, aprendiste a contar una historia verídica fingiendo otra de imaginaria.
Y casi sin darte cuenta te sentiste obligado a explicar una y otra vez una manera de vivir y de ser, el por qué de aquella historia, hasta que un día tu vida y la de tu entorno dieron un abrupto giro. Ya no pudiste seguir fingiendo y empezaste a escribir con un fin muy preciso: la destrucción de los que atentaban contra el espíritu y la familia de la mujer que tanto habías amado. Y decidiste contar una terrible y cruel historia con la misma naturalidad con la que trabajas, amas y te relacionas; y es que, sin duda, la habías tratado de la misma manera.
El lunes no quise esperar más. Envié una carta a todos los que aún dudaban si valía la pena ir a la fiesta. Ya no hay sitio para ellos. No quiero que vengan. He imaginado sus caras de compromiso y sorpresa ante la enormidad del espectáculo y su sensación de pequeñez, también su incomodidad e hipocresía.
Soy extraño, puesto que no suelo hacer caso omiso a mi intuición ni dar una oportunidad al imprevisible error. No quiero recriminarme con los consabidos: en el fondo lo sabía, o era de esperar, o debí imaginarlo.
Unos pocos me han llamado entre ofendidos y destemplados, y sé que otros, en cuanto abran el correo, también lo harán. Y me he reído con ganas, seguro que por última vez ya que nunca más querrán saber nada de mí; aunque, conociéndome, poco menos deberían haber esperado.
A veces pienso que es un lujo ser como soy, poder decir lo que pienso y actuar en consonancia sin necesidad de fingir.
Nada, exceptuando los derechos fundamentales del hombre y la certidumbre aritmética, es inamovible, indiscutible o imposible de revisar.
Nadie tiene el derecho de pedir el olvido puesto que hacerlo es prerrogativa de cada uno, y menos cuando lo pide el que no hace gala de ello.
En toda sociedad el crimen debe ser perseguido y el criminal reeducado. Hoy los criminales están muertos y en vida no pudieron ser perseguidos ni reeducados gracias, en parte, a la complicidad de los que hoy pretenden el olvido. Lo razonable sería juzgar a los cómplices, sólo después el perjudicado puede decidir perdonar.
La amnistía no significa la inexistencia del delito sino de su castigo.
Los derechos elementales son indiscutibles e innegociables. Nadie en su sano juicio, sea conservador o progresista, puede plantear lo contrario. Cualquier constitución europea lo dicta así.
Bolonia coarta el derecho a estudiar, por tanto, atenta contra uno de los derechos más elementales del hombre. Y me pregunto por la credibilidad humana y mental de los impulsores de dicho acuerdo.
El desarrollo y el crecimiento deben supeditarse a los derechos básicos del hombre, nunca lo contrario. Y esa premisa, que tanto se olvida en tiempos de crisis, es inamovible.
Leo que Obama, al contrario que sus homólogos europeos, confiesa que se deberá reiniciar el sistema económico y que nadie debe esperar prebendas ni amiguismo, aunque la inyección al Cittbank ya sabemos para lo que ha servido: salvar el culo a unos cuantos especuladores.
En Europa es todo lo contrario, el enchufismo es un factor a tener en cuenta.
Durante la campaña, Obama fue duro con sus enemigos y ahora lo será con sus amigos. Zapatero, para no ser menos, da a entender lo mismo sin cumplir ninguno de sus compromisos. Ya veremos lo que hará el otro en cuanto haga suyo el despacho oval. Lo seguro es que peor que el saliente es imposible; y que cualquiera que encuentre algo tan calamitoso, por poco que haga es mucho.
La historia de Norteamérica recuerda a Washington, Lincoln y Franklin Delano Roosevelt como sus mejores presidentes; precisamente los que peor se encontraron al país, por tanto, Obama no lo tiene tan difícil.
Abandonasteis la tribu a cambio de mil individualidades cuando es en ella donde mejor se desarrollan y potencian. La destruisteis y no sentisteis remordimiento. Vosotros la creasteis, los demás la siguieron por morbosidad, comodidad y snobismo. Lo hicisteis porque nadie creía en ella. Solo quedáis Joan y tú con vuestras compañeras, fieles a ella hasta el final.
¡Qué sano es escribir sabiéndose sin lectores, esforzarte, refinar y repasar tus escritos con el convencimiento que caerás en el olvido!
Escribes para ti y unos pocos, y sabes que gracias a eso puedes elucubrar, reír, llorar... y hacer chanza y chirigota de ti mismo.
Mi hija, que acaba de divorciarse, me cuenta lo caras que son las copas en Sutton.
- Menos mal que siempre nos invitan-
Desde que se ha divorciado sale con unas buenas amigas, guapas como ella, bombones de la noche barcelonesa.
Les gusta remover el culo, dejarse invitar y cazar por hombres ricos.
Buena vida, buenos restaurantes y copas caras.
- Una manera algo barata de prostituirse- le digo.
Mi hija y yo nos entendemos, es consciente de como pienso; sin embargo, discute lo que cree que es mi pensamiento sin saber que es una certidumbre.
- No es prostitución- me dice.
Con Albert nunca nos acercábamos a mujeres así, no nos gustaban; eran falsas y, para nosotros, prostitutas baratas, mujeres que se vendían por un plato de lentejas. Preferíamos alternar lugares baratos, tascas del puerto o sencillas discotecas de barrio, restaurantes frecuentados por estudiantes sin dinero y preciosos bares de hippies como nosotros. Éramos ricos, podíamos hacer lo que quisiéramos y escogimos el camino donde encontrar la gente más interesante.
- Tú también frecuentaste lugares como esos-
- Si, claro... y no sabes como trataba a gente como esa-
No entendería que asistía a refinadas fiestas para alternar con los que después serían mis contactos, futuras víctimas, valiosa fuente de información, o para introducirme en su mundo.
- ¿Quién es la que asoma tras tuyo?- Pregunto con el interés de contactar con una nueva amiga, desconocida hasta ahora para mí, para atraerla a la fiesta.
- Una antigua amiga del grupito. No la conoces porque hasta ahora vivió alejada del resto-
Y comienza a contar una larga historia...
Vivía en la escalera, en el piso de abajo, con sus abuelos; su madre en Londres trabajando para mantener a la familia. Eran dos hermanos, el pequeño era el mimado y a ella, su abuelo no paraba de propinarle salvajes palizas. Un día la recogí del suelo y me la llevé a casa, la estaba pateando. Imagínate... en casa y con mi padre... Me arriesgué y no pasó nada. Éramos muy pequeñas.
Y sigue rememorando al resto de amigas de la foto.
La que tomaba anticonceptivos desde los catorce y terminó casándose con aquel amor juvenil, después de haber de haber vivido unas cuantas aventuras. La que se casó con diecisiete y embarazada, y que sus suegros no quisieron en su casa por ser hija de una prostituta.
Y cuenta las palizas y la brutalidad con que fueron previsiblemente educadas, como salieron adelante, se defendían entre ellas y vivieron la adolescencia; los primeros amores y desamores...
Y mientras vas pasando las fotos aprecias unos instantes de silencio, vuelves la cabeza y ves unas lágrimas en sus ojos.
Y como su hermano, algo mayor que ella, las esperaba con sus amigos para aprovecharse de las que consideraban unas putas. Y como se defendían a gritos y patadas en plena calle. Y su vida de niña en la chabola.
Y te mira...
- Ya ves, después de todo mi familia no era tan mala. Podría haber sido peor-
Y mi hijo, preocupado, me habla de su hermana. No le gusta la vida que lleva ni las amigas que frecuenta, no obstante intenta disculparla.
- Es una superviviente, Pau-
Y no sé si reír o disgustarme.
¿Qué sabrán ellos de supervivencia?
Y la recuerdas mirando a Albert sin disimulo, sus grandes y negros ojos fijos en él, sentada frente a la pequeña mesa con un vaso de vino.
Dos niñas monas, la francesa de cabello largo y lacio, delgada; ella corto y fuerte, de cara algo más ancha.
Te fijaste en sus gruesos labios y su pegadiza risa. Te gustó sólo mirarla. Su personalidad arrollaba e, igual que mil años más tarde, no escondía sus sentimientos, no podía.
Albert le atraía como a la mayoría de las mujeres y tú, a su lado, debías luchar y conquistar con humor, labia y atrevimiento.
El tipo que iba con ellas, y que más tarde supisteis que lo había conocido su amiga en el tren, estaba empeñado en apostarlas en un pulso.
Se les notaba desoladas y a punto de levantarse, ofendidas por el cariz que habían tomado las cosas, después de dos vasos de vino en aquella tasca cercana a la Estación de Francia.
Corpulento, simpático y achispado; la musculatura de sus brazos denotaba horas de gimnasio y el moreno de su cara mucho esquí.
Albert, tan fuerte como él pero de menos volumen, conocedor de tu sorprendente habilidad, divertido te empujaba.
Pronto se dio cuenta y os llamó a gritos. El resto de la clientela miraba en vuestra dirección a la espera de espectáculo.
- ¿Pero no ves los brazos de este tío?-
- Algo más que los míos y nunca he podido contigo-
Y lo rehuiste con la mirada mientras comentaba a una callada y tímida concurrencia, que no hay cojones.
Tu padre, de brazos tan delgados como los tuyos, te había enseñado la técnica, así como descubrir y explotar tu fuerza de la misma manera que con él hizo el suyo, boxeador profesional y campeón de lucha libre.
Volvió a mirarte y tú hiciste lo mismo con las dos chavalas que ya hacían el gesto de levantarse.
Eras joven y, aunque pretencioso, no sentías la necesidad de aceptar un desafío que considerabas perdido e infantil.
Te miró provocativamente. Deseabas atajar el problema cuanto antes y los invitaste a vuestra mesa.
No había duda, ya no deberían haber hecho falta desafíos ni pulsos, la concurrencia abandonaba y Albert podía desarrollar sus dotes de seductor sin impedimentos machistas. Pero el tipo no se contentó y, ya en la mesa, expuso, apoyado sobre su codo, el gran, desnudo y musculoso brazo; y exclamó que, aunque no existiera apuesta, quería hacer un pulso conmigo.
Y sonreíste. Ahora lo veías más próximo, cercano... no tan brutal y más humano.
- Te advierto que podrías perder-
Y se rió con burla.
- De ser así me levantaré, pagaré la cuenta y me largaré-
No recuerdas el tiempo, sólo la descomunal fuerza que hacía y tu tranquila resistencia.
Fingiste fuerza y agotamiento y le propusiste unas humildes tablas. No quiso, para él era peor que la derrota.
Esperaste el momento oportuno. No querías fallar. Resistías utilizando los músculos de tu espalda, tórax y estómago, tal como te habían enseñando, dejando una reserva para el momento elegido.
Ya no reía, tu tampoco aunque hubieses podido.
Sangre en sus ojos, su cuello se hinchaba y deshinchaba al compás del momento y la fuerza realizada. Esperaste uno de ellos. Ya habías inspirado con fuerza y, en el rebote, justo cuando aún sentías su fuerte presión...
No opuso resistencia, no podía; hacía rato que se sabía derrotado. Tú lo supiste cuando al minuto de haber empezado no pudo vencerte por más que lo intentó.
Pagó y se fue con elegancia, dejando una puerta abierta a que el resto pensara que pudiera haber perdido a propósito. Una estupidez, pensaste en aquel momento, ya que habías sufrido sus desesperados intentos de ganar la partida. Quizá su amor propio no pudo aceptar una victoria con dificultad, o una derrota larga y dura ante un tipo, a todas luces, mucho más débil, y abandonó antes de tiempo. Nunca lo sabrás, pero lo que sí es que ellas se quedaron a charlar con vosotros. Albert era demasiado atractivo como para poner remilgos, y tu no dejabas de parecer interesante después de lo ocurrido: una machada tratada con humildad y como lo más natural del mundo.
Y así, de esta manera tan poco usual, conociste a Anna.
Al me pregunta, cómo no, por la crisis. Está preocupado. No encuentra trabajo de biólogo.
- ¿Va a durar mucho la crisis?-
Y qué puedo responderle... Años, quizá demasiados. Se estabilizará cuando la ciudadanía se acostumbre a vivir con ella y gastar en proporción a lo que gana. Aumentarán los atracos, asaltos y robos; también la prostitución y las pequeñas estafas. Sólo entonces empezaremos a percibir un cambio, cuando se estabilice y la asumamos.
- Tú, por descontado, encontrarás trabajo o lo crearás con un par de amigos. No lo dudes. Siempre ha sido así-
Putos americanos...
¡Qué buenas están las palomitas de maíz!
Imágen extraída de:http: //www.todosloscomo.com/
Leo a Dédalus rememorar a Blaise Pascal cuando, como disculpa por haber escrito una carta demasiado larga, dijo que le había faltado tiempo para escribir una de más corta. También la frase de Luis Sampedro: uno escribe a base de ser minero de sí mismo.
- Me gusta acariciar tu piel. Me gusta su tacto, su calidez-
Estáis desnudos sobre la sábana de algodón que recubre la colchoneta. Habláis de lo que os gusta el uno del otro. Palabras dulces como caricias, las mismas con que os agasajáis tu compañera y tu, igual de sinceras y limpias.
Y te relaja acariciar su torso, su espalda, seguir su columna con delicadeza hasta más allá de su nacimiento.
Y sonreís al oír el sonido del amor en el camarote de popa, os satisface sentir como vuestros respectivos compañeros disfrutan el uno del otro con tanta intensidad y pasión, tanto ardor y desenfreno.
Y sientes su estremecimiento cuando le acaricias el pecho, pellizcas sus pezones y pasas tus dedos por el vello de su pubis, corto, recortado y perfilado como tanto te gusta.
Su cabello, largo y ondulado, tan fuerte como ella. Y te gusta el color suavemente oliváceo de su piel en invierno, y el moreno casi de mulata del verano, su sabor...
Suave terciopelo sin fisuras, sólo aquella que dejó la bala al abrir su costado, hasta bella de tan fina, tenue y perfecta.
Sientes su intensa respiración preludio del deseo, de la pasión animal, salvaje...
Una mujer suave como la brisa que cada mañana hincha el velamen, de voz queda y melodiosa, de mirada profunda, devoradora... Y brutal en un instante; ardiente, absorbente, caníbal de macho, devoradora de sexo.
Y sientes sus quejidos, suspiros de hembra cachonda, abandonada a las fauces del macho hambriento. Los mismos que salen de popa, pero más suaves y tranquilos; porque si la una es fuego, la otra es volcán.
Era de esperar. Los mandamases han decidido parchear el asunto como mejor saben: fabricando más dinero y aumentando el déficit.
A no ser que venga un iluminado y lo remedie tenemos depresión para largo, y de las fuertes.
Lo mejor de la reunión ha sido el francés que la ha organizado sin pensar en sí mismo. Curiosa grandeza la de un hombre que cada día se mira al espejo después de ponerse unas calzas en los zapatos.
Si este día termina haciendo historia, espero que se recuerde al francés como su alma ejecutora; igual que al chino y al brasileño como los que cambiaron las reglas del juego y, como no, a Rojo, el inventor de las reservas anticíclicas. Curioso que ahora casi todos los países del mundo hayan decidido copiar el sistema que tanto desprecio provoca a la Esperanza.
Si Rojo cobrara royalties se convertiría en el hombre más rico del planeta. Para su desgracia no está afiliado a la SGAE.
Ahora, que voy de sorpresa en sorpresa, he publicado la lista de invitados a la fiesta en una nota de Googgle para que todos sepan quien viene. También he escrito en su cabecera:
"La lista se hace pública para el que no venga por lo que debiera, sepa lo que va a encontrar. Así evitaremos muchos males y dolores de cabeza, tanto a mí como al que presume de amistad sin saber bien lo que eso significa"
¿Quién se acuerda de Palestina?
Nadie. Ahora toca el Congo.
¿Y de Irak?
Pocos. Irak está en duermevela hasta que algún subnormal descubra que necesita el petróleo de Irán. Siempre hay alguien en la lista, ahora no toca. Las empresas de mercenarios ya tienen suficiente y no dan el abasto, igual que los subcontratistas.
¿Y de Afganistán?
España y al que le toque el turno de perder algunos soldados de su ejército. Hombres y mujeres a sueldo de un Estado luchando a miles de kilómetros por una causa y unos intereses que desconocen, mercenarios baratos con sobresueldo por coeficiente de riesgo y lejanía.
La Chacón ya no dice que es una misión de paz, pero sí que están por la paz de todos. Podría ser, el problema es que no sabe como explicar semejante zarabanda. Y es que ni ella, tan lista que es, sabe de qué va el asunto.
Es necesario estar, es el impuesto a pagar. Solo le faltaría a Obama que Zapatero también retirara las tropas de allí, aunque bien mirado y conociendo el percal, a nadie le extrañaría.
Afganistán está perdido por la estupidez y la prepotencia infantil de los norteamericanos. Ayer fueron dos, hoy dos más, mañana nadie sabe cuántos. Deberán irse y cuanto antes mejor.
Los norteamericanos se quejaban de la pasividad española, algo parecido a lo sucedido en Irak. Los españoles se hartaban de decir que en su zona no habían talibanes, solo hambre y pobreza; y que por eso mismo se dedicaban a construir, ellos carreteras y los italianos escuelas.
Pues no hay problema, pensaron los norteamericanos. Bombardearon dos poblados, mataron a doscientos ciudadanos que pasaban por allí, destruyeron la escuela y... los españoles ya tienen su zona infectada de talibanes. Así ellos ya pueden instalar una base de operaciones especiales -en Irak mandaron mercenarios, pero Afganistán es Afganistán y los soldaditos de juguete allí no funcionan- para perseguir talibanes allí donde no había ninguno.
Habrá que dejarlos solos, eso sí, después de una buena campaña de información y soliviantar a la gente en contra de los EEUU para, así, dar la justa excusa. Si se hace bien incluso puede rebotar en el resto de Europa.
En Afganistán no hay oro, petróleo o coltán; solo opio, pobreza y corrupción. Del primero se cuidan los rusos y los iraníes, del resto los paganos occidentales.
El simplismo -los norteamericanos de eso tienen mucho- dice que las agresiones vienen tras la negativa española a participar en actos de guerra. Quizá es una respuesta a la pasividad y falta de solidaridad ante el descalabro en la frontera con Pakistán.
Los mentideros políticos van mucho más allá. Por Afganistán debe pasar el oleoducto que debería transportar el petróleo de las repúblicas del Asia central, antiguas socias de la URSS, que de un tiempo a esta parte parecía que se acercaban a las corporaciones norteamericanas.
Dicen que de eso a que haya bases estadounidenses en sus territorios. Lo que no cuentan es que dichas repúblicas, por cada base norteamericana tienen cinco rusas, que las norteamericanas están en la frontera afgana, allí donde Cristo perdió el gorro. Y que a última hora han vendido el paquete a Gazprom, que parece ser es más seguro por aquello de la proximidad. Y claro, también hay lo de Georgia. Un acuerdo con los rusos no se rompe así como así, y más siendo vecinos. Por tanto, si la guerra se montó por eso, aparte de lo cara que ha salido, solo habrá servido para hacerle la cama al ruso, el único que no ha puesto ni medio euro en el asunto.
Política torpe y fuera de lugar, contraproducente a corto plazo y peor a medio y largo.
Los aliados empiezan a plantearse la realidad de los atentados del 11S y alguno ya pide con descaro una investigación paralela e internacional. No entienden la casual venta masiva de acciones de las compañías afectadas, tampoco la presunta huída de judíos en las mismas fechas, ni que aún se haya encontrado nada del aparato que se estrelló en el Pentágono y, en cambio, sí muchas pruebas de la imposibilidad que lo hiciera.
Los distintos parlamentos empiezan a preguntarse, ya sin complejo, sobre él por qué deben seguir la política antiterrorista de un gobierno casi arruinado por ella, e incapaz de detener a un hombre medio enfermo y acorralado, que lo único que le queda es el turbante.
- Richard va a irse de casa durante un año y medio, Pau-
- Qué dices. Y eso por qué-
- En Noviembre, creo, se va a dar la vuelta al mundo con unos amigos. Todo pagado, claro-
- ¡Ah! Bueno. Pues está bien. Ya me gustaría ser el afortunado-
Y se me queda mirando. Siento que tiene sentimientos encontrados. Le gusta la soledad y la independencia, pero no le hace demasiada gracia que sea durante tanto tiempo.
- Deberé buscar alguien para suplirlo en Verano, cuando navegamos a cuenta de turistas. El negocio no será tan rentable y estamos pagando el barco-
- Bueno... siempre sales adelante-
Y noto que algo más le preocupa...
- Es el único que sabe navegar lo suficiente, y aunque sea fuerte y ágil como un gato ya tiene más de sesenta. No me gusta que vaya solo. Sin embargo, sé que es su oportunidad y nunca volverá a repetirse-
Y pienso en el cabo de Hornos y el de las Agujas, la costa chilena hasta Pascua si es que deciden tirar por ahí, lo contrario sería mucho peor; Madagascar, el Índico, el Atlántico sur... no debería ir mal acompañado.
- ¿Nadie sabe navegar?-
- Uno de ellos, pero no demasiado, y solo lo acompañará en algunos tramos. Son hombres de negocios, Pau... alguno lo conoces...- Y sonríe.
Y ahora empiezo a entender. Son sus amigos británicos, los terribles y apasionados amantes de Amara. Multimillonarios y fieles hasta la muerte, solidarios con su amigo, han decidido por fin comprar el barco de cincuenta pies y ofrecerle la posibilidad de cumplir el sueño de su vida: dar la vuelta al mundo en velero.
- Tiene un año entero para entrenarlos. Es necesario. Cincuenta pies son muchos si se encuentra con un temporal y sin la ayuda de alguien experimentado-
- Ya, pero no podrán y tampoco lo entienden, piensan que los primeros días serán suficientes para aprender-
Y siento su escrutadora mirada, sé lo que piensa. Y cambia de conversación, quizá para provocar mi inquietud y escozor. Sabe que también es mi sueño.
- Háblame de ti, de Amara y del follón en el que me has metido-
Y le cuento las últimas noticias, como los que nadie podría creer niegan su presencia con estúpidas excusas. Y como Joan y Vicki aseguran la suya venga quien venga, quizá porque saben que a los demás les falta coraje.
- Un año y medio de viaje... también es tu sueño, no lo niegues-
- No puedo, tanto tiempo es imposible. Demasiados compromisos y responsabilidad, el negocio, las colecciones...-
- ¿No puedes dejar a nadie? Un cortador-patronista... Con la de paro que empieza a haber... Seguro que podrías...-
Y llego a casa con frío en el cuerpo, cansado de andar por las calles de la gran ciudad. No hay Metro a esas horas y no quiero coger un Taxi. Deseo andar y refrescar mi cerebro.
¿Por qué no puedo hacerlo?
Hago cuentas, calculo los patrones y diseños que podría dejar preparados, pienso en el cortador que debería suplirme... El próximo invierno lo dejaría solucionado y la colección de la primavera también. Apurando el tiempo y trabajando en Agosto, quizá podría preparar la del siguiente invierno. Un año en total, falta medio y ponerme al día; dos temporadas perdidas, un año entero... entonces ya tendría cincuenta y nueve y una increíble historia para contar, muchas fotografías y dibujos, mucha experiencia... Ya nada me daría miedo, ni el cierre de la empresa. Pero... ¿y mi socio, su familia, la de nuestros trabajadores?
Y recuerdo las últimas palabras de mi amiga.
- Si fueras con él estaría tranquila-
- Sí, pero también necesitaría entrenarme y aprender, sacarme el título...-
Y también su irónica respuesta...
- ¿Cuánto... Un viaje a las Canarias con temporal?-
- Llegas pronto. Te esperaba mucho más tarde-
Y miro el reloj... las once. Podría haber cogido el Metro. Ya no sé ni en qué hora vivo.
- ¿Cómo está nuestra amiga?-
- Bien... como siempre. Y tú, cómo has pasado el día-
- De aquella manera. Aguantando para que me pincharas-
De aquella manera... Y le inyecto una dósis de "Dolantina" en la parte posterior del brazo.
Soporta el dolor para así poder reposar la parte frontal, la única donde puede hacerlo sola.
Enciendo el ordenador y entro en Facebook para ver si ha habido suerte. Nadie... ni una rata. Está claro que me estoy haciendo viejo. Unos momentos antes, al vaciar la vejiga y mirarme al espejo, me había parecido ver la barba más blanca que nunca; aunque tampoco debería preocuparme, el día que pierda ese color es que la cosa ha ido a peor.
Amara entra en la habitación con una caja del mórfico.
- Necesito que la escondas. Es para el fin de semana-
Ya no me quejo, la cojo y guardo en un rincón. Ya no busco un escondrijo elevado y difícil, sé que de todos modos no la buscará. Es una estupidez eso de esconder la medicación.
-¿Sabes? Richard dejará a Pili durante un año y medio. Se va con unos amigos a dar la vuelta al mundo con un velero de cincuenta pies -
- ¡Ah!-
- Está preocupada, es el único que tiene la suficiente pericia-
- ¿Qué piensas hacer al respecto?-
- Nada... no puedo. Los demás tampoco me lo han propuesto-
Y una vez más ves unos ojos que te miran entre divertidos e irónicos.
Después de todo en Marzo nos veremos las caras y es probable que alguno de los ingleses esté presente.
Nunca se sabe. Con tanto tiempo por medio puede pasar de todo.
Ves como te mira mientras departes amigablemente junto a Joan y José con unos amigos invitados a la fiesta.
Y utilizando tu punto de femenidad, sorbes con delicada parsimonia el gin-tonic para, a través del cristal, estudiar a vuestros invitados. Hablan con soltura y una media sonrisa en la boca. Su mirada se pierde con cierto descaro allí donde se encuentra. Dejas el vaso en la pequeña barra plegable que habéis montado en el jardín y te fijas en tu compañera.
En poco tiempo ha aprendido a combinar su turbador atractivo con una manera de vestir sencilla y de poquísimo valor. Hoy viste un corto blusón camisero de voil blanco visiblemente usado, más adecuado para sentirse cómodo que para asistir a una fiesta, que sin ser trasparente trasluce la desnudez de su figura a la perfección. Parece antiguo, de su abuela como mínimo. No sabes de dónde lo habrá sacado o si lo ha comprado en un mercado de ropa antigua y usada. Le va grande y sabes que a propósito. Pocos botones en servicio y solo en el centro, ayudan a enseñar sus magníficos hombros y que su escote tienda a abrirse ora a un lado ora a otro, cuando no en el centro apreciándose la preciosa turgencia de sus senos. Sus piernas se mueven siguiendo un aparentemente descuidado compás, con lo que la mirada de cualquier hombre que se precie como tal tiende al desconcierto ante lo impredecible, yendo del lugar donde todo indica que nacen sus piernas a sus senos.
Vicki habla con ella, vestida de tal manera que parecen hermanas. Su cabello oscila al ritmo del escote y la abertura de las piernas, por lo que de vez en cuando, y mirándoos divertida, emite un simpático soplido que lo aparta de su cara.
¿Mirándoos o mirándote? Porque por muy compañero que seas te das cuenta que, una vez más, ha conseguido sorprender tu gélida compostura. Eres uno más de los que la devoran con la mirada, sólo Joan, aún más divertido si cabe, simula indiferencia.
Se acerca, lo esperabas, le encanta estar entre hombres que la desean, jugar con ellos al gato y el ratón sabiendo que todos, sin excepción, no tardarán en caer en la trampa.
- Hola. Me podríais invitar a una copa y presentarme-
Y falta espacio para preparar el vaso largo, la ginebra y la tónica.
- Le gusta con unas gotas de limón- dices con voz queda ante tal espectáculo.
- Y tu amiga, ¿no viene?-
Es Joan que comienza el juego que tanto os gusta y enerva a José: simular que son simples conocidas, jóvenes y despreocupadas amigas de otra tórrida fiesta.
- ¿Os gusta?- dice al grupo en general, pero mirando a los nuevos amigos en especial -Es algo tímida, pero cuando toma confianza...- Y haciendo un guiño a Joan -Tú ya la conoces, ¿verdad?-
Y va en su busca con dos copas, las había para aburrir, hasta tú has preparado una con el afán de satisfacer su delicado paladar, que ha recogido de tu mano con provocativo mohín.
- ¿Recuerdas mis gustos?-
- No solo ese- dices como respuesta al envite.
Y vuestros invitados, aún bajo el efecto de la impresión, os preguntan de qué conocéis a semejantes bombones.
Y José, nervioso y en silencio, busca con la mirada a Mónica, desaparecida con Pere vete a saber dónde. Necesita una vía de escape ante la juguetona trampa que se está cociendo.
Y vosotros inventáis una divertida y picante aventura, un ardiente fin de semana con dos hembras de ensueño, mirándolas para que sepan que habláis de ellas, provocando su presencia.
Simuláis esfuerzo para recordar sus nombres.
Sabéis que son sus tipos, conocéis sus gustos, sobre todo la morbosidad del juego, del voyerismo hasta sus últimas consecuencias...
Se presentan con un beso, no en la mejilla sino en la boca, con tierna suavidad, dejando que sus labios se recreen el suficiente tiempo, ni largo ni corto, sorbiendo con suma delicadeza el labio del sorprendido hombre, mientras con una mano se apoyan acariciadoramente en su pecho.
Jugáis con ellas, las acariciáis...
Tocas con cuidado la tela de sus blusones, ensalzando su calidad y el atractivo que les da, con el suficiente cuidado de hacerlo a la altura de sus pechos, rozando sus pezones sin esconder la picardía del gesto.
Las invitáis a bailar, acariciáis sus nalgas, sus pechos... besáis sus hombros y garganta y os dais cuenta que el blusón es la única ropa que llevan. Y volvéis con el grupo. Habéis roto el poco hielo que quedaba, eso si en algún momento había existido, y os vais tranquilos. Las dejáis en buena compañía.
Y escuchas como, al despediros, uno de ellos comenta con inocencia... ¿Nos las dejan?
Y te ríes con ganas... no las conocen, no saben que los tres juntos no pasan de ser un aperitivo.
Más tarde, ya entrada la noche, las encerrareis en un dormitorio y os daréis un atracón con sus restos.
Hay veces que a uno no le apetece escribir.
Sea por agotamiento intelectual o físico, en cuanto coges la libreta para abrir un tema, por muy en mente que lo tengas, el lápiz no corre.
Nadie más rastrero que el crítico demoledor, que cambia de criterio como de camisa el político.
Escribidor, una bella palabra recordada gracias a mi amiga Luna, que describe a la perfección lo que se es dependiendo de los ojos que lo lean.
No sé de críticos certeros, solo de hombres que pretenden conocer los sueños, sentimientos y la vida del resto; que se regocijan con la ruina o éxito de otros; que cambian de opinión sin mirar el dolor que dejan tras ellos.
Pero... claro, eso es solo una opinión; y no es mi intención ser crítico.
La inteligencia y el buen sentido me libren de juzgar los sentimientos de alguien que los publica sin provocar daño.
Y es que de escribidores hay muchos, tantos como estúpidos con pluma en mano. Que para criticar y juzgar seguro que siempre hay tinta, y que por cada escritor y escrito pueden haber diez críticos y cien críticas.
Comencé su búsqueda. Es la última que queda por avisar.
Hablé con Mónica, pregunté a Amara, a Vicki, a José... Nadie sabe de ella. Ha cambiado su número de teléfono y en el de su casa no responde.
Por la mañana, con mi sistema de diseño y patronaje mal programado, poco podía hacer. Me dediqué a buscarla. Abrí Google y escribí su nombre y apellido entrecomillados.
Cuarenta páginas por las que podía seguir sus pasos. París, Berlín, Londres, Milán, Montevideo, Buenos Aires, Valparaíso, La Habana, Ankara... algunas de un año, otras hasta de cuatro.
Conferencias, presentaciones de libros, artículos en revistas y periódicos, prólogos y... hasta charlas sobre cine.
Es imposible saber donde se encuentra. Me sorprende que haya visitado Cuba sin haber hablado conmigo.
Guardé sus escritos y las charlas que alguien transcribió. Es ella, no hay duda, directa, precisa y aguda; sin pelos en la lengua. No escribe bien, sin embargo, tiene en su haber un par de libros de texto.
Profesora universitaria, fundadora de una asociación docente y conferenciante por medio mundo.
¿Cómo puede impartir clase?
Leí sus escritos, también el ruido que ocasionó en Ankara: la gente levantada y aplaudiendo. La imagino rodeada de profesores y alumnos defendiéndola del reducto integrista.
Poseedora de una extrovertida cultura, no me sorprende que nunca haya conferenciado en una Universidad musulmana.
Leí su conferencia en La Habana. Habló sobre la permanencia del régimen y su explicación, imagino que directa y llana, sin insultos ni críticas, pero con precisión y pasión. Más de uno debió morderse las uñas... Cómo podían expulsar a una conferenciante española que decía lo mismo que ellos, pero sin atavismos ni parafernalia patriótica y con el régimen en su punto de mira.
A Mónica le pregunté por su correo.
- No lo conozco. Siempre me llama ella-
Lo encuentré al pie de una página. Es profesional, de la asociación que preside, pero es lo único que tengo.
Busqué en Facebook y no la encontré. El sistema me ha decepcionado, no encuentro amigos de mi quinta, los del "cole", la "mili"... es una pena, un problema generacional.
Encontré a su hija, pero... ¿cómo voy a preguntarle sin entablar amistad, si apenas me conoce? Tiene su misma cara, sonrisa, belleza... pero le falta aquella morbosa sensualidad que volvía locos a hombres y mujeres.
Anna nunca consideró necesaria la participación del padre...
Decía que las crías son paridas por hembras que las amamantan y defienden. El macho sólo huele las feromonas que desprenden y que evitan que les inflija daño.
Y recuerdas la agresividad de las hembras de delfín al defender sus crías, de los machos pretendientes de sus favores sexuales, probablemente porque no desprenden feromonas como las de los humanos.
El macho persigue y mata las crías de otro, así consigue que la hembra acceda a un nuevo apareamiento, siempre y cuando esta no llegue a tiempo de salvarlas.
Es bello nadar entre delfines, y aleccionador porque te sientes pequeño y frágil, un invitado entre animales de otra especie que te aceptan y juegan contigo. Pero no se te ocurra acercarte a las crías. En el mejor de los casos la manada desaparecerá, en el peor serás expulsado; y nadie puede imaginar la forma en que un delfín expulsa a un extraño.
Hace unos días y ante el cariz que está tomando la fiesta, una amiga de Amara me llamó.
- ¿Te das cuenta que has conseguido la cuadratura del círculo?-
Me reí con ganas. Ya me gustaría haberla conseguido.
Supuse que se refería a la perfección, inalcanzable, aunque siempre deba perseguirse.
Me ha costado muchas horas de internet, de llamadas, de... y parece ser que empiezan a dar sus frutos.
Mónica me dijo que sería un éxito porque era yo quien la organizaba y con mucho empeño. Hoy quizá ella y José terminen siendo los únicos que no vengan y eso me subleva. Me prometí no ser insistente con nadie fuese quien fuese, que sólo debía venir el que le apeteciera.
No hay ninguna cuadratura de círculo, pero sí que éste va cerrándose y el que quede fuera no sabe lo que va a perderse.
Hoy, mientras escribías, recordabas vuestra obsesión por conseguir olvidar la desigualdad de género; un empeño particularmente vuestro. Llegasteis hasta el sexo, tratarlo como si no existieran diferencias entre vosotros, hablar de él como compañeros de aventuras, discutir sobre como follaba el tal o el cual, sus aventuras, su bisexualidad... lo que excitaba enormemente a José por la morbosidad de la situación y de lo mucho que os reíais el resto.
Con Anna salías a orinar en pleno invierno sobre la nieve, cerca de la puerta de vuestra casa pirenaica y soportando el frío. Y lo hacíais de pie, con los pantalones bajados y riéndoos como niños, uno al lado del otro... y para que pudiera alargar el chorro y no se mojara los pies, la ayudabas con tu mano... Y conseguisteis que el resto os secundara con jolgorio, sin prejuicios estúpidos...
Después, ya con Amara y Vicki, todo fue más fácil. El camino estaba trazado y vuestra mentalidad impedía el retroceso. Ellas solo tuvieron que tomarlo y potenciarlo con su especial estilo: la libertad sexual junto con la igualdad de género más absolutas.
Ahora, desde el lugar donde habeis llegado, parece fácil, un simple gesto, un cuidado lenguaje... y no es ni fue así. Tuvisteis que luchar contra la costumbre, el ambiente y vuestros prejuicios más íntimos y morbosos; vivir de una forma y actuar externamente de otra; soportar la conversación sexista de los extraños sin arrugaros; aprender a satisfaceros con lo más sencillo: la sensibilidad y el orgasmo del compañero, la caricia directa y abierta, igual tanto para la hembra como para el macho.
Te gusta el caos, pescar entre la turbulencia de un agitado mar donde las olas señorean. Te gusta encontrar la belleza que hay tras el miedo, buscar un mal día y luchar contra los elementos, sentir el temor a lo desconocido, a su proximidad y su roce hasta acostumbrarte y reírte fuerte, en su cara, al atravesarlo una y otra vez.
¿Hablas del mar?
Podría ser, y mil cosas más.
El hombre que teme y evita por todos los medios el dolor, nunca alcanzará el placer. Y es que en la búsqueda del segundo se encuentra el primero. Un camino de riesgo y dificultades, de tropiezos y sinsabores; de aventura a fin de cuentas.
Con tu padre te unen pocas cosas. No hay nada de su personalidad que te atraiga. Dicen que te pareces a él, pero con atractivo.
Lo único que te atrae es su inteligencia, algo que nada tiene que ver con la personalidad, y su curiosidad y capacidad de asombro.
Hace un tiempo visitasteis a tu sobrino. Treinta y pocos, de inteligencia avispada y vasta cultura. Le gusta discutir utilizando incomprensibles frases y rebuscado vocabulario. Hablasteis sobre la historia y su importancia en la futura personalidad de los pueblos, y discutió con inteligencia y pasión. Tu padre y tu os mirasteis. Decidisteis darle una lección. Estabais solos y era el momento. No es bueno rebajar a un hombre frente a los suyos.
Y jugasteis con palabras y recuerdos, con libros y nombres. El uno afirmaba y enriquecía el discurso del otro, con historias, detalles, lugares...
- ¿Cómo puedes afirmar todo eso sin haber estado allí? Por lo menos yo he sido cooperante en el Salvador-
Y te reíste mucho, demasiado tal vez, pero en tu interior.
Tu familia no sabe de tus viajes, solo conocen el que hiciste a Guinea de muy joven; pero no que Albert y tu, con el joven guía al que su padre confió vuestra suerte, os internarais por sendas y caminos inconcebibles, atravesarais fronteras y poblados en los que se aseguraba que aún se practicaba el canibalismo, y que vuestro guía no se atrevió a bajar.
Buscasteis los senderos de los elefantes y los seguisteis palpando la frescura de sus excrementos, y dormisteis en campamentos de leñadores españoles escuchando sus terribles y crueles historias. Y visitasteis una preciosa escuela en medio de la selva. Y visteis y vivisteis historias y cosas que ningún hombre a ninguna edad debería ver y vivir.
Tus padres ni siquiera conocen el último que hiciste al Senegal. Olvidaste contárselo, pero aunque lo hubieses hecho, ¿qué les habrías explicado?
Tu relación con la joven y bella María, que, por cierto, ha dado luz a su segundo hijo, y que te endilgó vuestro socio proxeneta; y el viaje que hiciste en su compañía al lago Rosa y hasta casi Casamance, sorteando las barreras de troncos instaladas por soldados mal emboscados para defenderse de la guerrilla separatista.
No. Demasiado difícil de explicar.
Tu sobrino contaba como una gran aventura su viaje al mismo país con motivo de una boda mestiza.
Un cooperante en el Salvador que, por lo poco que explica, apenas salió de la oficina y de los hoteles donde pernoctaba. Y un viajero al que llevaron en autobús desde el aeropuerto de Dakar hasta la aldea donde se celebraba la boda y viceversa.
-Hablas sin conocer, Pau; y me discutes cosas que sé de primera mano-
Y callas. Y ves sonreír a tu padre, no por verte turbado sino lo contrario. Sientes su oculta complicidad, como si supiera mucho más de lo que debiera.
Desaparecías durante meses. Nunca supieron lo que hacías ni donde vivías, no obstante, sabías que indagaban con el suficiente disimulo para no dejar rastro.
Tenían una casual amistad con los tíos de Mónica y se veían a menudo con José, con sus padres... pero eso no era suficiente, no podía serlo... Sin embargo, a veces, cuando hablas con él sientes algo parecido al conocimiento.
Piensas que no les debe importar, como tampoco entonces dieron muestras de preocuparse por tu suerte y fortuna. Su curiosidad era más por quedar bien ante sus conocidos, saber donde estabas y qué hacías para, cuando les preguntasen, poder responder sin vergüenza. Aunque con respecto a él ahora dudas.
Nunca hablaste de lo que viste y viviste en Guinea. ¿Para qué molestarse? Su mundo era perfecto, el régimen sólido y estaba dirigido por gente sana y decente; tanto como los de CIU ahora, de los que son fervientes seguidores. No recuerdan haber bebido aceite de hígado de bacalao por hablarse en catalán en plena calle. Aquel fue un incidente comprensible y pasajero. Igual que las represalias a sus familiares, aquellos a los que después tuviste que pedir limosna en su nombre, y de los que más tarde abjuraron, sobre todo cuando ya no los necesitaron.
Entonces te preguntaron. Aún eras joven y recién habías marchado de su casa.
Quisieron saber de los españoles, de cómo educaban y cuidaban a los negritos. Tenían, por lo visto, la estampa y la canción del Cola-Cao en su mente.
Supones que entonces aprendiste a callar, cuando les contaste que habías seguido con un viejo Land-Rover la senda de un elefante asesino de dos hombres.
Y recuerdas su horrorizada e incrédula mirada, sobre todo cuando les dijiste que vuestro guía te había dejado conducir bastantes kilómetros.
- Pero aún no tienes carné- te dijeron. - ¿Los que murieron eran negros?- te preguntaron.
Y te diste cuenta de su inquietud. Lo eran, qué duda cabe, pero no quisiste decírselo.
- No sé. Me dijeron dos hombres, creo que uno era blanco pero no estoy seguro-
- Pobre familia. Tan lejos y un elefante-
Los negritos no contaban para ellos, no poseían el suficiente grado de humanidad, sus familias, hijos, amigos... no sufrían tanto.
El Metro va cada día más vacío. El restaurante donde como también. Es la crisis, dicen. Es la depresión, digo.
En el gran edificio industrial donde tenemos la empresa también se nota. Más locales vacíos y sus pasillos, antes tan transitados, ahora están vacíos.
No hay día que no llamen a la puerta para repartir currículos o directamente para pedir trabajo.
Hay días que no fabrico nada, algo insólito, nunca visto, ni en el 93. Así podré desarrollar la colección de Verano con más tranquilidad.
Ayer me llamó un cliente. Lloraba. No podía mantener su tienda y preguntaba si yo la querría. Debía un crédito por su mala cabeza y no podía hacerle frente.
- Ayer llegué a casa con catorce euros, Pau-
- ¿Lo avalaste con algo?-
- No-
- ¿Tienes algo que puedan embargar?-
- No-
- Aplázalo y vigila el interés. Renegocia los pagos-
Y sonrío. Parece mentira cómo dejaban los bancos el dinero que no tenían.
Hace un par de días tuve que avalar el coche a mi hija. El banco no se fiaba de una nómina fija de mil doscientos euros, unida a otra de autónomos. Trescientos euros al mes era demasiado para eso.
Leo que el gobierno ayudará a aplazar las hipotecas a los parados y a los autónomos durante dos años. Pagará los gastos de ampliación, las comisiones y los intereses. Hubiese sido mejor y más barato pagar directamente el cincuenta por ciento durante los dos primeros años y recuperarlo pasada la hipoteca, pero entonces la banca no hubiera hecho negocio y eso no puede ser.
¡Cuánto cinismo!
La nueva construcción bajará un 30% en uno o dos años por mucho que el gobierno y los promotores hablen de un 9%, por tanto, es más conveniente ayudar con la hipoteca que embargar la vivienda. Si no bajara su valor y la banca tuviera facilidad en la reventa, el gobierno no ofrecería las ayudas.
El intervencionismo es bueno si la banca saca provecho, si no se arguye que lo mejor es el libre mercado. Lo importante es salvar la gran banca, lo demás sobra.
El ministro, que por suerte ya no habla ni chulea, llega a Bruselas con los bolsillos vacíos. Alega, ante el reclamo de más dinero por parte de la UE, que al gobierno español ya no le queda margen de maniobra (textual).
Ahora el ministro habla más comedidamente, las circunstancias le han bajado los humos.
El Estado ha repartido el dinero que tenía y el que podía fabricar, solo le queda el depósito de la seguridad social y a estas alturas ya lo mira con avaricia. No hay más. Sin embargo, a fin de año habrá más de un millón de viviendas por estrenar y vender, todas de la banca, junto con otro millón de vivienda usada a la venta más medio millón con hipotecas de difícil recuperación.
El Estado solo dispone de cien mil, la mitad para recuperar hipotecas basura y la otra para cubrir a las cajas. Le faltan muchos más sin contar el descalabro que ya huele en sus entradas en forma de depresión.
Dicen que el libro más vendido actualmente es "El capital", es de suponer que por sus predicciones, mucho más acertadas y terrenales que las profecías de Nostradamus. No obstante, todo parece indicar que si lo leen es para fustigarse, que no para corregir su desaguisado.
Un financiero que, supongo, ha perdido más de la cuenta, me dice que todo es un engaño, que la crisis es más mediática que real...
Y me río con ganas.
Pues claro que es mediática. Solo falta mirar quien paga para saber quien escribe.
La banca necesita con urgencia un dinero que no tiene y que el gobierno no puede darle, y lo busca donde está, en el bolsillo del asalariado, del autónomo, del pequeño industrial... del otro no hace falta porque es él; y la mejor manera de captarlo es provocar miedo para que el ciudadano aumente el ahorro.
Dicen que el ciudadano saca el dinero de los bancos por temor a que esos no puedan devolverlo. Pues si este problema no se corrige en poco tiempo, pronto nos enteraremos por la radio, los periódicos, la televisión... de multitud de asaltos a viviendas, de robos de cajas fuertes, etc. Y por mucho que la policía diga que no han aumentado, la gente sacará el dinero de su casa para ingresarlo en el banco.
Sino... al tiempo.
Son muchos los que caen en la tentación de pensar que el mundo funciona correctamente siempre y cuando existan dos bloques antagónicos; y que en el momento que uno se desmorone, el otro no puede tardar en seguir su estela. En parte discrepo. El hombre no necesariamente debe ser estúpido, y el anterior anunciado lo cree así.
Pienso que el primer error es considerar al comunismo algo ajeno a nosotros, como si de otra civilización o pensamiento humano se tratase.
El comunismo, como el capitalismo, es una variante más de nuestra civilización helenística, la que poco a poco y desde hace más de dos mil quinientos años va adueñándose de la sociedad humana.
El comunismo se hundió por su falta de democracia y, por tanto, de renovación. El apoltronamiento de sus dirigentes, el anquilosamiento de las ideas... y la simbiosis y el paralelismo con su competidor hizo el resto.
Ahora creemos ver otro bloque que no es tal: el del capitalismo de Estado. El Estado lo es todo, rige la política y regula la economía; cede en usufructo parte de ella, la administra y distribuye. El empresario es partícipe de los beneficios, pero nunca será propietario como el capitalismo entiende como tal; puede traspasar o hipotecar la cesión que el Estado le hace sobre la industria, el territorio o los cultivos, pero nunca podrá venderla porque no es suya. La tercera vía de la que todavía hablan algunos viejos economistas, aquellos que aún recuerdan sus libros de texto.
El capitalismo previó, con acierto, que su futuro dependía de la globalización, pero no supo ver que el ciudadano podía crecer más rápido que la misma economía; no previó la revolución de la comunicación.
(Tengo una foto de la carretera -pista más bien- de Dakar a Casamance con troncos cruzados "estratégicamente". Cuando la encuentre la publicaré en "Un gato en el balcón")
Sabías a lo que te arriesgabas, a Amara le salen amigos hasta bajo las piedras, eso sin contar los que vienen por ti, para demostrarte su amistad.
Ayer, preocupado, llamaste a algunos de ellos para rogarles que no insistieran, que en caso de encontrar duda, recelo o poco interés, zanjaran la conversación con un: -bien, no pasa nada, ya la felicitarás cuando puedas-
La fiesta se te escapa de las manos y las mejores previsiones, aquellas a las que nunca creiste llegar, van quedando pequeñas.
Piensas que por mal que salga siempre estará bien, y esperas que los jóvenes, con su espíritu y dinamismo, te ayuden a solucionar los problemas relativos a la música, la barbacoa, el trajín de mesas, sillas...
Ya sois más de cien y todavía faltan cinco meses. La casa está cubierta y solo queda espacio para dos colchones. Algunos invitados se alojarán en un par de hoteles rurales, así podréis llegar a ciento setenta, cincuenta y cuatro más de los que hasta ahora han asegurado su participación. Calculas que algunos fallarán, de no hacerlo tendrás un problema.
Curiosamente los que más impedimentos han puesto por el gasto que representa son los más adinerados. Deberías haberlo previsto.
Dos pretendían que les pagaras el hotel, -sencillo- te dijeron. Les preguntaste por el regalo que harían. En principio es la participación, pero ya que debes pagarlo tu... pues está bien asegurar el tiro. Se ofendieron, claro... Les dijiste que no se preocuparan, que pagaran el hotel, el vuelo y pusieran algo en el fondo de los que podían, que eso era el regalo. Volvieron a ofenderse... -Pues vaya manera de invitar- dijeron. A esas alturas ya te lo tomabas a cachondeo. -Pues por eso os pregunto por el regalo, depende de él os invito o no- respondiste con sorna. Esperas que no vengan. Lo bueno de ser directo y claro es que la estupidez autoexcluye.
Otros pusieron como excusa la cercanía de Semana Santa. Es mucho gasto, cuando sepas lo que cuesta el vuelo te diremos cuantos seremos, dijeron. Respondiste que se cuidaran ellos, que seguro lo conseguirían más barato. La verdad es que de no venir te harían un favor.
Ya no llamas a nadie. Son sus amigos quienes deben hacerlo, al conocer mejor el nivel de confianza y amistad con el resto. Y te cuentan que se apunta gente inimaginable enterada por otros, con alegría y despreocupación; y que lo único que preguntan es... ¿Habrá un rincón para mí? O ¿Quién se cuida del regalo?
A veces piensas que es un milagro que aún no se haya enterado, que a nadie se le haya escapado un comentario.
Admirable pero turbador.
La memoria es la vida. El hombre que la abandona pierde su identidad.
Al releer tus historias o recordar lo que un día escribiste, te percatas que apenas hablas de tu infancia y adolescencia. Pero... ¿qué es la adolescencia? Hace poco leías la historia de una mujer que a los once años pasó de la infancia a la madurez. No tuvo tiempo para disfrutarla, las circunstancias no se lo permitieron.
Probablemente, como muchos otros, te avergüenzas de la tuya, de las estupideces que hiciste y la inmadurez de tu mente. Es curioso que recuerdes tan poco de un espacio de tiempo tan grande e intenso. A veces debes echar mano de tu hermana, tres años más joven, para, en las antiguas fotos, situar personajes y lugares. Luego, después de hablar con ella, los recuerdos atraviesan como fogonazos tu mente, para, una vez más, desaparecer en un cómodo olvido.
Y, en cambio, contra toda lógica, te asaltan los terribles recuerdos de acciones que nunca debieron haberse producido; sus paisajes y conversaciones; el lugar, el ambiente que las rodeaba... el pasillo de aquella casa, su castigado suelo, el artesonado del techo, el jardín abandonado.
Y la crueldad de una conversación, su frialdad antes de acometer una acción que arruinaría una... varias vidas.
Y las irregularidades de los tablones de la cubierta de la barcaza, sus nudos, los del pasamanos, la puerta de la gran cabina, el ventanuco, el color de su pintura... y, aún mejor, la forma de sus grietas; y la gruesa barriga, sus pequeños y agudos ojillos de depredador, su hipócrita y confiada sonrisa.
Y recuerdas la cara de aquella joven y bella mujer con la cabeza cubierta por un pañuelo de rico colorido, la que aquella misma mañana miraste con descarado deseo cuando te sonrió en la puerta de la escuela, llorando desconsolada ante los pedazos de su hijo. Las astillas de madera chamuscada por el suelo, algunas clavadas en la carne infantil; las podrías dibujar... y el orden en el que quedaron los escombros, su forma...
Pero hoy también recuerdas tu adolescencia. Aquella caña que tu abuelo te regaló y con la que ibas a pescar con él, y que tus padres cedieron a tu primo en tu ausencia, pensando que la habrías olvidado en una de tus habituales desapariciones. También al cura, director de tu escuela, cuando personalmente te dio el aprobado para decirte, frente los compañeros, que si tus padres no pagaban la factura que debían, no verías otro nunca más. También cuando, con quince años, debiste afrontar la cobardía de los tuyos y dar la cara por ellos ante el mismo director. Recuerdas el dolor de cabeza que sufriste aquel día, sentado en la butaca de tu casa, y el silencio de tus padres, la aspirina...
Y aquella cría de gato que encontraste abandonada y decidiste llevar a casa, y cuando te obligaron a devolverla en el mismo lugar donde la encontraste. Recuerdas a tu madre atacar a tu padre con crueldad, ofenderlo estando enfermo e inválido; la recuerdas sin trabajar, con una mujer de servicio para no ensuciar sus delicadas manos en el fregadero... y recuerdas haber ido con once, doce años en el autobús a pedir dinero a tus tíos o buscar medicamentos a la farmacia sin poder pagarlos, alimentos en la tienda del barrio.
Hoy, Domingo, han venido José y Mónica a comer con vosotros. Habéis hablado de mil amigos y aventuras. Mónica, probablemente incitada por la fiesta, ha provocado esos recuerdos. Y todavía te sorprende y divierte escuchar de Amara su peculiar modo de diferenciar a los hombres que ha conocido...
- Con ese nunca me acostaría-
Para tu compañera, igual que Mónica, es difícil encontrar alguien con el que no se acostaría. La diferencia es que ella lo confiesa sin vergüenza y la otra lo calla. Cierto que son exigentes y tienen su gusto. Les gustan los hombres, pero ni mucho menos todos; sin embargo, en un momento dado, para divertirse, congeniar o vete a saber qué más, no tienen reparos en conquistar un tipo interesante. Dos, tres... a veces hasta cuatro; por diversión, gozar la aventura, la conquista, sentir a los machos rendidos, enloquecidos, jadeantes en la cópula, ver como pierden la compostura.
Recuerdas haber preguntado a tu amiga, después de haberse acostado con uno que, según tu intuición, no daba su talla.
- Pero... ¿te gusta?-
Y comprensiva de tu asombro, que no celos, sonriendo se encogió de hombros. No sabía cómo había llegado tan lejos. La había seducido con palabras y gestos, la mirada tal vez... por un momento se le hizo interesante.
- No supe decirle que no. No he sido capaz de decepcionarlo-
Para un chaval como aquel fue como si le hubiese tocado la lotería. El típico tipo que, después, con los amigos, haría grande su conquista. Se había llevado el caramelo de la fiesta, la muñequita fogosa y tierna.
Y hace que recuerdes la primera vez con Anna, como la conquistaste... la misma manera; sólo que la pretensión era ir más allá de la simple cópula de una noche. Pero la situación era la misma: un joven poco agraciado, loco por una chavala inteligente, bella y desinhibida, con multitud de pretendientes interesantes tras suyo. Tuviste que hacerlo con arte y maña, con la conversación y el humor. Sabías que no eras su tipo y que no le gustabas, pero también que si la conseguías tendrías otra oportunidad.
Y luego... la amistad y Cachemira; el amor, la entrega absoluta, la trasmutación del adolescente al hombre.
Amara es distinta, escoge, seduce, provoca y se hace querer; calienta el ambiente hasta hacerlo estallar en mil pedazos. Su mirada y gestos invitan, prometen ensueño, y su cuerpo acompaña con mil posturas. Su sincera despreocupación enloquece a hombres y desarma a mujeres. Y al final del cortejo cumple con creces las expectativas. Nunca provoca en vano, jamás promete lo que no piensa cumplir.
La primera ve al macho como una herramienta de disfrute; la segunda como una diversión intelectual. La primera lo exprime hasta extenuarlo; la segunda lo adiestra para el mismo fin. La primera pregunta sin vacilar lo que pretende, su morbosidad; la segunda lo adivina con solo una mirada.
Dicen que el cerebro retiene los peores recuerdos y olvida los buenos. Lo lees en el National Geographic, una revista a la que te gustaría suscribirte por tu hijo, pero quizá termines no haciéndolo; prefieres Science, más cara pero mejor para su carrera. Tu seguirás tus pasos de eterno autodidacta.
Eso de los recuerdos tal vez sea una autodefensa, la disculpa que el hombre busca para excusar su impotencia, lo que quiso ser y lo que es, donde quería llegar y el lugar en el que ha terminado.
Te esfuerzas en recordar los mejores momentos de tu adolescencia, los más bellos, y no dejan de emerger los peores. En cuanto descubres uno de bueno te aferras a él, mas, de inmediato, te percatas que es más reciente de lo que habías pensado.
Recuerdas aquella aventura tan mágica como asombrosa, cuando participaste durante toda una semana en tu primer rescate, en parte fallido. Un grupo de jóvenes montañeros se había perdido y hundido en la nieve. Eras joven, mucho; pero aún recuerdas los guardias vestidos con sus capas, adiestrándoos como hacer un eficaz abanico; también, con orgullo, cuando os pidieron consejo para atravesar los torrentes helados, y como te siguieron obedientes y en silencio. Y es que tú eras el que más sabías de eso.
Recuerdas... pero pronto te das cuenta del error. Cierto que aún vivías con tus padres, pero tenías diecisiete, ya eras casi un hombre, estabas preparando tu trasmutación, era un ensayo y no el último. Pasabas semanas enteras fuera de su casa, cualquier excusa era buena: los estudios, un trabajo, la artesanía que preparabas para ganar dinero en Navidad, una lección magistral en la Universidad...
Hoy, ya en el Metro, por enésima vez recuerdas aquel hombre en el Instituto, justo antes del examen para conseguir el bachillerato superior. Se examinaba contigo y, como tú, había llegado por libre. De más edad, con barba y bigote, te contó sus aventuras por Europa, el viaje que hizo a través de ella andando, en autostop, trabajando... y como consiguió entrar en el Este, al otro lado del Telón. Y lo escuchabas embobado, pensando que esa era la vida que te gustaría llevar, la aventura que desearías disfrutar. Él no sabía nada de ti, sin embargo, lo reconociste enseguida; era uno de los setze jutjes, cantautor. Lo habías visto junto a María del Mar y habías asistido a alguno de sus ensayos con tu amiga cantautora, aquella que años después te arrastraría a la aventura más grande y aleccionadora de tu vida: Cachemira.
Lo has recordado una vez más, igual que durante aquellos y otros días en la montaña, viviendo en la intemperie o en una casa medio en ruinas, en invierno subiendo las montañas para arreglar los telesillas y telesquíes atascados, en primavera para rescatar temerarios y poco preparados alpinistas y montañeros. Entonces, aun viviendo aventuras impresionantes, todavía envidiabas aquel hombre y su forma de vivir.
Y lo recordaste en las montañas de Cachemira, mientras andabas docenas de kilómetros cada día con tu nueva compañera. Y lo envidiaste, porque, aun viviendo la más gran aventura, no era la que soñaste. Habías vivido la guerra y la muerte en tu propia carne, limpiado de sangre cuerpos de niños mutilados. Y habías visto los pulgares de cien hombres en el suelo de una plaza pública... y disfrutaste con eso. Pero también del amor, la amistad, la entrega y el valor de una mujer sin igual, que sentías tuya, la que cubrió tu cuerpo con el suyo al sentir la explosión de la primera granada; de un maravilloso camino, de un paisaje sin igual y de una hospitalidad difícil de igualar.
Mucho después, ya con Amara, lo recordaste muchas veces: en el camino de Santiago, en las pequeñas ciudades y pueblos de Cuba que visitabais gracias a nuevos amigos, en Senegal... Y dejaste de envidiarle.
Habías crecido lo suficiente para saber lo que era aventura y lo que no. Igual que aquellas semanas en Perú, en Ayacucho, entre senderistas y soldados, limeños blanquitos y pastores del Altiplano. En el río, entre los blanquitos macarras y racistas y los indígenas en sus miserables chabolas. En la barcaza con otro blanquito esclavista y su india, con los ribereños trashumantes y su aldea de chozas. Entonces, aunque con la sonrisa torcida, supiste que aquello también era aventura. No conocer tu futuro, el más inmediato; no saber si despertarías o morirías aquella misma noche con un cuchillo clavado en la garganta, no estar seguro si aquella picadura había sido de anófeles; si terminarías despeñado por el precipicio de aquella pista mortal, asesinado por un soldadito peruano, por un senderista rencoroso o por un grupo de pastores codiciosos de tu furgoneta, tu dinero, tu mochila... Demasiadas posibilidades para morir y demasiado pocas para seguir viviendo. Y es entonces cuando saboreas hasta el segundo, deseas dormir poco y amar mucho; ver, oír, oler... vivir cada minuto, alargarlo al máximo, retenerlo para que no escape.
Y el avión de Maldonado a Lima, renqueante, bronquítico, infectado de todos los males de la selva.
Nunca te han gustado los aviones, te causan pavor y respeto; nunca has comprendido como semejante trasto puede aguantarse en el cielo. Sin embargo, si algún lector desea disfrutar de la aventura total, le recomendarías que subiera a aquel bimotor: un Tupolev, seguramente deshecho de Siberia, pilotado por un eslavo, -lo supusiste por las facciones y la curiosa mezcla de acentos- y una azafata que lo suplía en los mandos. Los veías a través de una sucia y mal cerrada cortina. Recuerdas su cara, sin gorra y fumando, volverse para mirar si todo estaba en orden, encogerse de hombros y despegar como si tal cosa. Y en la cola, multitud de indígenas sentados en el suelo, sobre cajas y cestos y con gallinas y una oveja. Y tú, sentado en una silla de tubo de hierro mal atornillada en el suelo y tapizada por algo que parecía haber sido eskay. Olor a excrementos humanos y de rumiante, suavizados por la aún más penetrante de la lana recién trasquilada.
No recuerdas haber rezado durante las dos semanas, de ser creyente tampoco hubieras tenido tiempo. El miedo aflora cuando la suerte deja de depender de uno mismo. Entonces lo sentiste... volviste la cabeza, igual que tus compañeros, buscando la complicidad del pasaje, y tropezaste con la resignada y sonriente -extraño entre aquella gente- cara de un viejo que solo hablaba quechua, aunque posiblemente no fuera tan viejo.
Y después de haber escrito docenas de páginas cubiertas de escritura pequeña e incomprensible para la mayoría, te das cuenta que sólo buscas una disculpa, la cómoda excusa. Y es que de nada te arrepientes, sabes perfectamente que volverías a ser el mismo y, sin duda, a repetir la misma historia.
Involuntariamente recuerdas aquella tarde, oscura por el color del follaje y la dificultad de la luz para entrar en un río, que la mayoría encuentra maravilloso y tú lo recordarás por lo que fue e indudablemente es: maldito. Recuerdas el cielo cubierto, la torrencial lluvia, el azul grisáceo del río, los árboles caídos y la frondosidad de la vegetación sobre el agua; el chapoteo y ruido de mil animales extraños e invisibles y la inmensa cantidad de grandes peces y serpientes que lo llenaban, y los troncos y grandes masas vegetales que arrastraba la corriente. Recuerdas tu temblor y repentina debilidad al caer sobre la cubierta, el tiempo transcurrido, mucho según tu percepción y por la cantidad de sangre que empapaba la madera, y poco por la rapidez con la que todo sucedió. Recuerdas a Lourdes calmarte, rodear tu cabeza con un brazo mientras con su mano se agarraba el otro, herido a causa de la lucha con la india; la recuerdas con sangre en él y en sus rodillas al apoyarlas en el suelo. Y aún recuerdas la cara del hombre tendido en el suelo, ya sin movimiento y al que apenas le diste tiempo de agonizar, con sus ojos abiertos por la sorpresa, ahora a la lejanía, antes a su pecho... Y todo a cámara lenta.
Y con los años, muchos ya, aunque pocos para ti, te das cuenta que tu temblor y debilidad no fueron de pavor ni remordimiento, odio o rabia sino causados por los nervios y la tensión.
Lo hiciste con metódica frialdad, tal como te enseñaron muchos años antes, la misma con la que comenzasteis vuestra última batalla.
Maestro de la retranca, y genio, para tus compañeros, de la simulación y el disfraz.
Te vestías según la ocasión sin desentonar en ningún momento; tenías tantas caras como posturas y ambientes; nadie podía apreciar escudo ni parapeto en tu mirada. Parecías cómodo tanto entre vándalos ultras, como con banqueros, joyeros, gitanos, historiadores, terroristas, comunistas o economistas conservadores; te cambiabas de ropa como de espíritu, y para ello no necesitabas mirarte al espejo, ni siquiera para anudarte la corbata... Pero siempre mantenías la justa distancia para que todos supieran que, aunque de confianza, no eras de los suyos. El izquierdista te llamaba facha y ése rojillo; y a los mansos, la mayoría conformada, les era imposible catalogarte, aun sabiendo que no eras de su mundo.
Eras el cínico perfecto, el hombre que toda madre quería para su hija y, curiosamente, el que muchas de esas deseaban en su cama.
Una de las premisas que debería cumplir todo individuo con interés por aprender y participar de la sociedad, es la de no jactarse o chulear de sus estudios y diplomas, que no es lo mismo que sabiduría. Por tu parte, los estudios que posees te han servido para agilizar la memoria y ampliar el conocimiento. La agilidad que imprime haber estudiado es vital para seguir haciéndolo.
Nunca has publicado los diplomas que posees, ni crees o recuerdas haber hecho gala de ellos; más bien has tenido el suficiente cuidado de intentar tamizarlos y enmascararlos en el interior de una cultura dispar y general.
Sin demasiada sorpresa descubres que, personajes de vasta cultura se escudan tras ficticios diplomas, licenciaturas y doctorados para seguir o, en el peor de los casos, zanjar discusiones con la intención de no perder su particular y engañosa compostura, cayendo en una miserable impostura al pretender ridiculizar o desarmar a su interlocutor. Y digo falsos porque, aun sabiendo que durante un tiempo en España se regalaran ciertos títulos, es imposible que lo hicieran a gente con tan poco concreto conocimiento. Y es que vasta cultura en modo alguno significa conocimiento específico.
Lo cierto es que son pocos los que, en aquellos tiempos convulsos, consiguieron desarrollar en la sociedad sus estudios, a no ser en la enseñanza, algo de lo que pocos pueden reconocer estar preparados. Y es que el honesto consigo mismo, el que huye del estúpido dogmatismo, sabe que antes de enseñar mal, mejor no hacerlo.
Y hablando de tiempos convulsos, que todos, sin excepción, creemos haber vivido, crecido, padecido o disfrutado en uno de ellos...
Si de algo ha servido la guerra de Irak es para descubrir el abandono de la inocencia de nuestra sociedad, la demolición cultural y moral que ha representado haber sido cómplice del engaño, la traición, y su descomposición.
Las imágenes de Abu Graib y la indiferencia de la ciudadanía frente a ellas; el interés de la sociedad por hacerse la engañada y su desinterés al descubrirse la verdad, su podredumbre y falta de perplejidad... el asesinato sin contemplaciones de opositores, periodistas... el desprecio por las leyes del hombre y de la sociedad, la tortura, la privación de la libertad sin el derecho a ser defendido legalmente, el rapto... y todo ello sin necesidad de disimulo y con las urnas como cobertura...
En una sociedad donde el mal triunfa sin paliativos, solo queda el terror como respuesta.
Y acometisteis vuestro nuevo proyecto: provocar el terror en su estado más puro y perfecto, el más terrible que pudiera existir, sordo y secreto. Su víctima no podía hablar ni confesarse, no podía exteriorizar su miedo, el frío chantaje al que estaba sometida; el tiempo no importaba, era mejor así ya que se convertía en vuestro servidor. Nunca la empujabais hasta el límite y siempre cumplíais vuestra palabra, tanto por un lado como por otro.
La frialdad, el cinismo, el desprecio por la suerte de los demás; es así como lo hicisteis, sin prejuicios ni recelos morales, sin ningún sentimiento. No odiabais ni sentíais remordimientos; siempre escogíais inocentes, personajes débiles allegados a vuestras víctimas, destruíais su hacienda, futuro; raptabais, perseguíais... y, después, él cedía.
Teníais experiencia. Ya habíais utilizado el chantaje, la coacción y el terror para introduciros en el interior de vuestro enemigo; sólo necesitabais mirar más lejos, en el mismo centro donde se tomaban decisiones y se repartía el poder; para ello precisabais información. Primero saber quién, luego conocer su debilidad, sus amigos, su amor, entorno, familia lejana y amada, sus conocidos... y eso también era fácil; disponíais del mecanismo y la estructura.
Comenzasteis por los más débiles, los hombres que os parecieron más fáciles de convencer; con extrema dureza, conservando vuestro anonimato, con salvajismo y crueldad. Escogisteis gente extraña a vosotros, comprometida con asociaciones vecinales, conocida por su talante y solidez, mas, desconocida para la mayoría; gente que no destacara en demasía, apaciguadora y dialogante... Y sin nada que lo explicase, se encontraron en lugares de confianza, puestos dirigentes en la administración... educación, ayuntamientos; lugares donde se dictaba una política a seguir, ascensos...
Y ella, con vuestra ayuda y consejo, organizó células independientes; de seguimiento, de información, ejecutoras. Y ninguna sabía de la otra, todo era dirigido desde un centro. Y en poco tiempo formasteis una red, todas alimentadas por vuestros antiguos informadores y los que habían caído en vuestra trampa, esos sin saber para quien trabajaban ni para lo que servían.
Y, poco a poco, a medida que os sentisteis más seguros, lanzasteis vuestros dardos más arriba, con más ambición y fuerza.
Y ella, con absoluta frialdad, utilizó a los más castigados, los que no les quedaba nada por perder, solo resentimiento; Y los entrenasteis para obedecer con vuestra misma frialdad, sin pasión, olvidando el odio. Les enseñasteis a controlarlo, a codearse con su futura víctima, alternar y congeniar manteniendo siempre aquella distancia justa que tan bien te había servido.
Y practicasteis el terror sutil con los más fuertes, el miedo entre los suyos, el desamparo y el desarraigo, la incomprensión... conseguisteis que vuestras víctimas se sintieran verdugos y culpables de la desgracia de su entorno.
Recuerdas su espalda y su precioso trasero sobre los colchones en el suelo, rodeada de cojines; su negro, ondulado y alborotado cabello, abrazada a un almohadón, ahíta de sexo; su largo y estilizado cuerpo, la belleza de sus suaves formas, la tersura y el color moreno de su piel. Recuerdas como mirabais a las cuatro soberanas mujeres tiradas en el suelo, folladas por los tres, igual que Amara, pero esta también por las otras dos.
Y recuerdas lo que habíais sido, lo mucho que os amabais y os habíais amado, os deseabais, sin asombro; lo que habíais vivido, la profunda hermandad que os unía. Y como, su mirada, al volver la cabeza, quedó fija en ti y en tu cuerpo; y, acto seguido, mirar los dos a tu sonriente y espléndida compañera, a sus nobles y sinceramente divertidos ojos al percatarse de la vibración que emitíais, la que va más allá de la simple amistad, del amor y el compañerismo, de la simbiosis...
Os duchasteis, cenasteis y acostasteis, cada uno con su compañero; y tú, abrazado a las dos mujeres más salvajes que hombre alguno haya podido conocer, entre ellas, amado con ternura y pasión.
Un golpe de suerte, un éxito fácil y no esperado en la cumbre del gobierno de la gran ciudad. La casualidad de un encuentro, supisteis aprovechar el momento y el lugar... Pero no estabais preparados, nadie podía imaginar que la víctima estuviera cansada de ser lo que había sido y lo que el poder esperaba de ella, que hubiese evolucionado y ya no creyera en su futuro y el que le habían prometido, que sin dardo ni mediar ataque cediera hasta aquel punto.
Una charla entre el antiguo maestro y su alumno sobre política y futuro fue suficiente para el acercamiento.
¿Por qué no lo hizo antes?
Demasiadas filtraciones, demasiada desconfianza, la falta de puentes... nadie confiaba en nadie, todo parecía ambiguo. Aquel hombre se abrió y agradeció no haber necesitado ir a París
Y entonces pedisteis ayuda, el éxito podía convertirse en un problema, os superaba. Y perdisteis la independencia, la ofrecisteis sin haber sido demandada, como si, tranquilos, la esperasen.
El educado, civilizado, poseedor de una cultura y situación social teme al inferior, al bárbaro que vive en el suburbio... Y es que el primero sabe que tiene algo que perder que el segundo carece. El educado da más valor a su vida que el bárbaro, no por falta de valor o por temer más, sino porque sabe que el bárbaro tiene menos por perder y más por ganar. Y si el bárbaro es conocedor de esa debilidad, no parará de explotarla hasta conseguir la igualdad o conquista de lo que cree le pertenece.
El emisor del terror debe hacer que el receptor perciba que es un bárbaro y, que, aun no siendo real, crea que nada tiene que perder y mucho que ganar. El emisor debe dejar entrever al receptor que es posible negociar el reparto de un bien del que ha sido despojado por no ser suyo, no merecerlo, una forma de prebenda voluntaria.
El miedo es un arma de doble filo, para el emisor y el receptor. El que emite terror debe dar una salida a su víctima, sin ella el miedo pierde su utilidad y convierte en rabioso al receptor.
Impresionados y desconcertados por tal como se derrumbaba el sistema. Con asombro percibíais desorden y sinsentido en el aparato represivo del Estado. No entendíais las últimas redadas, tampoco que muchos opositores fueran avisados días antes de su detención mientras otros no. Y pensasteis que podía ser una burda trampa para seguirlos y descubrir la madeja; inútilmente, puesto que lo primero que hacían al huir es entrar en el frigorífico.
Tomás había conseguido introducirse en el mismo centro policial. Aquel día que os reunisteis, no pudo evitar su excitación. El éxito era demasiado evidente. Las cartas con las que a partir de entonces jugaríais, estaban marcadas.
Un golpe casual, de fortuna, como casi siempre, sin daros cuenta lo lejos que habíais llegado. Tampoco hizo falta presión o amenaza; el hombre cayó y gracias a él pudisteis desbaratar la vigilancia y los informes que llagaban de Gobernación. Cambiabais apellidos e historias y os desembarazasteis de opositores inútiles o liberabais de toda sospecha a quien intentabais aupar. Conseguisteis engañar al poder, hundir y levantar, desplazar a los excesivamente dogmáticos y celosos, que detuvieran a seguidistas y obedientes al partido, al sindicato en exceso... llegasteis, incluso, a evitar la llegada de algunos dirigentes desde el extranjero o hacer que los detuvieran al poco de su arribada.
A menudo os estorbaban con informes erróneos, os exigían objetivos sin sentido, consistencia o con excesivo riesgo. Tomás atemperaba y corregía, y a veces se desesperaba e irritaba...
- Son soldados y piensan como tales- decía olvidando que era uno de ellos. - Piensan que eso es una guerra, con victorias a costa de bajas-
Conseguisteis hacer creer a la oposición que estaba infiltrada, manipulándola de tal manera que, cuando uno de ellos se convertía en un estorbo, en poco era detenido o avisado dependiendo de la necesidad y el tiempo.
Golpes... unos más afortunados que otros, sin que supierais para lo que serían utilizados; algunos causados de rebote, otros a sabiendas, pero todos cuidados hasta el último detalle.
Todos somos patéticos y extravagantes en algún momento de nuestra vida o en parte de nuestra personalidad, y todos somos anónimos. Desde Napoleón hasta un gris contable de banca poseen un cierto punto de anonimato.
El autor, cuando tiene intención de escribir o contar un relato increíble, debe situarse como frente a un espejo y mirarse adecuadamente, cual entrevistado y entrevistador. Como si hubiese instalado una cámara mirándolo fijamente, dejando que el sujeto, él mismo, se explaye sin interrupciones, sin preguntas que, en caso de hacerse, nunca tendrían respuesta; tan solo debe hacerse una, la única y primigenia, y esperar que el entrevistado participe de ella, la haga suya, la asimile y acepte ser retratado sin concesiones.
Ofrecisteis vuestra independencia pero no vuestra libertad. Os convertisteis en una herramienta de precisión, en peones de una gran partida que ya no controlabais. No erais políticos y sí jóvenes luchadores sin prejuicios ni moralinas; y lo supisteis a tiempo para brindar a vuestros mentores los éxitos libres de fracasos y sacrificios, de la podredumbre de vuestros actos.

Es más sencillo escribir sobre realidad que ficción. En el primer caso el escritor sólo debe sentir como fluyen sus recuerdos, ordenarlos y transcribirlos sin necesidad de diseñar un esquema predeterminado, ni repasar constantemente lo antes escrito y, lo más importante, puede permitirse el lujo de vivir, pasear, navegar... sin pensar en lo que mañana escribirá y como engarzarlo en lo ya editado.
Todo recuerdo, una vez ordenado y preparado para su publicación, contiene etapas ineditables por el dolor o daño que causarían. Es, por ejemplo, imposible que el autor refleje la conversación mantenida por el protagonista en el desván del Instituto, a no ser que, una vez desmenuzada, la integre en lugares distintos; tampoco puede terminar algunas etapas de la historia, puesto que terceros descubrirían la identidad de algunos coprotagonistas.
A veces, al escribir esta bella historia, tienes la tentación de creer que entonces y los días que le sucedieron, se fraguó mucho más que el futuro de unos hombres.
Todos teníais claro que, aunque el éxito señorease vuestras acciones, habíais llegado a un callejón sin salida. La reacción era poderosa, la crisis económica de medio mundo parecía no hacer mella en la dictadura, el petróleo había subido a cotas impredecibles y, sin embargo, el país lo enjuagaba gracias a una deuda internacional de proporciones gigantescas con el beneplácito de occidente. Era como si las democracias se hubiesen confabulado para mantener eternamente al régimen.
¿Qué necesidad teníais de pretender aquel acercamiento saltándoos todas las normas?
¿Quién os dijo que era mejor conocer al individuo en su mundo, que utilizar París como el resto?
La realidad. Evitar la probable intermediación de unos hombres de los que intuíais indecisión e infiltración. Y es que sabíais que el régimen estaba informado de las reuniones antes que se realizasen.
Pediste a tu amiga que te ayudara a preparar el informe. Se negó. Dijo que solo tú podías hacerlo, que nadie más poseía la información...
- No es suficiente conocer la conversación que mantuviste, tampoco mantener el contacto... también es necesario vivir el contexto, lo que sentiste en aquel momento; y eso solo tú lo conoces-
La cita... en un gran piso abandonado de la Rambla. Esta vez necesitabais un lugar grande, seguro e íntimo, en el que se pudiera hablar alto y claro, sin vecinos ni nada parecido. Y aún recuerdas la sensación de desahucio, el desnudo espacio donde debería haber estado la chimenea modernista y sus cristaleras... todo a la luz de los camping-gas en un salón interior de la antigua vivienda. Las habitaciones repletas de documentación, archivos, máquinas de escribir y calculadoras en desuso de Banesto.
Una llave del parking vecino, el paso a través de los patios interiores y una gran puerta corredera mal cerrada. Todo a punto... papeles de periódico puestos como guía y alfombrando el salón. Todos seguisteis las sempiternas instrucciones; el mero hecho de tocar con el oído o la nariz, apoyarse sudado en alguna pared... podía dejar una señal inequívoca de su procedencia. Después, con sumo cuidado, los últimos en marchar debían retirar los viejos periódicos para abandonarlos en varios y alejados lugares.
Exquisita profesionalidad, extraordinaria prudencia... era vuestro protocolo; muy superior a lo, por como estaba la policía de vuestro país, necesario; y muy alejado de la pobre previsión que percibiste entre aquella dogmática gente. Pero nunca era suficiente, nadie podía estar seguro que no fueran otros los que quisieran vigilaros, más capacitados e inteligentes.
Era necesario un lugar adecuado donde cupierais los suficientes, cerrado, hermético y anónimo; que nadie, ni por asomo, pudiera detectar.
Y recuerdas la calle y su número, también la sonrisa con la que observaste la documentación tirada por el suelo, que sin siquiera tocarla pudiste entender que era la más confidencial que un banco pueda poseer.
Y pensaste que la reunión era tan innecesaria como tu viaje; demasiado arriesgado y temerario por tan poca cosa. La decisión estaba tomada de antemano, nadie pensaba en llegar tan lejos o... mejor, por tan mal camino.
Todavía recordabas las palabras de tu abuelo, que, aunque franquista, no dejaban de ser premonitorias, cuando te dijo que el terrorismo se eterniza y termina convirtiendo a sus protagonistas en profesionales de la muerte y el delito.
Y relataste lo que viste sin omitir una coma, tanto antes como durante la noche del Instituto, reservándote la localización de las viviendas y la del último encuentro; y lo que pensaste en aquel momento, lo que sentiste, la sinceridad de tu interlocutor, el primer tono despectivo, chulesco y prepotente; y el siguiente moderado y cuidadoso, receptivo aunque desconfiado; y su despedida cuando le preguntaste si confiaba en tu palabra.
Y la puntada a una polémica que nunca existió, la dio uno de tus compañeros cuando dijo...
- Si hay algo que tengo claro es lo que está bien y lo que está mal. Si de lo que se trata es hacer lo segundo, no contéis conmigo. Supongo que alguien tendrá una idea mejor, un segundo camino que consiga los mismos objetivos sin necesidad de echar por tierra nuestros principios-
Mientras escribo esta historia veo como entra un nuevo correo en mi cuenta, lo abro y, con agradable sorpresa, veo que es de Bo Peep, la "chica con falda roja", que ha vuelto después de dos años sabáticos.
Todavía recuerdo sus cortas y bellas historias que a nadie podían dejar indiferente, la de su padre y el maravilloso recuerdo que tuvo de él... y mi sana envidia.
Bo Peep nunca comenta en mi blog, es demasiado denso y farragoso, se necesita tiempo y a Bo le gusta entrar y comentar en multitud de ellos. Aun así "chica con falda roja" siempre ha sido uno de mis favoritos.
Anna, poco después que vuestra lucha tomara el nuevo y peculiar camino que le marcasteis, volvió a Iruña. Había dejado asuntos por resolver y no era mujer que soliera hacerlo. Imaginaste que nunca abandonó el contacto con Mónica, la amistad y confianza que compartían eran demasiado grandes; igual que con María. Con la primera desde su infancia en la escuela, con la segunda de sus veranos al pie del lago.
Y todavía recuerdas el "debe andar por ahí" como respuesta de tu amiga-hermana-amante cuando le preguntaste qué sabía de ella.
No habían pasado ni tres meses de su desaparición cuando os enterasteis de la escisión sufrida por aquel mundo, y de que algunos de ellos, aunque ningún medio lo publicase, lo habían abandonado, mas no sus ideas. Un año más tarde, en una fiesta del barrio de Gracia, Mónica se te acercó...
- Vas a tener una sorpresa-
En la Plaza del Reloj, lo recuerdas perfectamente. Un grupo de rock se desgañitaba llenando la noche con llamadas a una insurrección que, evidentemente, estaba lejos de ser la suya, por lo aparatosa de su instalación acústica y la gran calidad del instrumental que utilizaba. Os recibió radiante, te abrazó y besó en la boca; iba acompañada por un tipo serio, más bajo que tú, pero de complexión fuerte y recia, y con el cabello largo hasta los hombros. Era Biel, el hombre que conociste un año antes en Iruña y por el que tu antigua compañera supuestamente te abandonó. Y te diste cuenta que tus amigos, preocupados, habían vigilado tu reacción; ellos sólo conocían tu disgusto por su engaño, en los días previos a su desaparición, con Albert, tu amigo-hermano. Y reíste en tu interior cuando pensaste en ello.
Él os saludó dándoos la mano. A ti con fuerza mientras te miraba fijamente a los ojos sin decir una palabra, y a Mónica con un beso en la mejilla. Y recuerdas vuestro regocijo cuando percibisteis la fuerte atracción que sintieron el uno por el otro.
A vuestro nuevo amigo lo viste diferente, más vulnerable y próximo; su mirada más humana y soñadora; el largo cabello, antes corto, le daba un aire más romántico e inocente. Pero su timidez, disimulada por la fuerza y la seriedad que intentaba manifestar, era la misma.
Y ensimismado y satisfecho, sentiste la boca de Anna en tu nuca, aquella que, por mucho tiempo que pasara, siempre reconocerías, y que te despertó y estremeció.
Y esta historia, en la que la verdad y la ficción pudieran ser que estuvieran entremezcladas, te demuestra la estupidez del poder y la violencia; y de cómo la cobardía e inoperancia de un Estado tan poco democrático ha perdido mil oportunidades de conseguir la paz.
Dijo bien el viejo racista y seminarista, antiguo dirigente de su derecha política, cuando afirmó que el terror desaparecería en el momento que la Constitución pasara de ser una atadura a un lazo de unión.
Y escuchaste a Joan decir: eso hemos de celebrarlo, mientras veías el estremecimiento de Mónica, la fuerza de su devoradora mirada al compañero de su amiga, y a José hablando con Anna, la mujer de la que siempre había sentido una irresistible atracción.
Hace aproximadamente dos años, algo más creo, un amigo bloguero con el que hoy Amara y yo sentimos amistad, me comentaba sobre la curiosa y fuerte personalidad de Mónica. Recuerdo que entonces le dije que Anna también era un personaje fuerte y especial, pero, por desconocimiento y discreción, podía hablar menos de ella.
Curiosamente es con Anna, en cambio de Mónica, que conviví durante dos períodos de mi vida, sin contar la amistad que compartimos desde nuestra adolescencia. En los dos pude apreciar su coraje y su libertad, y lo que estaba dispuesta a sacrificar por no perderla. Para estas dos mujeres, la libertad siempre ha sido un derecho innegociable.
A Anna, a diferencia de Mónica, su voz, su carácter y su gestualidad siempre han ido acordes con su personalidad.
Durante aquella conversación, mi amigo bloguero me comentó que le gustaría conocer a Mónica. Hoy puedo decir que si todo va como espero, no sólo podrá conocer a mi amiga-hermana-amante sino también al resto.
Quedasteis para pasar la última semana de vacaciones en vuestra casa pirenaica. Los recuerdos que de allí compartíais con Anna eran maravillosos.
Joan y tu vivíais juntos, os habíais separado de vuestras respectivas compañeras, él de Konsta y tú también de ella y de Anna, y en aquel momento manteníais una relación de amistad con dos estudiantes leridanas, abiertas, alegres y absolutamente desinhibidas; y planteasteis la posibilidad de ir con ellas.
- Nada de eso. Os queremos para nosotras solas. Es un precioso reencuentro-
Desde aquellos días y después de haber hablado con tus antiguas compañeras, te sientes más libre para escribir tu versión sobre unos hechos, con, quizá, una pincelada de lo que piensas sobre ellos y de los personajes que intervinieron, que marcaron vuestro carácter y la forma de relacionaros con vuestras familias y vuestros amigos.
Hoy, al recordar el arco iris de personalidades que componían vuestro grupo, piensas en lo complejo y difícil que resultó conseguir aquel éxito. Buscas caras, personas o individuos... y no encuentras a nadie que dé la talla o creas dispuesto a sacrificar parte de su vida por un ideal. Pero, también, cuando vuelves a observar a tus antiguos compañeros o te miras al espejo, si no fuera porque estuviste presente y participaste en la historia, nunca creerías lo que hicisteis ni donde llegasteis.
Ya entonces nadie podía creer que Anna llevara aquella doble vida sin que nadie se enterara, ni siquiera los que la conocíais, ni tú mismo que convivías con ella.
Todos teníais fantasías, ideas insensatas para resolver problemas que os superaban. Erais jóvenes y por mucho que hubierais madurado, siempre había quien buscaba lo imposible sin olvidar que otros debían jugarse la vida; y eso lo solucionasteis al tomar las decisiones colegiadamente, encauzando las ideas por muy fantásticas que fueran y dejando las insensateces y las venganzas para otro momento.
Estabais entrenados, exceptuando las mujeres, para cumplir las directrices hasta su consecución. Todos intentabais ser los mejores y sabíais lo que podíais esperar del resto. Y ellas, aunque no habían estado en el ejército, se esforzaban en superaros, tanto en temeridad como en fortaleza.
Y recuerdas una mesa, con un reloj enfrente, el dibujo de la operación en tu cabeza y Tomás entrando y saliendo desquiciado; y por muy lejos que estuvieras, sabías en todo momento lo que sucedía. Y mucho más de lo esperado, cuando vuestra sincronía había sido perfecta, sentías que rozabais la belleza.
Te levantas. Antes Amara te ha llevado el café a la cama, te besa, abraza y acaricia, y como todas las mañanas intenta atrasar lo máximo tu marcha al trabajo.
El calentador no funciona y te cagas en todo, desde en tu suerte hasta en las obras de la casa vecina, que aún no entiendes el por qué, desde que comenzaron no para de entrar tierra en las cañerías. Y aterido te duchas en agua fría pensando que menos mal que aún es verano. Y mientras cae el hilo de agua sobre tu cabeza, más sería señal inequívoca de masoquismo, piensas que en el trabajo, como cada mediodía, te ducharás en agua igual de fría agradeciendo su frescor con una desafinada melodía.
Somos animales de costumbres fijas y de cambiarlas de improviso, una de dos: o nos cabreamos o necesitamos ayuda psicológica.
Sales al rellano intentando desembarazarte con suave diplomacia del tierno abrazo de tu compañera. Y escuchas el pequeño maullido de la gata sin saber si se despide con pena o alegría.
Solo llegar sacasteis la manguera con la que regabais los rosales que hacía poco habíais plantado a lo largo de la fachada, y desnudos os duchasteis los unos a los otros con toda la algarabía que comportaba.
Una semana calurosa de Agosto, tanto que la pizarra de los muros reexpedía de noche el calor absorbido durante el día.
Os secasteis a la luz del fanal de la puerta de la entrada y ya ni os vestisteis por completo, no hacía falta. Comisteis pan untado de tomate con longaniza comprada en el estanco del pueblo, fruta y unas mazorcas extraídas de un campo a medio camino, y el vino peleón que los payeses beben para combatir los fríos días de viento y nieve.
Y mientras los demás arreglaban los dormitorios, Joan preparaba la música y tu limpiabas la gran sala alfombrándola con algunos colchones y mantas. Y Biel, atónito, preguntó a que se debía tal maniobra.
- Es para bailar y jugar un rato antes de ir a la cama-
Las chicas a un extremo y los chicos en el otro, desnudos, con una manta por grupo como defensa... corristeis unos contra otros hasta enfrentaros con violencia y gritos. Una lucha sin cuartel a bofetada limpia y pellizcos por todo el cuerpo hasta que, ellas, rendidas por la desigual lucha, pidieron clemencia. Y Biel, en un rincón, asombrado ante aquel desquiciante espectáculo. Luego, una vez tranquilos y descansados, José abrazó y bailó con Anna mientras Joan lo hizo con Mónica. Y tu te levantaste para apagar la iluminación de la sala, dejando que sólo entrara la luz del gran jardín y la que servía para iluminar el tocadiscos. Y con satisfacción viste a tu antigua compañera bailar con José, abrazados y desnudos, besándose y acariciándose; y también a tu amiga-hermana-amante hacerlo con Joan, su fiel amigo... y volviste la cabeza y viste al noble vasco con los ojos como platos, y no supiste que decirle.
- No pasa nada... es nuestra costumbre. No sabría como explicarlo-
- Soy consciente y lo comparto. Estaba avisado... pero no es lo mismo que te lo digan a verlo-
Y recuerdas tu sonrisa y complicidad... la impresión que tuviste de aquel hombre, tan frío y duro en Iruña y tan cálido y humano en el Pirineo, con el que habías convivido toda una semana y que había conquistado el corazón de tu compañera. Y es que lo sentías hombre rendido y enamorado, turbado ante el brutal giro que tomaba su vida, pero consciente y fuerte ante el desafío.
Y al observar la pareja que bailaba, sentiste la interrogadora mirada de Anna, su temor y posterior tranquilidad al ver como reías con su atribulado compañero.
Tienes bastantes años y pocas ilusiones, pero todavía meditas sobre la diferencia entre lo que la sociedad considera bondad y maldad.
Ves caer un avión con ciento cincuenta personas a bordo, a unas autoridades que a buen seguro y pasadas cuarenta y ocho horas, conocen lo ocurrido, a unos medios haciéndose los estúpidos y a unos periodistas hurgando en la herida de los familiares para explotar la morbosidad del momento. Ves a hombres matando y destruyendo familias enteras por haber nacido sobre un pozo petrolífero o ser propiedad de una bandera equivocada; y ves a hombres lamentándose de ello mientras llenan el depósito de su vehículo y compran en la gran superficie productos baratos provenientes del otro lado del mundo.
Eres el reflejo de tu sociedad, del cinismo, el de los políticos que eliges cada cuatro años, del engaño, del asesinato, del crimen organizado... eres todo eso y te lamentas cuando un hombre parecido, pero con una neurona no se sabe si en el lugar adecuado, estrella un avión en un edificio de oficinas. Y te sientes realizado cuando en tus vacaciones, año sabático o la semana en la que unos cuantos celebran el presunto sacrificio de un presunto iluminado, que todo hace presumir era un alborotador político disconforme con lo establecido, viajas a Guatemala, Bolivia o vete a saber donde para sentirte realizado, ayudando a una gente que en el peor de los casos, de dejarlos solos y pagar decentemente lo que producen, para nada necesitarían que gastaras tu dinero en aviones, hoteles caros, agua embotellada y ligues baratos; y todo por tu obsesión de penitente estúpido, como si tu particular religión te pidiera este gesto para redimir tus pecados: el Audi en el garaje, la camisa Burberrys, tus niños en la Universidad del OPUS sin necesidad de ser afiliado y la doméstica ecuatoriana asegurada en tu empresa para desgravar lo máximo.
Y aunque tu cerebro haya envejecido, -según los de tu edad: madurado- lo que sin duda te traslada al mundo de los falsos valores y la moral cristiana, de la burguesía bien llevada y cínicamente correcta, aún ves claro que, tanto el que lucha para destruir el hipócrita sistema, como el que lo hace para que el mundo se arrodille ante él, son igual de hijos de puta, sólo que sus neuronas han escogido caminos distintos.
Y te acercaste a Joan para robarle las caricias de tu amiga, morder su cuello y acariciar sus nalgas hasta sentir erizársele la piel. Y acariciando su nuca le preguntaste si deseaba retirarse al dormitorio. Mónica, también tímida, se sentía retraída a disfrutar del sexo en público, sobre todo frente a José.
- Biel te gusta, se nota; y a él, tú también. Si no fuera tan tímido ya te hubiese tirado los tejos-
Y recuerdas, al reírte con ella, sentirla excitada ante la posibilidad de la nueva conquista. Y abrazada, en tu oreja...
- Me encantaría-
- Confía en mi-
Y se dejó atar: los brazos abiertos en la cabecera y las piernas colgando en el acero del somier con la suficiente holgura para poder moverse. Y acariciaste su cuerpo con toda tu crueldad, consiguiendo que gritara de placer y deseo. Y saliste a la sala donde viste a José excitado por los gemidos de su compañera, a Anna y Joan riéndose con ganas y a Biel aún más desconcertado.
Y dirigiéndote a los dos...
- ¿Podéis ayudarme?-
Y no dejaste que emitiera una sola queja, te adelantaste tirando de ambos con un gracias por anticipado.
Le enseñasteis como volverla loca, lo que le gustaba, la fuerza de la caricia, el lugar y como hacerla; el masaje en su sexo, en sus oscuras aureolas y en sus duros pezones, con la necesaria suavidad y la apasionada agresividad.
Y mientras Joan la besaba y Biel la tomaba, saliste a buscar a José y hacer que viera a través de la puerta entrecerrada, como los tres hombres se repartían a su amada; y como ella se retorcía como una culebra y su vientre convulsionaba; como su cuerpo temblaba y su pubis se levantaba, y como espaciaban sus orgasmos con besos y caricias, con abrazos... para que pudiera sentirlos con más plenitud y fuerza.
Estás organizando la fiesta más grande, la más fantástica de todas.
Amara cumplirá cincuenta el próximo Marzo y has alquilado una gran casa en Menorca, contratarás lo que haga falta, plazas hoteleras, coches de alquiler... comprarás cava, comida... instalarás una discoteca en el centro de la isla, en un lugar en medio del bosque, donde lo mágico se confunde con lo mundano...
Ustedes pensarán que el protagonista se he bebido el entendimiento, pero no... deberían ver el lugar, la gente y el momento...
Tres días de fiesta, baile, amor, amistad y placer. Estarán presentes todos los impresentables, no faltará ninguno.
Al principio quisiste hacerlo en tu querido Ampurdán. Lo pensaste mejor... vendría mucha gente, más de doscientos, demasiados... y no por la cantidad. Vendrían todos, tanto los que la aman de verdad como los que solo piensan en divertirse; los que lo sienten y los que se apuntan solo por la algarabía. Menorca queda lejos, hay que volar y pasar forzosamente unos días, hay que perder una jornada de trabajo... Solo vendrán los que la quieren de verdad... muchos.
Jóvenes y gente de su edad, veinte, treinta, cuarenta, cincuenta, sesentañeros...
Organizas la fiesta tal como escribes esa bella historia, de manera larga y farragosa, como decías bastantes párrafos más arriba; para que solo sea leída por el que de verdad cree que puede sacar algo de ella.

El miércoles por la noche, día treinta de Julio, empezaba una pequeña historia para despedirme de todos ustedes. El viernes, a las nueve, Amara y yo debíamos salir para Cadaqués donde nuestra hija y nuestro yerno nos esperaban.
- El mar está precioso y la barca a punto- Nos habían dicho.
Pero recibí su llamada.
Hoy, día cuatro, pasados los terribles y bellísimos momentos en casa de vuestro viejo amigo, desde la Cala Bona, con un ligero viento del sur y mientras tomas un aperitivo y escuchas a través de un MP3 a Jane Birkin, empiezas a llenar tu libreta con la más bella historia que hayas escrito jamás.
El lugar desde donde vas a empezarla es idílico, de una belleza y tranquilidad apabullantes. Hay pocas barcas, pequeñas como la tuya y de gente respetuosa. Hoy lo harás en dos partes, la primera desde aquí, la barca; la segunda desde tierra, en uno de los parajes más agrestes y salvajes de la Mediterránea, de naturaleza inalterada por el hombre.
Los nombres son ficticios y la historia también podría serlo, es el lector quien, con su criterio, debe decidir si lo que lee es real o imaginario.
"Hay tres clases de ciudadanía: la que lucha por lo que cree, la complaciente con el poder y la mansa con lo establecido.
Ayer gobernaba la que luchó, hoy lo hace con ayuda de la complaciente y mañana esa lo hará sola; y la mansa nunca lo hará.
Nosotros somos luchadores y nunca estaremos conformes con lo establecido. Si seguimos con la lucha, aunque dejemos la piel, terminaremos venciendo y nos convertiremos en dictadores, con una sociedad complaciente viviendo a nuestra sombra y otra de mansa supeditada a ambas.
No pasará mucho tiempo en que debamos decidirnos, y cuando llegue ese momento deberemos tener claro en lo que deseamos convertirnos"
Eso, más que menos, nos dijo un día el Coronel por boca de Tomás, cuando todo había cambiado y el enemigo era asediado en su propio territorio; cuando no podía vivir tranquilo y su mundo se desplomaba alrededor de él.
- Mi padre está muy mal, apenas puede hablar. Ha preguntado por vosotros-
Ya no hay preguntas, solo llamadas a tus dos antiguos compañeros. El Coronel se muere, hay que ir a su casa.
Tomás recoge a Mónica, después a ti y coge la autopista; el cuentakilómetros marca 200, 210, 220... lo miras...
- El radar, Tomás-
Y sonríe. Probablemente tanto la matrícula como los papeles sean una réplica ficticia. Es más difícil localizar que parar al potente Volvo con matrícula extranjera.
Recibisteis una orden, la última.
- A partir de este momento debéis cesar toda acción o su preparación y dar los pasos necesarios para disolveros sin dejar rastro de vuestra existencia-
Habían tantas cosas por hacer, tantas cuentas pendientes... Era vuestro mejor momento, vuestra organización estaba intacta, más fuerte que nunca... Y os disteis cuenta que estabais solos, que habían desaparecido los puentes que os unían con el poder y la inteligencia. Erais fuertes, os sentíais capaces de tender nuevos, de romper vuestro aislamiento y ser autónomos; estabais preparados para ello, ya que, por prudencia y lealtad hacia los vuestros, siempre habíais mantenido vuestra independencia. Y dudasteis. Estabais demasiado cerca de la victoria. ¿Debíais conformaros con la media derrota, con el abandono de vuestros principios? El enemigo era fuerte y aún detentaba el poder. El cambio se haría a su medida, temíais; no como soñasteis: un país con los antiguos represores, asesinos, corruptos y ladrones en la cárcel, o huidos y perseguidos allá donde se encontraran; un país gobernado por una democracia real y limpia, sin reyes o presidentes vitalicios, arribistas y demócratas de última hora; con rígidas leyes que imposibilitaran olvidos e ilegalizaran el expolio de los bienes robados a sus antiguos propietarios.
Tomás vuela, pasáis Lérida, Fraga; entráis en la autovía de Madrid. Es noche carrada, ni siquiera veis la gran ciudad, sólo sus luces y la Pilarica iluminada...
Habéis hablado de mil cosas, de Amara y su enfermedad, de José, de la compañera de Tomás y la última intervención que debieron hacerle... también de las explicaciones que Mónica y tú habéis necesitado dar a vuestras parejas, el porqué de la pérdida de los primeros días de vacaciones...
- ¿Cuándo volveréis?-
- No lo sabemos-
- Pero... ¿por qué?-
- Se muere un amigo-
- Un amigo que nadie conoce, que nunca habéis presentado, del que nunca habláis... Ponte en mi lugar-
Pero, sobre todo, de la última llamada que habéis hecho a María...
- Estamos llegando, pero... ¿qué ha pasado?-
- Otro ataque. Ha quedado medio paralizado y no quiere ir al hospital ni seguir tomándose la medicación. Me temo que se ha dado cuenta de su situación y quiere morir en casa, lúcido, con los suyos...-
Tomás está de pié, el resto sentados, sois pocos pero los justos.
Miras la cara de tus compañeros y ves rabia, impotencia contenida. Ha llegado el momento que todos temíais, aquel en el que ya no sois necesarios; habéis pasado de ser una herramienta perfecta, la despiadada fuerza de vuestros mentores, a convertiros en un estorbo.
- Sois fuertes, podéis seguir solos, nadie se interpondrá en vuestra lucha, se os respetará, la delación es impensable entre nosotros... no somos unos hijos de puta-
Y, pasada la sorpresa, preguntas por la que te introdujo en ese mundo y te hizo creer en una quimera; porque sois jóvenes, sí, pero, no obstante, os dais cuenta del significado de vuestras acciones y la enormidad que tenéis enfrente.
Deberéis tender los puentes que os enlacen con el exterior, el mundo tangible, compuesto de complacientes y mansos; deberéis hacer política y sabéis que no servís para esto.
- ¿Y María, qué piensa de eso?-
- María está en Madrid cumpliendo la orden de su padre-
- ¿Y tú, qué ordenes tienes?-
Y sentiste la fría, penetrante y franca mirada de aquel hombre moreno, de profusa y rizada cabellera, algo más bajo que tú, pero fuerte y decidido, de ojos profundos, cejas pobladas, tez oscura y cuadrada, que no temías pero respetabas igual que hoy al mar que sacude tu barca. Y percibiste como sus palabras turbaron y sorprendieron a todos los presentes...
- No abandonaros toméis la decisión que toméis-
Y ella estaba a tu lado, como siempre, y mirasteis a vuestro alrededor; y, aun siendo los más jóvenes, os disteis cuenta que esperaban vuestra respuesta.
El estuche estanco de la cámara, el del móvil... Lo repaso todo, nada importante puede mojarse. Embarcas agua sin descanso; cerca, por estribor, pasa a ras de las olas una bandada de cormoranes; también una barca cargada en exceso, la borda parece que esté rozando el agua, no sabes como llegará a puerto.
Te gusta la mar embravecida y el azul de la tramontana, que nadie, ni el joven Dalí, supo retratar en toda su pureza.
Y pasado el precioso lago cogéis un camino de tierra, y crees ver, al otro lado del cristal, un gran caserío abandonado, con su capilla, torreón y campanario; grandes casas y corrales alrededor de una pequeña plaza. Y tienes la impresión de que no es la primera vez que has visto ese lugar. Su aire y olor a través de la oscuridad hacen que recuerdes aquellos terribles días en los que creíste que la vida te abandonaba, que demostraste tu dureza y fidelidad. Y miras a tu compañero... directamente, ya sin la timidez de antaño; lo interrogas sin palabras y crees apreciar una vaga sonrisa de complicidad; y vuelves la cabeza para mirar a tu amiga-hermana, y envidias su tranquilidad, su plácido sueño.
A veces, su imagen falsamente tímida y sumisa, su tierna y tenue voz, su extraña tranquilidad y placidez... hacen creer que prefiere no pensar, que aquella terrible y salvaje mujer pretende que sean los demás quienes decidan por ella...
Y la miraste a los ojos, como reclamando también la suya. Estabas harto de ser tú, siempre tú el que hablara por los dos. Presionaste su delgada y frágil muñeca en un claro gesto para que, el que más había sacrificado su cuerpo y vendido su alma hablase. Y no supiste entender en aquel instante, el porqué de su empeño en retirarse al dar un fuerte y nervioso gesto de resistencia; no entendiste, una vez más, lo que sentía y, sin embargo, todos sabían: Mónica era un soldado y tú su capitán, y conocía tu decisión de antemano y la compartía, pero exigía que fueras tú el que la tomara.
Erais jóvenes, sin embargo, habíais vivido lo suficiente para sentiros cansados; queríais volver a casa y amar y ser amados sin necesidad de recelar, mentir o esconderos, de fingir trabajos o compromisos inexistentes; deseabais recuperar vuestra juventud, pensar, casi, como adolescentes. Había mucho de pendiente por contar y escuchar, historias divertidas e inofensivas sin necesidad de pensar en sus consecuencias; queríais recuperar la inmadurez abandonada precipitadamente.
A este primer gran caserío le sucede otro no más pequeño, el haz de luz del coche lo enfoca a lo lejos. A la derecha veis, en una plaza que hace de distribuidora de otros edificios, varios automóviles aparcados en batería; a la izquierda, una gran puerta de madera iluminada por dos fanales de hierro forjado; en el centro, una fuente con pica de piedra y un sencillo caño de bronce, tras ella, el pozo cerrado con obra y previsiblemente su motor.
Te vuelves y la despiertas.
- Ya hemos llegado-
Se incorpora, esquiva el cómodo respaldo y te besa con ternura.
Y ahora, al sentir su beso, sus manos nerviosas pero cariñosas, recuerdas aquella bellísima y refinada joven mujer, que, después de la acción, con los amigos muchas veces esperando vuestra tardía llegada en la casa pirenaica, te esperaba en su casa, en la cama que compartía con José; y se enroscaba alrededor de tu cuerpo como una serpiente, y te devoraba como una Mantis, una y otra vez, incansablemente, ardientemente, como si la vida pudiera escapar en cualquier momento... hasta que apenas te quedaba resuello y fuerza. Y dormíais unas horas, para, una vez más, sentir su insistente y exigente abrazo reclamando pasión hasta el fin. Y recuerdas el despertar a la salida del sol y levantarte como un autómata para ir a la ducha; y ella, tras tuyo, enjabonarte, acariciarte, arañarte... cimbrear su bello y fino cuerpo en constante roce con el tuyo, hasta conseguir enervarte y que perdieras el sentido. Y dos horas más tarde entrabais en la casa con mil estúpidas excusas por haber llegado un día tarde, algo que nadie podía entender ni compartir.
Y obedecisteis hartos de tanta lucha, venganza y odio.
Hablaste por los demás mirándoles fijamente, recibiendo el gesto de asentimiento que esperabas.
Y ella, con suave y dulce voz, aquella que difícilmente alguien podía desatender, con ánimo de no romper aquel difícil equilibrio, pidió ayuda para desmantelar su terrible máquina, para que nada ni nadie escapara a su control; y exigió mantener un grupo fuerte y bien organizado, tanto para convencer a los díscolos, como para defender hasta el último de sus compañeros en su retirada; y, como más tarde se demostró, para que nadie olvidara que aún estabais allí y responder de manera brutal y despiadada cualquier provocación. Ella, con vuestra ayuda y consejo, organizó una retirada digna del mejor estratega de todos los tiempos, sin dejar rastro para cumplir la orden encomendada; y asestando, mientras, sangrientos castigos a todo enemigo que se sobrepasara. Erais, a fin de cuentas, la ley a falta de otra; la única respuesta a la impunidad de unos pocos que se sabían amparados por un poder caduco.
Vuestro compañero aparca su automóvil en batería, al lado de los que habíais visto al entrar. Con sorpresa ves a Anna salir de la gran casa para recibiros.
- He llegado hace unos momentos. Estaba en Iruña con la familia de Biel, en cuanto me he enterado he venido corriendo... quería estar con María, no dejarla sola...-
Y miras a Mónica. Ha sido ella quien, mientras Tomás iba a su casa, la ha avisado.
Y antes de subir la gran escalinata, tienes tiempo de observar el enorme vestíbulo cubierto por antiguos tapices, que representan escenas de caza, y un precioso tresillo isabelino flanqueado por dos figuras de bronce, que descansan sobre sendos pedestales de madera labrada con esmero y sencillez; sobre él, un gran y oscuro óleo enmarcado con madera dorada y labrada, representando la parte superior de una semidesnuda mujer leyendo un libro apuntado con la ayuda de un peine; a su lado, sobre la mesa donde se apoya el libro, un cráneo.
La escalinata, del mismo mármol veteado que su ancha baranda, os lleva a un distribuidor con un pasillo a cada lado y un gran salón enfrente iluminado por lámparas tan antiguas como sus muebles.
Os esperaban, son pocos, os presentan... sobrinos y nietos del Coronel y sus dos hijos, de edad parecida a Tomás, con sus respectivas compañeras; también está María, que os abraza con una franca sonrisa, sin aparente tristeza. Miras a tu alrededor... y te fijas en un gigantesco óleo en el que se representa una pareja, el hombre, con bigote y mirando de frente, mantiene un fuerte parecido al Coronel; la mujer, alta como él, lo mira vestida como a mediados del IXX...
- Los abuelos de mi padre-
- ¿Y tu madre?-
- Con él. No se mueve de su lado-
Mil años para ti, pero son pocos menos de cuarenta.
¿Cuántas veces lo has visto en realidad?
Pocas. La última hace poco más de dos años, la anterior treinta y tres.
¿Y María?
Cuando has vivido tanto con una persona, aunque la hayas vuelto a ver recientemente, siempre la recordarás como entonces.
María es morena, fuerte como su padre, de cara ancha y facciones suaves y bellas; su nariz perfecta y recta con la punta ligeramente esférica, los ojos oscuros, grandes y soñadores, igual que Anna y Mónica; de sonrisa sincera y casi permanente; preciosos pechos esféricos, perfectamente redondos, anchos... fogosa hasta el límite, igual que las mujeres que tanto has amado, que tanto te han atraído... con carácter, sin prejuicios, pero, sobre todo, absolutamente libres. Y hay un par de detalles en los que vuelves a fijarte y para los que no han pasado los años: sus hoyuelos en las mejillas y la divertida y simpática separación de sus incisivos.
Y sí, los años han pasado, tu cabello es algo cano y tu musculatura ha cedido, has ganado peso. Todavía recuerdas el que tenías en aquellos tiempos: setenta y dos kilos de pura fibra, hoy ochenta y seis y no demasiados de ella. Ella, sin haber perdido la magnífica forma de su cuerpo, -una mujer alta y fuerte, con los años se vuelve corpulenta- conserva intacto su atractivo.
Leías los periódicos. Pocas veces publicaban sus acciones, solo cuando excedían de lo normal...
"Ha muerto un hombre, se cree por la deflagración del artefacto que manipulaba. Según los vecinos militaba en un grupo de extrema derecha..."
"Ha sido encontrado un cadáver en la playa de Gava con evidentes signos de violencia, todo parece indicar que se trata de un ajuste de cuentas..."
Mientras, vosotros visitabais a los compañeros para convencerles de la disolución. Muchos la aceptaban, la mayoría a regañadientes, pocos con comprensión... el discurso del Coronel os sirvió como eje de discusión, quizás para endulzar el mensaje. Después de todo no quedaba opción.
Fue sencillo desmantelar la revuelta. Se destruyeron los nuevos cócteles junto a unos artilugios que debían servir para destruir tanquetas, también unos lanzadores con los que se podían lanzar proyectiles a mayores y variadas distancias con mucha precisión.
Lo más difícil fue contactar con los pequeños grupos autónomos creados para el terror y represión que tanto daño habían producido, aunque una vez conseguido eran los más disciplinados y acataban la orden con la convicción de que era lo mejor para todos.
Sigues escribiendo desde el mar, esta vez solo, Amara está en cama con el tumor rabiando, supones que por los constantes cambios de clima. En un día pueden soplar cuatro distintos vientos.
Hoy sopla el Garbí, sin embargo, el mar viene fuerte y de Levante. Para llegar donde quieres deberías hacer un gran bordo, pero prefieres coger el oleaje ligeramente por estribor y llegar antes; la barca lo permite y, aquí, a no ser tu, nadie puede marearse.
Te gusta el mar bravo, fuerte... el que te hace recordar el respeto que merece. No puedes echar fotos, el viento y el oleaje lo impiden, tampoco soltar la caña del timón; debes vigilar constantemente el mar, ya que en esta Mediterránea ninguna ola es igual a la anterior. La ola encrespada viene por la aleta de babor, pero el mar por la banda de estribor; algo aparentemente imposible, pero...
Miras a tu alrededor y apenas ves algún barco. Un llaud parecido al tuyo lleva el mismo rumbo, pero bordeando más la quebrada y rocosa costa; lo conoces, es un buen marino, quizá demasiado temerario. Tu prefieres la mar gruesa de mar adentro, que, de quedarte sin motor por avería, te da tiempo y espacio para echar el ancla con suficiente cabo.
Antes de salir has avisado a tu compañera que llegarías tarde. Deseas llegar al otro lado del Cap de Creus y volver con la calma nocturna. Hay luna llena y te gusta navegar con su luz, el precioso reflejo que emite sobre el mar.
Hay historias que merecen fuerza para ser descritas, y tranquilidad y belleza para saborear las palabras con las que vas a escribirlas. El tiempo las acoge y crisaliza convirtiéndolas en leyendas de un mundo que se disipa con sus protagonistas.
Te miraba a los ojos mientras sus manos abrían tu camisa con fiereza y, su boca, tierna y cálida y de gruesos labios, emitía aquella sonrisa de seguridad y suficiencia, simpática pero burlesca. Y te enamoraba el aspecto que le daban el espacio entre sus dientes y los dos hoyuelos que se formaban en sus mejillas. Siempre de pie, alta y fuerte, bellísima. Y te besaba como era, con fuerza y pasión, arañando con suave agresividad tu pecho. Y su olor y tacto... te enloquecían. Y unas veces te sentías pequeño con ella, utilizado antes y usado después; y otras grande y fuerte, como cuando, mientras la arrinconabas contra la pared, una de tus manos levantaba las suyas contra ella y la otra te ayudaba a poseerla.
Paseabais a menudo por las solitarias callejuelas de Horta. Os agobiaba el ambiente de la comuna; solíais cenar en ella por compañerismo y solidaridad, también para compartir los problemas y las inquietudes de vuestros compañeros.
Ella era un mundo aparte, la sentías cercana a ti, pero lejana a todo, diferente a cualquier persona que hasta entonces habías conocido; era el mundo opuesto a tu familia y amigos; solo Anna, por coraje y fuerza interior, podía parecérsele; pero tanta convicción, fortaleza de espíritu, confianza en unos ideales... jamás las habías sentido.
Tomabais una cerveza en cualquier terraza de bar, y te miraba a los ojos con la misma sonrisa y te hablaba de la misma manera que cuando te follaba...
- Me gusta tu mirada, tu expresión y... tu frialdad-
Y te diste cuenta que era como tú, pero más segura de sí misma, de sus ideas.
Anna te enseñó a ser hombre en Cachemira, lo que era el valor y el arrojo, a sentir amor y pasión; su amiga María a saborear la felicidad, la diversión y la vida y, a la vez, ser capaz de abandonarlo todo por un ideal; y Mónica, también amiga de Anna, hasta donde puede llegar todo lo anterior, su límite.
Os miran con extrañeza, como a impostores.
Quiénes son esos que ha traído María, deben preguntarse molestos por el momento escogido y la responsabilidad que conlleva.
El salón, vestido con la misma sobriedad y elegancia que todo lo visto hasta ahora, tiene a su derecha un piano alto con pianola, sobre él dos candelabros y un gran reloj isabelinos, todo ello de bronce. Una joven, supongo que nieta o sobrina, toma asiento y toca una suave melodía que reconozco sin ser capaz de darle nombre. No sientes tristeza en el ambiente sino serenidad. Y María dice...
- Es la preferida de mi padre, espero que la pueda escuchar-
Y no puedes dejar de pensar en la enorme personalidad de vuestro viejo amigo, que aun imposibilitado y casi sin habla, ha conseguido reunir a su familia haciendo que se respete su última voluntad.
Tomás se mueve con impaciencia y mira a María...
- Sí, perdonad, seguidme; tendrá una sorpresa, aunque en el fondo pienso que os espera-
Subís por una escalera, algo más pequeña que la anterior, que da a otra estancia con sendos pasillos a cada lado, al fondo: otro pasillo con varias puertas, una de ellas está abierta.
Una gran cama, en ella vuestro amigo, en su cabecera una impresionante seda con un extraño y bello motivo; frente a ella un gran cuadro compuesto por multitud de fotos de niños...
El Coronel está muy mal, su faz es cenicienta, sus ojos están cerrados, respira con enorme dificultad... a su lado, cogida de su mano y hablándole: su mujer, tranquila y serena; la imagen es sobrecogedora, impresionante...
La mujer se incorpora, le habla quedamente... Se os acerca arrimándose a la pared para dejaros paso, sus ojos están brillantes, sus facciones turbadas por lo que se avecina... os sonríe con delicadeza, besa a Mónica...
- No os preocupéis por mí, estad con él todo el tiempo que creáis necesario-
Y te acercas a la cama, a su lado, bajas tu cuerpo hasta ponerlo en cuclillas... siente tu presencia y abre los ojos... sonríe... Incluso así, en este estado, crees ver los dos hoyuelos. Es imposible, la extrema delgadez debería impedirlo, pero así y todo crees haberlos visto formándose en sus mejillas. Le coges la mano y sientes su abrazo todavía fuerte, sus dedos rodeando los tuyos con seguridad y aplomo... y te das cuenta que es una despedida.
Quisieras ser fuego, pasión... desearías ser de carne; pero sabes que en esta habitación hay cinco hombres de hielo y acero.
Con ésta lo has visto cuatro veces en tu vida. La primera hace mil años, cuando visitó tu casa para cerciorarse que su hija estaba en buena compañía; la segunda después de la brutal prueba que pasaste para demostrar tu fidelidad a ella y a tus ideas, y solo para darte la mano y recomendarte un dentista capaz de rehacer tu maltrecha dentadura, y un médico que curara tus pies y manos; la tercera en la cena que hace más de dos años organizó Tomás en el sótano de su restaurante; y la cuarta hoy. Pero Mónica solo lo conoció durante aquella cena, cuando él, por fin, pudo estrechar la mano de la que, sin duda, fue su mejor soldado y, que con su juventud, arrojo, fidelidad, serenidad y frialdad, le puso en bandeja, sin emitir nunca una queja, todos los triunfos que precisó para completar su obra.
Todos pasamos por lo mismo. Tomás le habla quedamente y crees ver un gesto de asentimiento en la cabeza de su amigo; y, después de acercar la oreja a su boca, se levanta con una clara sonrisa, algo distinta que la de Mónica. Y el momento, la situación, tanta supuesta felicidad y auténtica belleza te sobrecogen y perturban.
María os coge del brazo y salís de la habitación.
- Está emocionado. Me gustaría que os quedaseis a dormir, mañana quizá todo haya terminado-
Y Tomás pregunta por lo sucedido.
- Hace un año, a causa de un dolor en el pecho, le detectaron que todo su cuerpo había sido invadido por el cáncer. Los médicos suponen que comenzó siendo linfático y, que él, al ser fuerte y despreciar el dolor, no le hizo caso. Hace poco superó un derrame por los pelos quedando, tras él, medio paralizado; ayer sufrió otro. Mi madre nos llamó. No quería seguir medicándose ni que lo llevaran al hospital. Quería morir lúcido y en casa. Me preguntó por vosotros, aparte de algún otro amigo; quería saber cómo os iba últimamente... Hablé con mi madre y consideramos que debíamos llamaros-
Paseabais cogidos por el hombro, mirabais los escaparates de las tiendas, hacíais tiempo para la cena. No le importaba nada de lo que veía, a ella nunca le habían atraído el consumo, los adornos, la decoración... Anna siempre ha vestido con sencilla elegancia, aparentemente sin importarle su imagen; ropa barata y sencilla, pero bien puesta. Su casa, de tres habitaciones: la cocina, el minúsculo cuarto de baño y la que sirve como dormitorio, compuesto por un colchón sobre una alfombra de esparto y vestido con un tejido de algodón estampado adquirido en Cachemira, y como comedor y estudio, separados por una cortina de la misma procedencia; en ella, libros para realizar estudios de sicología.
No hablabais, no hacía falta, os entendíais perfectamente. Tu amiga-hermana-amante os había hecho el último servicio, quizás el más importante de toda esta historia. Ella era el potencial enlace entre dos mundos irreconciliables: el del terror y el de la lucha; dos mundos distintos que, en principio, podrían parecer que se necesitaban.
Se lucha por el bienestar de la mayoría, la libertad; de no ser así no tendría sentido. El terror debe estar supeditado a ella y ser silencioso, no vanagloriarse de él y ser practicado con precisión matemática. El terror es útil si crea inseguridad a lo que ama y precisa para vivir su víctima, no su vida sino su futuro y su estirpe.
María se lo había pedido y ella te introdujo en un mundo insospechado, demostrándote así lo que realmente era el terror que necesitabais, muy distinto al que viste en Pamplona. Te mostró su error y futuro fracaso, el aislamiento ideológico que produce el dogmatismo ciego.
Paseabais por las calles de Tudela sin necesidad de hablar de ello, pero sí de sus amigos, de su futura profesión y de lo que había sido capaz de hacer por ella y su estudio...
Hoy, gracias al Garbí (viento del sur) que parece no querer abandonaros, habéis fondeado cerca de la pared rocosa desde donde te lanzabas con Lourdes.
Amara sufre por sentirse incapaz de ayudarte en caso de sufrir un accidente. Y es que, cuando ha visto el detenimiento con que mirabas el farallón, ha temido lo peor.
No puedes remediarlo, necesitas escalar y lanzarte al mar como hace treinta años.
Dos jóvenes parejas intentan llegar hasta la base del acantilado, en el que unas grandes rocas procedentes de desprendimientos descansan como losas en el mar. Los veis sufrir y arriesgarse, no van bien calzados... Los llamas y les brindas la barca como transporte; y es entonces, al acercarla al rompiente, cuando enseñas a tu compañera el camino de escalada; y lo para ti sencillo se hace inconcebible para ella.
No, no puedes... la piel de tus piernas, antes dura y curtida, la de tus brazos, elástica y gruesa, se han convertido en delicado papel. Tu codo sangra ligeramente y las piernas terminan cubiertas de arañazos; pero te has lanzado al mar ante tu propio asombro y la atónita mirada de los demás, aunque ya no desde aquella considerable altura de hace tanto tiempo, entrando en el agua por una estrecha abertura entre varias rocas traidoramente sumergidas.
Cuando subes por la escalerilla, Amara, que ha resistido gritar para que no perdieras el pie, enfurecida te dice...
- Estas loco, podrías haberte matado. Por lo menos ya no hubiese sido necesario socorrerte-
- ¿Sabes cuántas veces me habré lanzado desde este lugar? Y apenas ha cambiado-
Y es cierto, las rocas no se han movido; quizás algo haya cambiado, la erosión habrá conseguido que algunas piedras se hayan desprendido; sin embargo, en la ascensión no lo has notado; detrás de la que ya no está sobresale otra. Pero contigo no es lo mismo. Eres más torpe e inseguro, te has herido sin darte cuenta, con aristas que antes te hubiesen hecho cosquillas, pesas más kilos y tu musculatura ha dejado paso a una incipiente grasura.
Te has lanzado al mar pretendiendo demostrarte algo que no existe, que ya no eres; porque... ¿qué más puede ser sino? O tal vez sentir por última vez el vértigo, o como se te dibuja una sonrisa de placer en el momento de lanzarte con los brazos extendidos, buscando con un justo impulso aquel orificio, el paso entre las grandes rocas que ya no ves con la precisión de antaño.
Y así y todo sabes que es cierto, que en aquel momento sonreías...
Quizás por seguridad no deberías escribir esa bella historia desde la barca; quizás los dedos de tus pies ya no puedan soportar tu peso; quizás los dedos de tus manos ya no sean aquellos fuertes garfios; quizás otro día calcules mal tu propia erosión al pretender el pretérito y obviar el presente.
Hoy, una vez seco, escribes estas líneas, un receso en la historia que relatas. Y, mientras, ves a tu compañera mirar con alarma a uno de los jóvenes, que sube el acantilado para demostrar a su compañera, que si aquel abuelo de barba cana, con algo de barriga y en pelotas pudo hacerlo, el también y más arriba si cabe.
Y sientes la patada en tu dolorida pierna...
- Ves gilipollas. Si cae será por tu culpa-
Y palideces porque sabes que, por muy atlético y delgado que parezca, no tiene ni idea, nunca ha utilizado sus dedos como garfios, como tampoco la musculatura y el apoyo de su espalda, vientre y pantorrillas para impulsar su cuerpo.
La novia grita y amenaza que de lo que no se rompa se cuidará ella, y Amara que el capullo de su compañero, aunque no lo parezca, es alpinista; cosa poco cierta.
Y piensas que nada de eso lo ha decidido, que en todo caso desiste gracias a un lúcido repente, el que a ti tanta falta hace.
Y, avergonzado, vuelves a bajar la cabeza para, en silencio, seguir escribiendo la historia más bella.
Es madrugada, pero incluso así María os pregunta si habéis comido algo, y que, en todo caso, hace que os frían unos huevos y jamón; y a ti, conociéndote, te brinda algo de fruta.
Una sirvienta os ha preparado dos dormitorios, uno para Tomás y otro para vosotros dos. Y os sorprende la delicadeza con la que os lo enseñan, sin plantear la naturaleza de vuestra relación. Supones que la familia, a excepción de vuestra amiga, os considera pareja sin sospechar que cada uno tiene la suya.
Un dormitorio con dos pequeñas camas, se nota que unidas para el momento, situado en el desván, presumiblemente instalado cuando los nietos eran pequeños.
Os duele y preocupa, veis mucha gente en la casa y lo primero que pensáis es que algunos deberán dormir en los sofás. Vaciláis y buscáis a María, que, con una sonrisa, os dice que entre la casa principal y las adyacentes hay sitio para muchos más de los que son.
- Mi padre, a medida que nos íbamos independizando, fue arreglando los demás edificios para que cada uno tuviera el suyo-
Con Amara duermes sobre ella, abrazado, con la cabeza en su hombro izquierdo y la pierna sobre su pantorrilla; en cambio, a Mónica le gusta abrazarse a tu cuerpo o entregándote su larga y delgada espalda, para que se la acaricies desde la misma raja de entre las nalgas hasta la nuca.
La una se enciende con casi nada: una conversación, la percepción de la aventura, un momento excitante, la mirada retadora de un hombre interesante... pero, sobre todo, al ser acariciada en sus pechos, pellizcándoselos con suma delicadeza desde las aureolas para terminar estirando sus pezones, en su vientre y su pubis... La otra se enerva al ser mordida y acariciada por la espalda mientras una mano busca con suave afán los puntos erógenos del resto de su cuerpo.
Hoy Mónica se introduce en tu cama, desnuda como siempre, y se enrosca a tu cuerpo besándolo y mordiéndolo con pasión de amor, no de sexo; y caéis dormidos en pocos momentos.
Y al alba oyes un extraño ruido en la casa, pasos y voces quedas. Tu compañera duerme profunda y plácidamente como es habitual en ella.
¿Intuición o lógica?
Sea lo que fuere temes lo peor.
¿Peor?
María es enfermera, sabes que ha hablado con su padre, también que es fuerte y decidida y que la compenetración y entendimiento con él son formidables.
Os levantáis pronto. De la cocina sale olor a café recién hecho. Os ducháis y vestís. Bajáis la estrecha escalera que comunica el desván con el primer piso, y oís voces que provienen del ala derecha. Al final del pasillo, iluminado por una sucesión de ventanales muy juntos que dan al patio, hay una pequeña sala con un tresillo de piel, un escritorio de los años cuarenta y profusión de revistas sobre una mesa; en el ángulo externo, una chimenea; a su izquierda, una puerta de doble hoja da a dos grandes estancias separadas por una arcada; en la primera, una larga mesa con tartas, bizcochos y jarras de zumo y leche; en la segunda, una gran cocina. Junto a la mesa se encuentran María y Anna. Tras vuestro va entrando el resto de la familia.
- Ha muerto a las cinco y media. Apenas ha sufrido-
Y la miras a los ojos, y te das cuenta que tu amiga ha sufrido mucho. Y te tranquiliza que Anna esté con ella.
Habíais llegado después de un largo viaje, amenizado gracias a la inteligente conversación de tu compañera. Aún recuerdas que hablabais sobre sicología, el relevo generacional, las diferencias culturales y sexuales entre el Magreb y el sur de Europa; también sobre música; y haber cantado con ella "Qué tiempo tan feliz" de Mary Hopkin por tu deseo de recordar su letra, y "El preso número nueve" de Joan Baez por el de ella. Y nunca se te borrará de la memoria el que en ningún momento hablarais sobre el motivo del viaje, ni lo que le dijo María para conseguir que lo hiciera.
No era su primera vez, aunque según ella eran constantes sus cambios de domicilio, algo realmente opuesto a vuestra manera de actuar. De inmediato te diste cuenta que fingía desconocimiento y falta de orientación, tanto es así que con una indirecta le llamaste la atención sobre ello. Y recuerdas su sonrisa cómplice y de gratitud, -había menospreciado tu capacidad de percepción y te agradecía que no la disimularas- y en un momento cambió vuestro itinerario.
- Primero visitaremos a un buen amigo con el que me relacioné durante un tiempo, es muy culto. Me gustaría que hablaras con él-
Y recuerdas perfectamente una antigua y restaurada casa del casco viejo, de la que sus padres ocupaban las dos primeras plantas y él el altillo; también la elegante sobriedad de su decoración, la calidad del mobiliario y de los aparatos de música... y sus muchos libros sobre multitud de temas.
Un hombre joven, quizás algo más que tú, racista hasta la médula, que se consideraba superior en todo, tanto racialmente como intelectualmente, y que os trataba como seres inferiores. Y recuerdas haberte mofado de él con crueldad y suficiencia, demostrándole con unos cuantos giros lo mucho que lo superabais en lo que él se creía superior; y también haberle preguntado a tu compañera cómo podía haberse acostado tanto tiempo con semejante energúmeno... y su risa antes de responder que era un tipo interesante que estudiar, y que hasta aquel momento, muy irritante para él y por mi culpa, siempre había creído que se cepillaba a una iruñense. Pero tú, al momento, supiste que su irritación era más por tu presencia; porque esperaba o creía que podría divertirse una vez más con ella. Y es que Anna era todo una hembra, bellísima y experta en satisfacer sexualmente a cualquier hombre o mujer fuera de la raza que fuera; y sabías que por muy superior que se sintiera, a su edad y en su ambiente, solo podía hacerlo pagando o masturbándose.
Más tarde os dirigisteis a un barrio nuevo, urbanizado con edificios construidos de ladrillo a la vista y una ancha calle poblada de arbolado recién plantado y con amplia acera.
La viste dudar unos instantes entre un edificio y otro, entonces ya sin aparente fingimiento; y fijándose en unos detalles, se decidió a pulsar un timbre.
Os esperaban, cuatro hombres jóvenes, maestros en apariencia, recios, de fisonomía endurecida y de pocas palabras. La vivienda, sencilla y con poco mobiliario, estaba, en algunas habitaciones, recubierta con pasquines y carteles de una "alternativa" muy conocida.
Y pensaste, al plantearte la fidelidad de tu compañera, si no era todo ficticio, un infantil decorado para el momento. Y es que vosotros no teníais pasquines ni panfletos, ni tampoco interés en hacer gala de ellos. Vuestras casas eran anónimas a la política, bordes de las ideas; nadie que entrara en ellas podía apreciar el signo político del que la habitaba, ni removiendo o buscando pistas entre sus lecturas; en todo caso ganas de vivir, divertirse y dar culto al placer.
Eran gente amable y hospitalaria, mucho más de lo que a primera vista aparentaban; de conversación culta y humor refinado e irónico.
De noche potes, de día excursiones culturales por el norte del país, allí donde todos creen que nació su identidad. Entre ellos hablaban el castellano, perfecto y limpio, alejado de la manera bilbaína, tan artificial como postiza. Y pronto te diste cuenta que todos conocían el eusquera, y que si entonces no lo hablaban era por respeto a sus invitados. Y apreciaste la facilidad con que lo hacían a diferencia de vosotros, que aun haciendo el esfuerzo, en algún momento se os escapa vuestro idioma.
Disimulaban, siempre intentaban esquivar todo lo que pudiera estereotiparles; y, sin embargo, cuando visitasteis un embalse pirenaico, no pudieron soportar dejar de bañarse en sus heladas aguas, haciendo gala de su masculinidad frente a la bella mujer que los visitaba. El helado viento de la Navidad y tu especial gusto por la simulación, hicieron que tu cuerpo temblase y tu compañera te prestase el jersey que llevaba anudado en su cintura, antes de desnudarse para lanzarse a las frías aguas, con alarde de belleza y sensualidad, sin haber dejado de asombrarse que tú, al que no hacía tanto había visto bañarse en las gélidas aguas de los ríos de Cachemira, mostrases tal debilidad.
Y te preguntaste lo que sabrían aquellos hombres de ti a través de ella, cuando, al salir del agua, no hicieron ni dijeron nada que pudiera lastimarte; si bien, con su silencio, ya habían dejado patente la supuesta diferencia.
A Anna, que vivía entre aquellos dos mundos haciendo de su vida un constante y sorprendente embrollo, no se le podía pedir fidelidad absoluta en ninguno de ellos. Nunca podías saber en cual se sentía más a gusto y, por ende, hasta que punto podías confiar en ella; y eso mismo percibías en aquellos hombres, a los que se acercaba sin vacilaciones, tanto intelectual como sensualmente.
Viajasteis a Donostia, os dijeron que a casa de uno de ellos; pero una vez en ella, en la parte alta de la ladera del monte, te diste cuenta que, salvo la inexistencia de carteles, el resto de la casa estaba preparada para ser habitada por los mismos hombres. Y con desconcertante orgullo, te enseñó desde la terraza la panorámica de la ciudad y su seminario.
No te decía quienes eran ni lo que representaban, ni siquiera podías imaginar si lo sabía; sólo que habías estado muy cerca de tu objetivo sin estar seguro de conseguirlo, tampoco si te serviría de algo, aparte de descubrirte gratuitamente; o, más bien, creías estar seguro que nada de todo aquello tendría utilidad para la consecución de vuestros objetivos. Otros lo habían intentado con absoluto fracaso y el sacrificio de ambos. Pensabas que dado la mala experiencia, ellos se sentirían recelosos y con el único interés de saber de vosotros, de poder negociar, en caso extremo, vuestra ruina o vuestro triunfo.
La segunda noche, después de haber flirteado con uno de ellos, el que siempre creíste que tenía una relación, te planteó que durmieras solo; lo hizo con extraña elegancia, pero sin delicadeza, simulando la rotura de una relación que ambos sabíais eventual y sin ataduras, lo suficientemente cerca de ellos para que percibieran vuestra gran y leal comunicación. El mensaje era claro, ella era el cebo y había funcionado; necesitaban cerciorarse de tu entereza y fidelidad, y nada mejor para eso que ver tu reacción ante el abandono de la mujer que supuestamente amabas, tu pareja.
Dormiste en un sofá, ahora sí, con la agradable certidumbre que tu amiga-hermana-amante estaba contigo en esa curiosa acción; y que, como había dejado entrever antes de su inicio, por encima de todo era leal a ella.
Aquella tarde, mientras tomabais unos potes y paseabais por el casco antiguo alternando con gente que saludaba a tu amiga, conociste una mujer de apariencia muy joven, morena, de baja estatura, delgada y muy atractiva; recuerdas su cabello liso y cortado con delicadeza, también una ficticia fragilidad; muy silenciosa, de aparente sumisión por callar y dejar hablar por ella; mas pronto te diste cuenta de su fuerza, de que todos, sin excepción, respetaban su silencio y reserva, su seriedad ante cualquier broma; y, también, en la mirada de tu amiga, de la que percibiste algo distinto que amistad y buena sintonía. Anna sentía una fuerte atracción por aquella mujer y, sin dudarlo, te percataste que en vano, que nunca la conseguiría. Sus profundos y negros ojos, sus negrísimas cejas, sus sensuales labios, su recta nariz, toda su persona... te recordaron a Mónica.
Ya solos fuisteis a cenar a un pequeño restaurante de la zona. Habíais quedado en veros más tarde. Tuviste la sensación que creyeron que debían dejaros solos para hablar de vuestra relación y futuro.
Para conseguir el éxito en las acciones que parten de la relación entre hombres, o dependen del estado de ánimo de los compañeros, hay que plantearlas con libertad e intuición, nunca con premeditación.
Emitíais seguridad y serenidad, no teníais prisa ni necesidad. De volver con las manos vacías no se perdía nada. No preguntaste a tu compañera por lo que les había contado de ti y los tuyos, tampoco si le preguntaron; aunque a estas alturas ya sabías que no era así, como también que no os había descubierto. Eras un hombre, para ellos, interesante por lo que habían percibido. El hermetismo de tu amiga, el mismo para contigo, había dejado entrever algo mucho más grande de lo que eras; tu propia seriedad, gravedad y discreción te habían avalado; el profundo compañerismo que seguíais compartiendo pese a lo sucedido, asombraron y despejaron muchas dudas.
Aquella misma noche conociste a otro hombre, aparentemente amigo de los otros cuatro y de tu compañera; y, como a la joven morena, tampoco te lo presentaron; supusiste que no por falta de educación sino para que percibieras un mensaje. Tu intuición te dijo que estabas cerca. No hablaste con él, aun así sentiste su curiosidad por saber qué pintabas entre aquella gente con la que mantenía una cierta distancia. Aquel hombre era silencioso y reservado hasta con los suyos, tanto que incluso te pareció percibir timidez camuflada en el interior de una excesiva dureza.
Para conocer a las personas, solo se necesita tener la paciencia de observarlas con mucho detenimiento, seguir sus miradas y estudiarlas, vigilar sus gestos cuando alguien les dirige unas palabras o se acerca a sus parejas; la manera de esconder su boca, sus ojos tras el vaso de cerveza, su gesto tras el humo o la aspiración del tabaco; la forma con que mueve las manos, la dirección de su mirada al hablar con sus semejantes, el nivel de seguridad en su respuesta y, sobre todo, la serenidad que emite.
Y te diste cuenta que la joven y él se atraían y deseaban, y que su común timidez y la necesidad de mantener la distancia con el resto dificultaban su contacto. Demasiados silencios, demasiados esfuerzos por evitar el choque de miradas, por mantener una lejanía física a todas luces artificial...
Un mar extraño, con olas tan pequeñas como desconcertantes; el viento, del norte, todavía no ha levantado el típico encrespamiento que provoca. El servicio meteorológico no aprecia cambios significativos, sin embargo, ves con aprensión este mar tan desorientado como tú en aquellos días tan lejanos. Aun así, los recuerdos son exactos, las imágenes te asaltan sin cesar, las facciones de sus caras, sus gestos...
Ves pocas barcas, no es la crisis sino la hora; son mayores que la tuya y van cargadas de familias con, supones, la comida del mediodía. Y piensas que no va a terminar bien el día, que muchos van a pasarlo mal.
Este mar, tan poético y bello como traidor cuando menos lo esperas...
A Amara ya no la engañas, sabe verlo tan bien como tú y recela de esa extraña calma; su espalda ya no está para bromas ni aventuras, una mala travesía puede acarrearle varios días de grandes dolores. Te mira, sabe lo que piensas...
- Volveremos pronto, este mar no me gusta-
Y tu intuición te dice que va a levantarse, pero no tanto como las últimas dos veces, que tuviste que capear olas de más de dos metros con un llaud de cinco y medio, la última de ellas por tu mala cabeza y tu obsesión por apurar tanta belleza. Pero aún tienes suficiente tiempo para volver a escribir, otra vez con una cerveza sobre la caja, el toldo echado y la tranquilidad que te ofrece Amara.
En el fuerte la timidez es un arma que lo potencia, que le hace subir más peldaños de los que su propia fortaleza le brinda; pero también, si no reconoce esa debilidad, se convierte en una de doble filo muy peligrosa para el que la posee; como la ruina en el débil, su hundimiento antes de comenzar cualquier singladura.
Al día siguiente visitasteis la Plaza Nueva de Bilbo en la que se recitaba poesía, volvisteis a hacerlo solos, paseando como siempre, cogidos del hombro y acariciándoos las nucas como a ella siempre tanto le ha gustado. Los poetas, gente de la calle y sencilla, ataviados con la boina de rigor, recitaban en eusquera. La plaza abarrotada de gente, mucha de ella aplaudiendo sin entender su propio idioma; y entonces descubriste que tu compañera, con cierta dificultad, entendía aquella poesía cantada gracias a su lentitud y claridad; y sin que tu te hubieses apercibido, estaba aprendiendo el complicado idioma, asombrándote una vez más de la doble vida y personalidad que llevaba.
Por la tarde otra vez potes en los mismos lugares, pero esta vez habíais quedado en dar, antes, una vuelta por la ciudad. Y te sorprendiste cuando, de golpe, al acercaros a una gran comisaría, cambiasteis de acera para pasar a su vera, mirando a los ojos de los agentes de guardia; y aún más cuando te diste cuenta que no erais los únicos, que desde abuelas con nietos hasta oficinistas hacían lo mismo.
Callaste, no preguntaste el porqué de su gesto, no hacía falta. En tu tierra eso era impensable; el respeto y el terror que producían hacían que la gente pasara por el otro lado. Y después, al rato de pasar, escuchaste sus comentarios sobre la aterrada mirada de los agentes. Los conocían y se reían de ellos, sabían quienes eran y en algunos casos hasta sus nombres.
Se presentó tarde, supuestamente después de haber cenado; y viste con extrañeza como hablaba con Anna y como la chavala morena, aprovechándose, se acercaba con disimulo, siempre grave, sin una sonrisa. Y todo lo vistes de soslayo, sin darle importancia, bebiendo tu media caña mientras leías con poco interés unos inofensivos pasquines de la taberna.
- Tengo un presentimiento, pienso que esta noche dormirá en el desván del Instituto-
Y sabías que Anna nunca había confiado en intuiciones, las consideraba una tontería femenina, un estúpido sexismo.
Ibais de vuelta hacia la casa, paseando por las calles de la ciudad, os habíais separado unos metros sin necesidad de disimulo, como compañeros que erais.
Esta vez tampoco preguntaste ni pediste explicaciones, no era necesario.
- Hace mucho frío, las ventanas están rotas y no llega la luz-
- ¿Cómo se sube?-
- No lo sé, difícil seguro que es-
Y tampoco le comentaste que esta vez no solo te jugabas la continuidad de tu lucha, porque ella, sin duda, era ajena a ella, su mundo era otro sin que nadie supiera cual.
Y necio de ti imaginaste que todo eran pruebas y retrancas, que nunca sería bastante el esfuerzo para demostrar vuestra determinación. Estabas cansado, harto... pero temías más volver con las manos vacías, que la suerte o desgracia que podía esperarte tras aquella estúpida aventura nocturna. Una misión realizada en contra de la opinión de tu mentor, y hecha por expreso deseo de María a espaldas de su propio padre; la búsqueda de un posible aprendizaje de manos del enemigo de su familia y, en todo caso, el vuestro. Y es que ellos buscaban la dictadura de su sistema sobre el resto a través del terror, y vosotros buscabais la democracia que considerabais perfecta a través de la lucha, en la que no cupiera nadie asociado a la dictadura.
Y recuerdas su última recomendación, que daba a entender que a partir de aquel momento todo estaba fuera de su control.
- Cuídate. Si no lo ves claro déjalo correr, después de todo ya hemos llegado suficientemente lejos, a nadie se le escapa el riesgo-
- ¿Y cómo sabes que puede pasar la noche allí?-
- Hemos hablado de todo y de nada, también de dónde se puede pasar la noche. Le he comentado que no te sentías bien debido a la situación creada. Ha respondido que existían infinidad de pensiones que yo ya debía conocer... ha sonreído, me ha mirado fijamente y me ha comentado que también podías pasar la noche en el desván del Instituto, que es algo incómodo y muy frío por no haber ventanas, pero que siempre podías encontrar una manta tirada en el suelo-
Aquella misma noche, mientras andabais hacia la casa, decidisteis que era el momento; así ya no sería necesario dar más explicaciones. Te despediste y ella se encargó de excusarte.
Mientras te acercabas al viejo y decrépito edificio, paraste en algunos portales estratégicamente situados al doblar las esquinas, como también en un bar donde compraste cerillas y un encendedor; aprovechabas el ruido de los coches y viandantes para disfrazar tu repentino silencio... No te seguían. Si algo debías esperar era en el lugar de llegada, donde podían existir mil trampas y nadie para socorrerte.
Diste una vuelta al gran edificio, miraste su altura, no era difícil su escalada pero de noche hubiese sido un suicidio. Paseaste, mezclado entre un grupo de gente de edad, por el exterior de sus alas, las que en realidad podían disponer de un desván; en una de ellas encontraste una pequeña puerta cerrada escondida en un soportal, empujaste con violencia, probaste con un alambre abandonado en el bordillo, siempre con paciencia y meticulosidad. Y, palpando en la oscuridad, apreciaste una pequeña ranura en la madera, la presionaste con fuerza y cuidado hasta que cedió; y entonces apercibiste el truco: la puerta se abría desde dentro, tras pasar la mano a través de aquel orificio preparado de antemano.
Anchas escaleras; no encendiste la luz, ni siquiera los fósforos que llevabas para la ocasión. Sigiloso, sin ruido alguno, ni el aire que desplazabas podía sentirse a un palmo de ti. Te movías gracias a la tenue luz que entraba por las grandes cristaleras de ventanas mal cerradas, por las que pasabas agachado para que nadie del exterior pudiera verte. En una gran sala descubriste, gracias a la mínima llama del encendedor, una pequeña escalera de madera. La subiste con el mayor cuidado y silencio. No había nadie, pero, en un rincón, disimuladas entre unos cartones, habían un par de viejas mantas. El frío era terrible, el helado aire entraba por las pequeñas aberturas donde deberían haber ventanas. Te arrebujaste en un rincón desde donde podías dominar la entrada, pensando que tal vez podías haberte equivocado de ala o si todo había sido una pesada broma o una cruel y letal trampa.
No tuviste que esperar demasiado, quizá no vio como entrabas y volvías a dejar la puerta como la encontraste, quizá te esperaba en algún lugar del edificio y no pudo verte, quizá vigilaba los ventanales desde la comodidad de la mesa de un bar... lo seguro fue su sobresalto, extrañeza e irritación...
- No hace falta que os quedéis, os aseguro que ya habéis hecho bastante-
Os miráis... y, no sabes por qué, esta vez tus ojos no preguntan a Tomás sino a tus dos compañeras.
María apenas conoce a Mónica, tal vez la haya visto un par de veces, a parte de aquellos días en los que sedujo a José para provocar tu rechazo y olvido y desafiar tu fidelidad, sin importarle que fuera su reciente compañera; sin embargo, con solo una mirada, te das cuenta de la intensa comunicación que hay entre ellas.
Mónica, silenciosa y de mirada soñadora; Anna también, pero con cierta ironía, como si todo lo que ha sucedido y vaya a suceder hubiese estado escrito hace mil años; y María, que cuando habla, poco como suele, lo hace dirigiéndose a aquella mujer que, sin casi conocerla, tanto atrajo a su padre.
Y su mirada no admite duda. No hace falta preguntar con palabras. Tu amiga-amante-hermana no necesita asistir al entierro de un hombre al que ha mirado a los ojos antes de morir y del que tanto se había sentido parte.
A partir de ahora todo son formalidades familiares; amigos y parentesco lejano, vecinos que se sentían deudores o acreedores de su atención...
Os despedís para volver con los vuestros, Anna con Biel, que la espera en Iruña; y vosotros a Barcelona. Tú, en particular, a recoger a Amara para comenzar vuestras vacaciones en Cadaqués.
Y ya en el patio, mientras abrazáis a María y os despedís del resto de la aún sorprendida familia, veis llegar un gran automóvil seguido por un monovolumen de cristales oscuros. Del primero salen dos hombres jóvenes y del segundo una mujer que abre el portón trasero y, con la ayuda de un artilugio eléctrico, baja a un anciano sentado en una silla de ruedas. Lo conoces, es un famoso y antiguo banquero; y sonríes, porque sabes que a Amara le gustaría estar presente ya que fue su paciente. Se alegrarían los dos por la gran relación que mantuvieron.
María se acerca, abraza a la mujer y os llama y presenta...
- Usted y mi compañera se conocieron hace muchos años-
Y le explicas las circunstancias y el momento, y también quien es Amara.
- Ya recuerdo... una bellísima mujer, incluso que intenté robársela para que me cuidara durante mi convalecencia-
Y sientes su penetrante mirada, sobre todo cuando reconoce a Tomás, al que no hacía falta presentarlo.
- Papá nos ha dejado esta madrugada, era inútil y cruel dejar que siguiera sufriendo-
Y ves el pesar en su semblante, la tristeza por haber llegado tarde, todo, siempre, tras una serena sonrisa.
Y, mientras tu compañero conduce de vuelta, mucho más tranquilo, vuelves una vez más la cabeza y ves a Mónica observar el paisaje con somnolencia, y como gira la suya para mirarte con sus tiernos ojos y un gesto que te estremece y derrite.
Y escuchas a Tomás que habla de la crisis inmobiliaria, de sus viviendas y el cobro de los alquileres, de sus jóvenes inquilinos y lo satisfecho que está con ellos.
Y no puedes más que pensar si toda esta historia no ha sido sino un sueño.